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15-02-2005
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La inmigración en Euskadi
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La inmigración en Euskadi
Javier Sádaba
Recientemente leí unas palabras del secretario general de LAB en las que pedía más competencias sobre inmigración y ponía en guardia ante la disolución de las características de la comunidad vasca en razón, precisamente, de dicha inmigración. He leído las declaraciones de segunda mano y, en consecuencia, no sé hasta qué punto reflejan o tergiversan lo que realmente dijo. Se puede suponer cuáles han sido las reacciones fuera de Euskadi ante estas palabras. Lo menos que se le ha llamado ha sido racista. Y en un alarde ridículamente intelectual se le tacha de sellar la identidad vasca bajo siete llaves. Los mismos que consideran sagrada la unidad de España, piensan que sus fronteras son tan inamovibles como las rocas, y hacen y deshacen leyes respecto a los extranjeros, se llevan las manos a la cabeza tal vez con una mezcla de ignorancia y cinismo cuando oyen lo expuesto por Díaz Usabiaga. Por mi parte considero que sus declaraciones son oportunas y ponen el dedo en la llaga. Me extraña, una vez más, que se llegue, como casi siempre, tarde a una cuestión central y mucho más importante que otras a las que se le dedica tanto tiempo y energía. Tengo la impresión de que el Gobierno vasco o no se ha enterado o no quiere enterarse, que los movimientos más a la izquierda comienzan a ver de cerca el problema (como si les hubieran tenido que poner gafas) y que los movimientos sociales o están de vacaciones o carecen de coraje para coger al toro por los cuernos.

Vaya por delante que no me gustaría moverme un milímetro de la defensa de los débiles, de los Derechos Humanos y del derecho concreto a no vivir en la miseria. El llamado ‘‘efecto llamada’’, expresión que se atribuye a Mayor Oreja, tiene una causa fundamental: el hambre. Y no olvidemos las aportaciones económicas, asistenciales y culturales de la inmigración. Quede claro, por lo tanto, que uno de los términos del problema es el respeto a los que, por necesidad, vienen de fuera. La inmigración es el problema fundamental en Europa y todo lo demás palidece si se confronta con el flujo incesante y en aumento de las personas que llegan, de una u otra manera, a eso que llamamos ‘‘el coto vedado’’ europeo. Pero la otra parte del dilema es ésta: ¿Qué ocurriría a una comunidad con no más de dos millones y medio de habitantes si se le sumaran, en oleadas, incontroladamente, mientras se mira para otro lado, casi otro medio millón más? Si esto fuera así, y parece que va en vías de serlo, el conflicto vasco toma una dimensión desconocida. Desconocida, por lo que veo, para los vascos, que deberían enterarse de lo que sucede, pero muy bien conocida para mucha gente de esta orilla que se frota las manos con este trasvase de personas mientras llama xenófobos a los demás. Trasvase que aumentará, a buen seguro, en el momento en el que, por medio de algún tipo de acuerdo que anule la violencia, todo se dilucide, como debe ser, con los votos. Es ésta la situación y negar los ojos a la evidencia es de avestruz. Inmediatamente se me objetará que debo proponer alguna solución. E inmediatamente contesto que lo primero -Freud dixit- que hay que hacer para intentar cualquier tipo de solución es reconocer el problema. Por eso y antes de nada, mi censura a la tardanza, desenfoque y relegación del problema por parte de casi todo el mundo. No es cuestión de ir de listos. Es cuestión de no ir de tontos.

Pasando ya al terreno de las posibles soluciones, lo primero que propondría es una efectiva comisión, del tipo que sea, que se encargue de estudiar con detalle, cómo se está gestionando la llegada de inmigrantes. Y, unido a ello, la exigencia de que sean los propios vascos los que controlen, regulen y, en su caso, integren a los que vengan de Ecuador, de Rumania o de donde sea. Por cierto, la integración no consiste sin más, y de manera ingenua, en enseñarles euskera. Eso está muy bien y lo va a hacer, sólo que de forma muy distinta, el Reino Unido con el inglés o los holandeses con su lengua. El asunto es más profundo. Porque además de la cantidad de los que lleguen, el núcleo de las mafias es omnipresente y capaz de teledirigir masas de personas indefensas. Y el ‘‘coladero’’ del delincuente profesional encuentra en la emigración su mejor caldo de cultivo mientras la buena voluntad hacia el extranjero -fundamental como principio- se convierte, muchas veces, en pasividad, resignación o, lo que es peor, en xenofobia. Esta vez sí, xenofobia. De causas caóticas, efectos perversos. Y sin flujos regulados, acuerdos donde haya que conseguirlos, ayudas a los países de origen o petición al resto de los estados europeos para que no se pasen unos a otros la pelota, vamos de cráneo.

Una vez que el problema está delante de los ojos y que se tienen en cuenta los derechos del débil y el derecho de un determinado pueblo a configurar su futuro, el siguiente paso es ir montando las estrategias adecuadas para que, sin excluir por las buenas, no nos engañen tampoco por las malas. Cada lugar tiene su espacio y su capacidad. Cada proceso de flujos humanos, sus reglas y a cada derecho corresponde un deber. Me alegro, repito, de que una voz haya hablado con cierta claridad. Los emigrantes son, en buena parte, fruto de una política mundial despiadada. Su solución tendría que implicar a los que más pueden y, al mismo tiempo, sería una pena que a causa de los desmanes mundiales un pueblo concreto fuera engullido en medio de los toma y daca de unos y de otros.

Una palabra más antes de acabar. He hablado de las instituciones y de los movimientos políticos, legalizados e ilegalizados. Porque, ¿dónde están las comunidades de vecinos, las asociaciones cívicas o los movimientos ciudadanos? Puedo entender los errores de los políticos -si la emigración se gestiona como, por ejemplo, la educación y la cultura es para echar a correr y no parar- pero la crítica que hay que hacer a los responsables del vacío social que se ha ido creando no es menor. Tan de lleno se ha estado en una lucha unilateral en el conflicto político que el resto de los flancos ha quedado al descubierto. La cultura cívica se ha reducido al mínimo, las protestas han perdido su carácter pluridimensional y la energía de la gente, agotada muchas veces, se ve inerme cuando surge un conflicto más amplio y englobante en el que, cómo no, se juega la vida de muchos pueblos y de todo un pueblo. Decía con mucha razón un viejo político italiano: «Nosotros, blancos, somos los invasores». Yo añadiría lo siguiente: que no haya invasores sino vecinos, amigos y ciudadanos. Pero eso, en gran medida, se consigue. No es una suerte, es un logro. Un logro que, hoy, necesita inteligencia y voluntad.
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