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Miguel Indurain, el ciclista que acabó con las siestas de julio

El navarro se impuso en cinco Tours y dos Giros y se retiró en 1997 como uno de los más grandes deportistas de la historia

ROBERTO CALVO - Martes, 6 de Junio de 2017 - Actualizado a las 20:59h

Miguel Indurain en el Tour de 1991.

Miguel Indurain en el Tour de 1991. (DEIA)

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  • Miguel Indurain en el Tour de 1991.

BILBAO. Durante cinco años de la década de los 90, en Euskadi dejó de dormirse la siesta en las tardes de julio. El culpable de cambiar las rutinas, de obligar a mirar la televisión y superar la modorra veraniega, fue un ciclista navarro llamado Miguel Indurain que hizo del Tour de Francia su territorio y empezó a ganar uno tras otro, hasta cinco, como si fuera fácil. Entre 1991 y 1995 era obligada la cita con la carrera francesa porque se sabía que el gigante de Villava iba a ganar y lo iba a hacer con señorío y ante rivales que no se rendían a su superioridad, que le buscaban las debilidades en cuanto podían. Pero en aquella época en la que el ciclismo no estaba atado a la tecnología, Indurain supo marcar las diferencias ante rivales de todo tipo y llevar a lo alto del podio un físico que, en teoría, no era apto para negociar las montañas francesas.

En 1990, cuando ganó la etapa de Luz Ardiden y acabó décimo en el Tour al que acudió como gregario de Pedro Delgado, anunció lo que vendría en el lustro posterior. Indurain se vistió por primera vez de amarillo en Val Louron el 19 de julio de 1991 en una etapa en la que llegó escapado con Claudio Chiapucci, uno de los que tuvo que sufrir el dominio del navarro, pese a que se resistió ello siempre que pudo. Y ese color fue habitual durante los cinco años siguientes en los que el proceder de Indurain siempre era el mismo: abría hueco en la primera contrarreloj larga, con exhibiciones como las de Luxemburgo, Bergerac o Lac de Madine y remataba a sus rivales en el primer contacto con la montaña. Y cuando la organización le privó de esa oportunidad como en 1995, él se encargó de montar algo parecido y la lió camino de Lieja para, acompañado de Johan Bruyneel, sacar 50 segundos a todo el pelotón en una de sus etapas más memorables.

Y cuando no ganaba Indurain dejaba hacer a sus rivales, no abusaba ni peleaba por las migajas, lo que le convirtió en un ganador apreciado, en alguien a quien se podía echar una mano cuando la pidiera. Como sucedió en el año de su último Tour cuando camino de Mende encontró aliados para desmontar un lejanísimo ataque en bloque del equipo ONCE que puso en serio peligro su liderato. Ese día recogió lo que había sembrado.

El principio del fin Ese parecía el peor momento de Miguel Indurain en el Tour, pero eso llegó en el siguiente, en el de 1996 que salió de Iruñea como homenaje al quíntuple campeón. Pero donde se esperaba el sexto Tour empezó el principio del fin de la carrera de Miguelón. En el recuerdo de todos quedará Les Arcs, esa cuesta maldita en la que el navarro se dejó cuatro minutos y demostró que él también era humano. Bjarne Riis, un cyborg montado en bicicleta, fue su sucesor y el que abrió una era negra en el ciclismo.

En 1992 y 1993 Miguel Indurain había llegado al Tour tras imponerse en el Giro donde también tuvo que batirse en terreno hostil. En el primero de esos triunfos, llevó la maglia rosa desde la segunda etapa hasta la llegada a Milán. Y en el segundo, solo ganó por 58 segundos a aquel letón recio y aguerrido que era Piotr Ugrumov, que se las puso tiesas en Oropa, la última subida de esa edición. En 1994, el de Villava volvió al Giro, pero tuvo que ceder ante la insultante juventud de Eugeni Berzin y Marco Pantani, que batieron a Indurain en la inolvidable etapa que llegó a Aprica.

Solo la Vuelta a España se resistió a la leyenda navarra. El segundo puesto en 1991 por detrás de Melchor Mauri fue todo lo que logró en la carrera que supuso el final de su carrera. Después de llevarse el oro olímpico en la contrarreloj de Atlanta, Indurain fue obligado por su equipo Banesto a correr la Vuelta y eso provocó la ruptura con quienes habían guiado su carrera. Sin motivación ni fuerzas por lo que se descubrió como una infección viral, abandonó la carrera en la etapa que llegaba a los Lagos de Covadonga y ya no volvió a competir.

El momento del adiós
Tras varios meses de reflexión, en los que incluso negoció la posibilidad de incorporarse al ONCE, Miguel Indurain anunció el 2 de enero de 1997 su retirada definitiva en un hotel de Iruñea. “He tenido grandes satisfacciones por los triunfos logrados, pero también me ha costado mucho esfuerzo y sacrificio el obtenerlos. Estar al máximo nivel exige mucho de uno mismo y cada año que pasa resulta más difícil conseguirlo”, razonó entonces y todos lo entendieron. El ciclismo perdía a uno de sus más grandes campeones, a un deportista que se ganó a todos por su actitud humilde en las victorias y en las derrotas, por su fidelidad y que supo marcharse a tiempo.

Cinco Tours, dos Giros, un oro olímpico y otro mundial contrarreloj, dos París-Niza, tres Dauphine Libéré, un Tour del Porvenir y tres medallas del Mundial de ruta sumaron un palmarés admirable, irrepetible y inesperado en aquel corredor de 1,86 metros y 80 kilos que en su primera gran ronda, la Vuelta de 1985, concluyó en el puesto 84 y que superó lo que entonces era una limitación. Once años después, Miguel Indurain lo dejó formando con Jacques Anquetil, Eddy Merckx y Bernard Hinault el cuarteto de grandes de la historia del Tour y convertido en uno de los mejores deportistas de la historia.


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