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Ertzaintza, Guardia Civil, DYA, Cruz Roja, Protección Civil y voluntarios trabajaron en conjunto para llevar a cabo las tareas de salvamento. Reportaje fotográfico Ángel Ruiz de Azúa |
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El accidente que sacudió a toda Euskadi
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No hubo ningún superviviente. Los 148 ocupantes del vuelo 610 de Iberia murieron en el accidente aéreo que todavía hoy, el día que se cumplen 20 años del suceso, se recuerda como la catástrofe más cruenta de la historia reciente de Euskal Herria
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Alain Laiseka Bilbao
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El Boeing 727 que realizaba el vuelo regular entre Madrid y Bilbao, surcaba a las 9.25 de la mañana del 19 de febrero de 1985, el cielo que cubría el aeropuerto de Sondika. El "Alhambra de Granada", nombre del avión pilotado por el comandante José Luis Patiño Arrospide, había entrado desde el Mar Cantábrico y puso rumbo al Duranguesado para desde allí tomar la baliza de aproximación a la pista de aterrizaje. Dos minutos más tarde de su primera y única pasada por Sondika, el walkie-talkie, que servía como único medio de comunicación entre el aeropuerto y el vuelo, se quedó mudo. A los diez minutos, la ansiedad, el nerviosismo y la angustia se unieron a la desinformación y la confusión: el pánico se apoderó de la terminal, donde, en medio del caos, el personal de Iberia ya barajaba la posibilidad de que el avión se hubiera perdido y posiblemente estrellado.
El "Alhambra de Granada" debió presentarse en la pista de aterrizaje del aeropuerto de Sondika sobre las 9.35 de la mañana de aquel martes de carnaval. Nunca lo hizo. La niebla tapaba casi en su totalidad la cara sur del Oiz cuando el avión golpeó con el tren de aterrizaje el repetidor de ETB situado a apenas 15 kilómetros del centro emisor de Iurreta. El aparato, ya "tocado", y según relataban los testigos presenciales, «envuelto en llamas», voló un tiempo rozando las copas de los pinos hasta que se precipitó por el barranco de Iru Erreka. Una gran explosión puso fin al vuelo del "Alhambra de Granada" y a la vida de los 141 pasajeros y siete tripulantes que viajaban a bordo del avión.
Una gran humareda
El día, que había amanecido nublado en gran parte de los valles vizcainos, fue poco a poco despejando y a las 10.30 horas una gran torre de humo negro -provocada por la combustión del queroseno del aparato- era visible desde todos los puntos de Bizkaia. Antes, sobre las diez de la mañana, llegaron al lugar del siniestro las primeras dotaciones de la Guardia Civil alertadas por Juan Mari Urkiola, un vecino del caserío Monoiz-Guren que fue el primero en ver la barbarie. Urkiola subió hasta el avión sólo quince minutos después de la colisión y tras comprobar que no había ningún superviviente bajo de nuevo al caserío, desde donde telefoneo a la "benemérita". Al poco tiempo se unieron un grupo de vecinos de los caseríos de Muñozgorren y los técnicos de ETB, que habían subido a comprobar cuál era la causa de los problemas en la emisión.
Lo que allí se encontraron superó con creces la dosis de horror que un humano es capaz de soportar. El lugar donde se estrelló el aparato ofrecía una imagen desoladora. "Cuerpos destrozados, esparcidos, rotos, colgando de los árboles, vísceras sin cobijo, cabezas explotadas... todo era anónimo, resultaba irreal", relataba la periodista Macu Álvarez en una desgarradora crónica del día 20 de febrero que titulaba "La vaguada de la muerte".
Hacía frío y todavía perduraba en algunos puntos la nieve caída recientemente. La cumbre del Oiz estaba cubierta por la niebla pero no llovía. Carlos Catalina "Carletti", por aquel entonces oficial jefe de la Unidad Especial Alpina de la Cruz Roja, se enteró de la noticia por teléfono. «Cada uno estaba en su trabajo porque éramos amateurs. La red de alarma que teníamos establecida era telefónica. Se avisaba desde la brigada que estaba en General Concha. Nos llamaban uno a uno al trabajo y si podíamos salir salíamos», explica.
La Unidad Alpina partió de Bilbao en uno de los dos Land Rovers de los que disponían. Se dirigieron directamente al Oiz: «La poca información de la que disponíamos decía que un avión se había estrellado allí. Subimos y entre la espesa niebla sólo pudimos ver las antenas tronchadas y restos del avión». Allí no tenían nada que hacer, por lo que decidieron dar la vuelta por Markina e intentar acceder a la zona donde cayó el aparato. «Cuando llegamos estaban ya la Ertzaintza y la Guardia Civil. No dejaban pasar a nadie, ni siquiera a nosotros». Para esa hora estaba claro que no había supervivientes. Las labores se centraban en la recogida de restos, «nosotros éramos rescatadores de vidas y... bueno ya sabes cómo fue aquello». Protección Civil llevó a cabo una reunión improvisada en un bar cercano y decidieron que la unidad de "Carletti" no actuase. «Según dijeron, la labor principal era de forenses, por lo que decidimos replegarnos y volver a Bilbao», recuerda.
La laboriosa recogida de los cuerpos despedazados de los 148 ocupantes del vuelo 610 de Iberia comenzó sobre las tres de la tarde, una vez que el juez de Durango lo autorizó. Entre miembros de la Er-tzaintza, Guardia Civil, DYA, Cruz Roja, Protección Civil y voluntarios más de 700 personas -150 de ellas dedicadas a la búsqueda de las víctimas y localización de posibles supervivientes- trabajaron en las labores de recuperación de restos. Así, a las 19.00 horas de ese mismo 19 de febrero, siete helicópteros hacían su entrada en el viejo recinto del cuartel de Infantería de Garellano portando las 70 cajas donde se encontraban los restos rescatados en el lugar del accidente. Dos días más tarde la Basílica de Begoña acogió una multitudinaria misa-funeral en la que monseñor Larrea calificó el accidente como «la catástrofe involuntaria más cruenta en la historia vasca». Aún hoy así se recuerda. |
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