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14-12-2004
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Sí, pero no, o viceversa
José Ramón Blázquez


Europa nos apela de nuevo,

o mejor dicho, nuestros sentimientos airados o deprimidos, invocan otra vez a la Europa de nuestro miedos e ilusiones. Y hay que optar, maldita sea

2. Respecto al referéndum

sobre la Constitución europea, en la sociedad vasca se pueden apreciar y valorar cuatro tomas de posición previa

Para muchos ciudadanos Europa es todavía un mito, una entidad difusa y lejana a la que temen y perciben como la amenaza de quien les supera y acompleja, un destino al que, creen, nunca podrán llegar ni homologarse, quizás porque buscan cobijo en la grandeza del continente a cambio de no cambiar. Para otros, Europa es una realidad posible, a medio camino entre la utopía de un gigante cultural y la resignación del mínimo común mercantil, un sueño soñado despierto capaz de neutralizar las pesadillas españolas que evocan dictadura, aislamiento, pobreza, atraso e ignorancia. Unas y otras emociones se han de enfrentar muy pronto a la difícil decisión de apoyar o rechazar, por activa o por pasiva, un texto constitucional que indudablemente contiene aspectos positivos, pero que también ofrece graves carencias, además de insistir en un modelo de referencia estatal, lejos de una unión que parte de la base formada por los ciudadanos y los pueblos. Europa nos apela de nuevo; o, mejor dicho, nuestros sentimientos, airados o deprimidos, invocan otra vez a la Europa de nuestros miedos o ilusiones. Y hay que optar, maldita sea.

Es lo que tiene el referéndum, un espíritu antagonista, sí o no, lo tomas o lo dejas, bueno o malo, a favor o en contra, blanco o negro… sin posibilidad de aplicar matices, formular modulaciones, intentar caminos intermedios o imaginar alternativas transversales. Es una dialéctica dura, pero tan irremediable como en muchos momentos de la vida, en los hay que elegir no lo que uno quisiera, si no entre lo que hay, algo así como aceptar lo menos malo. Dejo al margen las opciones de la abstención y el voto blanco, cuya consideración democrática y ética no pongo en duda, aunque sí su efectividad en el contexto del sistema electoral vigente que, como es obvio, ignora olímpicamente a los ausentes y blanqueros cuya omisión puede favorecer subjetivamente al peor de sus contrarios. Y ya que el voto en referéndum, te pongas como te pongas, no admite argumentos singulares a la hora del recuento, sí cabe valorar las tomas de posición previas que se perciben en la sociedad vasca. Respecto de la próxima consulta sobre el proyecto de Constitución europea, a mi parecer, existen cuatro categorías de opinión:

SÍ, PORQUE SÍ. Es la posición impulsiva de los entusiastas del ideal europeo y también la de los europeístas de última hora, los conversos de la izquierda y la derecha que piensan que Europa es un destino mesiánico, una senda histórica de vía única trazada por entes superiores. También es la razón de los mercaderes y los poderes económicos, cuya perspectiva comunitaria es la del mercado y la moneda. A fuerza de golpes y decepciones, componendas y lentitudes, cada vez hay menos partidarios del sí porque sí. Son los puristas, los euroasépticos, cuyo ardid intelectual se poya en la certeza de que no hay alternativa y que ningún proyecto nacional tiene posibilidades al margen de ella. El sí incondicional rebela sumisión y complejo de inferioridad. Podría decirse incluso que la incondicionalidad afirmativa es poco constructiva, porque supone un dejar hacer y un abandono a la suerte de lo que otros decidan. Veo muy pegados a este criterio tanto a los socialistas vascos como al PP, porque secundan la Constitución europea sin apenas reparos, como aquel hombre que era tan pequeño, tan pequeño que no le cabía la menor duda. No lo dude: las dudas son creativas.

NO, PORQUE NO. La diferencia respecto de la opinión anterior es de actitud. Entre éstos se aprecia una intolerancia política y una ceguera histórica propias de quienes conciben Europa como la antítesis de los estados-nación, el único sentido de sus preferencias. ¿Cabe situar a este grupo en la categoría de los euroescépticos, los europeos menos europeos? Creo que no. El euroescepticismo, tan arraigado en el Reino Unido y Dinamarca, más que un rechazo irracional es una prevención subjetiva, una condición defensiva frente al riesgo de que la Unión disuelva sus tradiciones y personalidades nacionales, así como sus privilegios, en el caos supranacional. Los del no radical rechazan la unidad política del continente cuya motivación es, en unos casos, la exaltación mítica de las glorias imperiales y, en otros casos, la esencial negación de la democracia por añoranzas revolucionarias o nostalgias reaccionarias. Son realmente eurojurásicos. Coincidentes con éstos, pero muy distintos, son los antieuropeos circunstanciales, las víctimas del sistema ultraliberal, que aparecen tras las reconversiones y los desastres industriales provocados por discutibles actuaciones comunitarias. Francamente, es muy difícil ser arrantzale o trabajador del sector naval y, mientras te arruinas y te quedas sin trabajo, creer en el destino constitucional de Europa.

NO, PORQUE SÍ. Es un colectivo paradójico. Lo integran quienes imaginaron la Europa más avanzada en lo político, lo cultural, en lo social y en todo, los auténticos poetas de la Unión. Y sin embargo, van a votar no. Precisamente porque creen, más que nadie, en el proyecto comunitario, lo que nadie les puede negar. Su modelo de Unión va más lejos, dicen, de la marca burocrática y de las instituciones simbólicas pero sin contenido. Dirán no porque sí creen en la unidad política plena de Europa; pedirán el no porque sí creen que se debe ir más allá de los estados. Decir no, en su caso, es una forma afirmativa que reprocha vigorosamente un proyecto constitucional mezquino y centralista. Son el grupo de los euroutópicos, compuesto por minorías selectas, intelectuales escarmentados y afines al radicalismo democrático. Al contrario que los anteriores, éstos no tendrán complejo en proclamar su apuesta por el no, porque tienen razones, argumentos e historia personal con la que evitar toda asimilación con los rancios negadores de la unidad supranacional del viejo continente. A pesar de sus contradicciones y su superficial estética de europeísmo rebelde, la opción del no porque sí es imprescindible para que la Unión avance más a fondo y más deprisa.

SÍ, PORQUE NO. La mayoría de los que componen este grupo de opinión votarán sí con sufrido desgarro. Son los que más ideología sacrificarán en el referéndum y, seguramente, los que en Euskadi harán posible que gane un sí precario frente a un no demasiado exigente y adelantado. Son los europragmáticos, todos los que creen que la Unión Europea es un proceso de largo plazo que hay que jalonar de pequeñas victorias y amargas derrotas, una estrategia paciente no siempre bien reconocida en el presente. El cuerpo -el corazón- les pide votar no, pero la razón les reconduce hacia un sí responsable y moderado. Votarán sí porque no hay más remedio en el actual equilibrio de poderes europeos. Dirán sí porque no se puede negar en el proyecto de Constitución un cierto avance, escaso pero real. Votarán sí porque no hay una alternativa suficiente al modelo de Unión que plantea, por mucho que lo deseen. Pero lo que más les duele es la coincidencia con los del sí porque sí, con los que niegan la posibilidad de un referéndum similar sobre el futuro de Euskadi. Esto sí que escuece, lo que no significa estar en el mismo barco. Las coincidencias son caprichosos juegos del azar, tan anecdóticas como encontrarse con el peor enemigo en la cola del supermercado o en la estación del metro. Sólo falta que la incomodidad de estacoincidencia se vea acentuada por la campaña de los partidarios del no, que intente meter a todos los votantes del sí, sin distinción, en el mismo saco. Sería una burda manipulación, porque coincidir en la urna no significa coincidir en las razones, de igual manera que todos los que voten no, euroescépticos y euroutópicos, no lo harán por idénticos motivos.

Puesto que entre el sí categórico y el no radical hay, como vemos, un abismo intermedio de argumentos, sería de agradecer, en honor a un pluralismo que rebasa la simple disputa entre dos opciones, que la campaña del referéndum europeo diera cabida a los pronunciamientos matizados, de forma que se perciban y se escuchen los reparos ideológicos que singularizan cada sí y cada no. Debe ser, por pura razón democrática, una campaña de peros: de sí, pero, o de no, pero… Una campaña adversativa para que el sí de la Europa de las naciones y los ciudadanos no se confunda, antes de entrar en la urna, con el sí de la Europa de los estados; y para que el no afirmativo de más Europa no se asimile, por dignidad histórica, al no reaccionario y antieuropeo.
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