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Una ciudad de maravillas arquitectónicas de autor

El ‘efecto Guggenheim’ ha avivado el interés por los edificios y equipamientos de diseño que son objeto del admiración por parte de urbes de todo el mundo

ANE ARALUZEA - Lunes, 5 de Junio de 2017 - Actualizado a las 18:19h

Museo Guggenheim.

Museo Guggenheim. (J.M. MARTÍNEZ)

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  • Museo Guggenheim.

BILBAO. La transformación urbanística de Bilbao, que es objeto de estudio por parte de delegaciones de todas partes del mundo, no se entiende sin valorar el conjunto de sus edificios de forma individual. Las maravillas de la ciudad -limitarlas a siete sería desmerecer otras tantas dignas de dicha distinción-, que han sabido mezclar la cultura e idiosincrasia vascas con una nueva visión del futuro, son las que han erigido la villa en la cara moderna de Euskadi, hasta consagrarla como imprescindible para los amantes del diseño y de la arquitectura. En las últimas dos décadas, Bilbao se ha coronado como una ciudad de autor, donde arquitectos de la talla de Frank Gehry, Cesar Pelli o Philippe Starck han dejado su impronta.

La regeneración tardía de la ciudad -no comenzó hasta bien entrados los 90- tuvo su punto álgido con la edificación del Museo Guggenheim. La famosa pinacoteca estuvo en los planes de las instituciones desde finales de los 80, aunque no fue hasta 1997 cuando el coloso de titanio de Frank Gehry fue inaugurado. El que hoy es uno de los mayores orgullos de los bilbainos, con sus ondulantes placas que recuerdan el pasado industrial de la ciudad, ha conseguido propulsar el atractivo turístico del territorio sentando un hito sin precedentes.

El efecto Guggenheim que tanta repercusión ha obtenido desde entonces también favoreció a una nueva forma de repensar la arquitectura. El mismo año se unieron las dos márgenes de la ría con el puente Zubi Zuri de Santiago Calatrava y el puente de Euskalduna de Javier Manterola, lo que ayudó a modificar sustancialmente la comunicación metropolitana. Cabe recordar que dos años antes el metro de Bilbao abría una nueva era del transporte subterráneo de la ciudad, con la apertura de una red que aunaba en el acero, el cristal y el hormigón el saber hacer de Norman Foster. Recuerdo de su intervención son los fosteritos que invitan a los peatones a sumergirse en su mundo.

Los equipamientos culturales de la ciudad merecen un punto y aparte. Antes de finalizar el siglo pasado, en 1999, el Palacio Euskalduna se alzó en el mismo emplazamiento en el que se ubicaba el antiguo astillero que hoy le da nombre tras su cierre definitivo en 1985. El edificio de Federico Soriano y Dolores Palacio representa hoy la consolidación de la actividad musical y congresual de una ciudad eminentemente de servicios. La misma presunción se le supone a Azkuna Zentroa, un almacén de vino reconvertido en un centro de ocio y cultura tras la intervención de Philippe Starck en 2010. La emblemática Alhóndiga, que mantiene la reminiscencia de su diseño originario a manos de Ricardo Bastida, fue relanzada como uno de los proyectos estrella de la ciudad tras permanecer varias décadas en un letargo del que incluso Jorge Oteiza le quiso espolear.

Los equipamientos deportivos también han recibido un impulso notable. El barrio de Miribilla, creado sobre las antiguas minas, fue el enclave elegido para el Bilbao Arena, que abrió sus puertas en 2010, o el Frontón Bizkaia, que inició su andadura solo un año después. Más reciente es el mastodóntico proyecto del estadio de San Mamés, inaugurado en 2014, en el mismo emplazamiento sobre la que se asentaba la anterior catedral.  

El deseo explícito de hacer de la villa una ciudad universitaria se percibe también en otras construcciones. La explanada de Abandoibarra fue el lugar elegido para ubicar la Biblioteca de Deusto, obra del arquitecto Rafael Moneo, en 2008 y solo dos años después se alzó Bizkaia Aretoa, conocida como el paraninfo de la UPV/EHU. Además, el desembarco de la universidad pública en la ciudad se ha traducido en proyectos como la nueva facultad de Ingeniería de Bilbao, junto a San Mamés.

Con la entrada del nuevo siglo, además, Bilbao ha escalado posiciones para acercarse al cielo. El proyecto Isozaki Atea, ideado por el japonés Arata Isozaki, fue una de las primeras iniciativas notablemente verticales que además supuso una nueva forma de mirar hacia la ría. Desde entonces, Bilbao ha sumado una obra del autor de las torres Petronas de Kuala Lumpur: César Pelli es el artífice de la Torre Iberdrola, desde 2011 el edificio más alto de la villa con 165 metros. Este precedente ha sentado las bases de la Bilbao vertical que va sumando exponentes como las torres Garellano que, aunque cuenten con tantos detractores como defensores, parecen vaticinar el futuro.

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