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Tragedias que asolaron por tierra, mar y aire

El accidente aéreo de Oiz con 148 fallecidos, las riadas, la explosión en el colegio de Ortuella y una colisión múltiple en la A-8, los mayores siniestros de Euskadi

ARANTZA RODRÍGUEZ - Lunes, 5 de Junio de 2017 - Actualizado a las 19:25h

Un joven se aferra a la fachada en plena riada.

Un joven se aferra a la fachada en plena riada. (Ángel Ruiz de Azua)

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  • Un joven se aferra a la fachada en plena riada.

BILBAO. Ocurrieron en Bizkaia, pero ostentan, para mal, tristes marcas en la crónica negra de Euskadi. El peor siniestro aéreo, el del monte Oiz, con 148 víctimas mortales. La mayor catástrofe natural, las inundaciones que arrasaron Bilbao. La tragedia con más niños fallecidos, la explosión de gas en el colegio de Ortuella. El accidente de tráfico más grave, la colisión múltiple en la A-8 a la altura de Zornotza. Cuatro tragedias que asolaron el territorio por tierra mar y aire y conmocionaron a toda la sociedad vasca.

El 19 de febrero de 1985 pasó a la historia de la peor forma posible, teñido de negro. No habían dado las 8.30 en el reloj, en aquella mañana envuelta en un manto de niebla, cuando un Boeing 727 de la compañía Iberia, que realizaba la ruta Madrid-Bilbao, golpeaba durante la maniobra de descenso su ala izquierda contra la antena de Euskal Telebista en el monte Oiz. Malherido, tras el impacto, el avión voló fuera de control durante un kilómetro, volcó y se estrelló contra el terreno. Ladera abajo, a 300 kilómetros por hora, arrasó un pinar y sus motores explotaron, quedando reducido a un amasijo de hierros.

Los 141 pasajeros y 7 tripulantes fallecieron en el acto. Sus restos quedaron esparcidos en un radio de dos kilómetros, lo que dificultó enormemente su identificación y convirtió al monte Oiz en un escenario dantesco, imposible de olvidar, pese al paso de los años, para el personal de emergencias y voluntarios que se acercaron al lugar con la vana esperanza de encontrar a algún superviviente. De la dimensión del brutal impacto deja constancia el hecho de que solo se halló un cadáver sin mutilar, el de un fallecido que era trasladado a Bilbao en su ataúd en la bodega de la aeronave. Seis familias no pudieron recuperar nunca los restos de sus seres queridos.

Las causas del accidente apuntaron al error humano y la niebla. Tras la correspondiente investigación, se concluyó que la aeronave volaba por debajo de la altitud mínima recomendada en las cartas de aproximación a Sondika;unas cartas en las que, según se denunció, no figuraba la antena de televisión contra la que colisionó.

Cinco años antes de este fatal siniestro, el 23 de octubre de 1980, la sociedad vizcaina recibió otro duro golpe donde más duele, en la infancia. Una explosión de gas, que se dejó sentir a seis kilómetros a la redonda, segó en el colegio Marcelino Ugalde de Ortuella la vida de medio centenar de niños, en su mayoría de 6 años, y tres adultos, dos profesores y una cocinera, que quedaron sepultados bajo los escombros. Otra treintena de menores resultaron heridos.

Una fuga en las tuberías propició una acumulación de gas propano en el sótano del centro, que detonó al prender una chispa un operario que realizaba una reparación. El suelo de dos aulas se vino abajo. Las consecuencias fueron traumáticas y el dolor compartido. Impactadas, miles de personas acudieron, muchas de ellas voluntariamente, a auxiliar a las víctimas. La causa judicial fue sobreseída, quedando el Estado como responsable civil subsidiario.

También permanece indeleble en el imaginario colectivo la brutal colisión múltiple que el 6 de diciembre de 1991 convirtió un tramo de la autopista A-8, cercano a Zornotza, en un auténtico infierno. Hasta 25 vehículos chocaron en cadena, 17 personas fallecieron calcinadas, otra murió posteriormente en el hospital y medio centenar más resultó herido. Un dramático balance que le hizo pasar a la hemeroteca como el accidente de tráfico más grave de Euskadi. La densa niebla se antojó una vez más una fatal enemiga, y el exceso de velocidad de algunos conductores avivó la tragedia, grabada a fuego entre los supervivientes y el personal de emergencias.

Imposible de olvidar asimismo la mayor catástrofe natural que ha sufrido Euskadi, las inundaciones que aquel 26 de agosto de 1983 anegaron Bilbao, a razón de más de 500 litros caídos por metro cuadrado. Las riadas arrasaron la capital vizcaina y más de un centenar de localidades vascas, dejando un triste balance de 34 muertos y cinco desaparecidos, así como daños materiales valorados en 1.200 millones de euros.

Bilbao celebraba Aste Nagusia cuando el cauce de la ría se desbordó arrastrando todo lo que se interpuso en su camino, desde coches a árboles. La avenida de agua alcanzó los primeros pisos del Casco Viejo, arrasó el barrio de La Peña, que quedó enterrado en barro, y dejó su huella en otros municipios como Bermeo, Galdakao o Etxebarri. En algún edificio permanece la marca de hasta dónde llegó la riada. Como si alguien lo hubiera podido olvidar.


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