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Períodico de Deia
Nacido para contarlo

DEIA ha sido testigo de una evolución trepidante de Bizkaia

JON MUGIKA - Lunes, 5 de Junio de 2017 - Actualizado a las 16:11h

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  • Deia: 40 años informando sobre BizkaiaReproducir
  • La silueta de Don Diego López de Haro iluminada por fuegos artificiales.

BILBAO. Aquel año se apagaron las luces de Elvis Presley, Charles Chaplin y Groucho Marx y el mundo pareció sumergirse entre tinieblas. Arrojó luz sobre aquellas ausencias Woody Allen con su espléndida Annie Hall en un año en el que el cine vivió el nacimiento de dos supernovas: La Guerra de las Galaxias y Rocky, que con el paso de los años se fueron convirtiendo en clásicos inmortales. Aquel año Niki Lauda fue el hombre más rápido sobre la faz de la tierra y los papeles desclasificados por el Ejército del Aire revelaron el avistamiento, el único que se reconoce hasta la fecha, de un ovni en Gallarta, un 13 de febrero. Se derogó, a Dios gracias, la censura de prensa;el mundo descubrió los anillos de Urano y España celebró sus primeras elecciones democráticas tras 41 años de silencios. Aquel año…

Pongámosle ya apellido a aquel año: 1977. La historia que ahora se relata tiene una fecha de despegue, el 8 de junio, cuando salió a la luz el primer número de DEIA, con Ignacio Iriarte como primer capitán de navío, el primer director. Aquel día más de 20.000 trabajadores de la construcción en Bizkaia estaban en huelga y se inauguraba el tramo Barakaldo-Bilbao de la A-8;Bilbao, Bizkaia entera, se lamía las heridas de la final de la UEFA perdida contra la Juventus en San Mamés días antes, el 18 de mayo;se intuía ya la deforestación del bosque empresarial (¡ay, cómo lloró esta tierra la reconversión industrial poco después!) y se hablaba de la excarcelación de presos en los corrillos. Aquel día DEIA nacía para contarlo.

Lo hizo en el año de la serpiente de fuego, que según dice el horóscopo chino, le caracteriza a uno por un rayo energético y siempre parece bien informado. Energía e información. No me digan que no es una premonición. Con ese músculo DEIA contó el lifting de un territorio que pasó de ser fraguado en el fuego bravo de los Altos Hornos a ser dibujado por las manos hábiles de Bilbao Ría 2000 y Bilbao Metrópoli 30. como si sus regentes fuesen dignos de lucirse en las salas nobles del Guggenheim (sí, aquel museo al que miramos con ojos de extraneza primero y de incredulidad después), con Bilbao y sus nuevos barrios, Barakaldo y Basauri (amén de los cambios de nomenclatura en un sinfín de municipios...) como cabeza de león.

También cubrió DEIA el relato de aquel tiempo de costuras, una travesía por la red viaria que unió, puntada a puntada de asfalto, los pueblos de esta tierra y los expandió al resto del mundo;del nacimiento y expansión del metro (aquel capicúa, el 11 del 11 a las 11.00 horas, una nube de reproches encapotó el sol), del tranvía y de la moderna flota de Bizkaibus que apartaron del camino a los entrañables, azulitos;del Puerto de Bilbao, que llegó a llamarse el Superpuerto por las colosales dimensiones que cobró en su crecimiento, del nacimiento de La Paloma como aeropuerto de siglo XXI;del regreso de Jaun Zuria, el Señor de Bizkaia, tras la reconstitución de las Juntas Generales de Gernika, donde el viejo roble trajo consigo un renacido orgullo y una forma de gestionarse autóctona, foral;de aquel master plan diseñado por Cesar Pelli concibió Abandoibarra como una extensión del Ensanche del siglo XIX hasta la ría en el que se erigen dos de los grandes hitos del nuevo Bilbao: el Museo Guggenheim y el Palacio Euskalduna (y si las riberas de la ría están irreconocibles, ni qué decirles de sus aguas, revitalizadas);del comercio que se acopló al son de los tiempos y la llegada del turismo con el asombro de Hernán Cortés y los suyos, a este nuevo mundo. De todos esos prodigios fue testigo DEIA. Ya lo dijo Larry Ng Ley Hock, secretario del Lee Kuan Yew World City Prize, el Nobel de las ciudades, al informar de su concesión a la villa: “Bilbao es un ejemplo de ciudad que continuamente se reinventa;servirá de inspiración para las ciudades del mundo”. ¡Ay, la baba que se nos cae!

El listado de nombres propios que han firmado en el libro de visitas de esta Bizkaia de nuevas hechuras quita e hipo. Desde el Palacio Euskalduna, de Federico Soriano y Dolores Palacios;el metro, de Norman Foster;la pasarela Zubi Zuri, de Calatrava: las Torres Isozaki;la nueva Alhóndiga, bautizada como Azkuna Zentroa, de Philippe Starck;la Torre Iberdrola, de Pelli, y, sobre todo, el Museo Guggenheim, de Frank Gehry, convertido en el símbolo del nuevo Bilbao, de Bizkaia entera.

Esos fueron los apellidos con lustre que proyectaron Bilbao hacia el exterior pero hubo otras obras de ingeniería de primera magnitud de consumo interno. Desapareció el scalextric de Sabino Arana y en ocasiones se le ha oído decir a Ibon Areso que la corrección del cauce del Nervión puso freno a los temidos aguadutxus (no olviden, tampoco, que las aguas chocolate se han depurado hasta niveles insospechados); se soterraron las vías de tren que cruzaban Bilbao y otros muchos municipios de Bizkaia como si fuesen cicatrices de aquella Bizkaia industrial que se nos fue y Abandoibarra vivió una transformación antológica: de los hangares, las grúas -ahí queda La Carola como muesca para el recuerdo- y los muelles de atraque y estiba hasta el paseo casi mediterráneo, con palmeras incluidas, que tanto aprecian los ciudadanos de Bilbao y el creciente número de visitantes.

Porque, hecho el nuevo traje en los últimos, qué sé yo, veinte años que abrigó la piel cuarteada de Bilbao, de Bizkaia entera, comenzaron a llegar el turismo, atraído, primero, por la fuerza de la piedra imán del Guggenheim y más tarde por el avance del territorio hacia nuevos mundos, donde el comercio (entre ellos, el gastronómico ganó peso, hasta el punto de que Eneko Atxa alcanzó el firmamento de las tres estrellas Michelin) fue conquistando la tierra quemada donde antaño habitaron fábricas y talleres. De aquellas fatigas a las nuevas sonrisas...

¡Cómo ha llorado este pueblo! Lágrimas de hierro con aquella batalla del Euskalduna o con los padeceres de Altos Hornos, claro. Pero también cuando Pedro Markinez, jefe técnico de la emisora y de mantenimiento del aeropuerto de Sondika, pronunció una palabras premonitorias y duras. “Un avión, el Alhambra de Granada procedente de Madrid, ha desaparecido de las pantallas de la torre de control y no responde a los avisos”. La aeronave se había estrellado en el monte Oiz, sembrando sus bosques de cadáveres. Todos los viajeros quedaron mutilados excepto uno, el que iba en un féretro que transportaba el avión. Siendo aquella una catástrofe mayúscula, el corazón de Bizkaia se estrujó en un puño cuando aquel soplete prendió con una bolsa de gas en el colegio Marcelino Ugalde de Ortuella y 49 niños se convirtieron en los ángeles negros del municipio minero. En nuestros ángeles negros. Tambien probó Bizkaia en su rostro la fuerza imparable del agua aquel verano del 83, cuando la gota fría trajo unas inundaciones tremebundas que hicieron que Bizkaia pusiese rodilla en tierra. Ahí comenzó, sin embargo, la resurrección. Aquellas riadas fueron el banderazo de salida para el despegue de un pueblo que quiso y pudo ponerse en pie. Ahí encajan aquellas palabras de Pedro Luis Uriarte cuando dijo que “quien sueña transforma;eso sí, hay que articular sobre esa visión un compromiso”. Tampoco se olvidará el accidente del peaje de Amorebieta, los naufragios en la costa y...

¡Alto, lejos de aquí estos fantasmas del ayer! Bizkaia también ha disfrutado durante estas cuatro décadas de mil y un alegrías. Nació para nuestro regocijo Marijaia, comadrona de una legión de fiestas populares que despertaron por toda Bizkaia a partir de 1978. Era el pueblo desatado, era Bizkaia en fiestas. ¡Ay, y cómo recuerdo aquel año 2000, cuando la mismísima capital del mundo celebró 700 años de vida! ¿No se acuerdan ustedes...? No se preocupen. Todo cuando ha sido, es y será en esta Bizkaia que navega hacia nuevos horizontes, tiene y tendrá un testigo simpar: DEIA, el diario que nació para contarlo. 

    

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