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El apocalipsis de dresde
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Ramón Barea Unzueta
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En este 60 aniversario del fin de la segunda guerra mundial, la liberación de Auschwitz concentra la mayor parte de conmemoraciones, sin embargo no deberíamos olvidar otros episodios de genocidio y barbarie que sacudieron la historia convulsa del pasado siglo.
En estos tiempos de revisión y recuperación de la memoria histórica debemos recordar la ciudad de Dresde.
Nunca un Miércoles de Ceniza llevó su nombre de manera más cínica.
En la noche del 13 al 14 de febrero de 1945, la ciudad alemana de Dresde desprovista de toda defensa aérea y privada de industria y objetivos militares fue reducida a cenizas en el más terrible bombardeo aéreo de la historia.
El fin de la guerra se aproximaba y los refugiados huyendo de Silesia ante el avance ruso provocaron la llegada de miles ancianos, mujeres y niños creciendo su número de habitantes de 600.000 a 1.000.000.
La ausencia de bombardeos y objetivos militares hacían de la capital del Saxe un lugar razonablemente tranquilo en la Alemania de 1945.
Nadie hubiera podido imaginar que ya en el mes de julio de 1944 el estado mayor británico estaba diseñando el proyecto ‘‘thunderclap’’ (golpe de trueno).
Éste consistía en concentrar en una ciudad, alternativa a Berlín, un ataque aéreo que tuviera consecuencias catastróficas para la moral militar, política y civil alemana.
A fin de augurar el ‘‘éxito’’ y efecto de la operación se debía escoger una ciudad libre de operaciones militares y superpoblada.
La sentencia de muerte dictada por la RAF y la US Airforce cayó sobre Dresde El 13 de febrero de 2005, Dresde disfrutaba de unas condiciones metereológicas excepcionales. En la ciudad se celebraba el fin del Carnaval repleto de niños disfrazados a los cuales se intentaba hacer olvidar los horrores de la guerra. Mientras muchos mayores asistían a la ópera, ancianos, mujeres y sobre todo niños se agolpaban a las puertas del circo Sarasanni para presenciar la gran noche de gala. Terminada la función los primeros cazabombarderos aparecieron en el cielo lanzando bengalas en paracaídas. En la calle los niños aplaudieron y sonrieron ante el inesperado espectáculo de luz y color ignorando que eran ellos los observados.
A las 22.00 horas comenzó el Apocalipsis. 245 bombarderos Lancaster de la RAF, cargados con un 75% de bombas incendiarias y el 25% restante de bombas explosivas, llegaron al objetivo.
Las más de 650.000 bombas incendiarias cargadas con ocho millones de placas de fósforo en contacto con el aire provocaron un tifón de fuego fundiendo el asfalto a los pies de miles de personas convertidas en antorchas humanas. Cuando la temperatura llegó a los 1.000ºC, el río Elba comenzó a hervir al mismo tiempo que las personas refugiadas, en bodegas y bunkers, morían asfixiadas.
A la 01.45 de la madrugada, sólo cuatro horas después, 529 nuevos bombarderos surgieron en el cielo lanzando su mortífera carga y destruyendo más de 1.000 hectáreas y acabando con la vida de aquellos que creían haber sobrevivido al ataque.
La mañana del 14 de febrero amaneció con el espectáculo dantesco de una ciudad reducida a cenizas. Como sombras en la ciudad los supervivientes comenzaron a abandonar los refugios y bunkers.
Error fatal. A las 10.00 horas de aquella mañana una nueva oleada de 450 fortalezas volantes de la US Airforce pusieron punto final a la carnicería mientras un centenar de cazas Mustang ametrallaban los convoyes de refugiados y heridos, es decir, todo aquello que permanecía vivo en el suelo.
Nunca se conocerá con exactitud el número exacto de este drama. Miles de cuerpos fueron transformados en cenizas por las bombas incendiarias. Otros miles fueron incinerados a partir del día 14 en cinco inmensas hogueras para evitar las epidemias.
Las primeras estimaciones daban la cifra de 140.000 muertos llegando a barajarse durante mucho tiempo la cifra final entre 250.000 y 400.000 muertos.
Los 1.400 bombarderos británicos sumados a las 450 fortalezas de la US Airforce provocaron la noche más trágica y sangrienta de la Historia.
Deberíamos preguntarnos por qué este raid aéreo sin precedentes ha dejado un recuerdo menos vivo que otras acciones como la bomba de Hiroshima (71.000 muertos) o el bombardeo de Tokio (84.000).
Los responsables e ideólogos tales como Sir Arthur Harris, general del Ejercito del Aire o Sir Robert Saundby, comandante en jefe de la Bomber Command, y responsable del diseño y táctica de bombardeo masivo en dos tiempos, especialmente cruel para los civiles, lejos de ser cuestionados o juzgados fueron en su mayoría condecorados.
En cuanto a las motivaciones de esta operación punitiva sin fines militares reales, existen varias hipótesis. La demostración de fuerza por parte de los angloamericanos ante el avance del ejército rojo y la voluntad de quebrar para siempre la voluntad de los alemanes es hoy por hoy la hipótesis más señalada por los historiadores.
60 años después seguimos esperando una ley internacional específica a la guerra aérea que pueda limitar, juzgar y condenar aquellas acciones que como en Dresde, Hiroshima, Gernika, Londres o Bagdad, entre otras, hagan del bombardeo aéreo una herramienta táctica de castigo a la población civil.
Ramón Barea Unzueta es historiador y escritor especializado en el estudio de la Segunda Guerra Mundial |
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