"Indiana Jones hay pocos, a la mayoría de los seres humanos no les pasa nada, aunque si te fijas bien, les pasan cosas más fuertes que al personaje de Spielberg", señala a Efe Rebollo, quien cuenta a sus espaldas con cuatro cortos, todos ellos protagonizados por Lola Dueñas. Entre ellos ha crecido una relación profesional que ahora se perpetúa en este largo que el cineasta ve como "una continuación" de esos cortos, más que "un salto" al largo.
"Esta película es un sumidero en el que he ido acumulando cosas que veo y vivo", apunta Rebollo, quien, desde que conoció a Lola Dueñas, en 1997, decidió convertirla en su particular "objeto de miradas" y ahora, en este largo, el cineasta se ha querido transformar en el protagonista masculino del filme, León.
"Yo soy León", afirma Rebollo, identificándose así con ese hombre gris, que mira el mundo desde fuera, sin entrar nunca en él y que que elige a su vecina, Lola, como su objeto de deseo, hasta erigirse en su "ángel de la guarda". "La pulsión está en los ojos, ese es el oficio del cineasta. A mí, como a León, no me gusta viajar, adoro estar solo y sin hacer nada, me gustan las cosas aburridas y disfruto con todo aquello que la gente tira a la basura", señala Rebollo, quien explica que algunos espectadores pueden ver en ese personaje a un ser enfermizo, sin embargo, dice, "es de lo más sano. Disfruta de su independencia pero lo hace de un modo diferente a los demás".
Rebollo entiende que "Lo que sé de Lola" es una película "rara". "Tiene pocos diálogos, pero suceden muchas cosas. Aunque se cuentan de una forma nueva", explica. El cineasta define su película como "una historia de amor imposible", incluso habla de "un folletín", al que él, con su manera de rodar, ha "quitado todos los elementos folletinescos". Lo que niega tajantemente es que se trate de una cinta "de arte y ensayo".
"La gente confunde ritmo con velocidad", señala Rebollo, quien tiene una forma de narrar lenta, pausada, hecha de miradas, donde el actor principal se manifiesta interpretando "con sus silencios, con los ojos, y hasta con el peso de su espalda". "Yo le dije -añade-, tienes que ser de madera, y él así lo hizo".
El actor es Michael Abiteboul, y lleva el peso del filme, ya que toda la historia se ve "a través de sus ojos" y en contraste con la forma de actuar más vívida de Lola Dueñas: "De ella siempre me ha cautivado su inocencia que, de pronto, se trunca en violencia. Es un caballo de carreras, pero yo también lo soy; así que entre los dos nos acotamos". "Lola tiene una forma de actuar muy zarzuelera, pero yo la marco, la rebajo, aunque dejo sitio para la improvisación, pues, sino, el resultado sería muy seco y artificial", apunta Rebollo, quien en "Lo que sé de Lola" habla de temas universales como la soledad, el amor el paso del tiempo, la incomunicación... "pero, ¿cómo contarlo sin ponerse trascendente?. Pues, a través de personajes intrascendentes", se responde el cineasta, quien así explica su elección de seres corrientes, de gente de la calle.
"Hay directores que necesitan grandes temas para crear. A mí me basta con bajar a tomarme un café. En la calle, mirando la gente, encuentro lo que quiero contar", indica Rebollo, quien si bien ha rodado en París, no ha querido hace obvias ni la ciudad ni la fecha de la trama: "Al hacerse inciertos resultan más universales y tocan más al espectador".
"No existe el cine si no lanza una pregunta al público", afirma Rebollo, quien siente que debutar en el largo compitiendo en el festival donostiarra es como "pasar de amateur a profesional, aunque odio esta palabra porque trae consigo el mercantilismo. Prefiero ser un amateur", comenta Rebollo, quien es consciente de que la rareza de su película provocará posturas enfrentadas. Y eso es, precisamente, lo que busca pues, apunta: "La tibieza es lo peor".