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Temor a la libertad
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Joseba Iñaki Sobrino
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Ripa
¡Vivimos en un mundo de miedosos! Sea por la conciencia de que hay cada vez más cosas que influyen en nuestra vida que no controlamos, sea por el halo insoportable de incertidumbre que rodea cada vez más nuestras decisiones, o sea tal vez por la intuición de lo insostenible de nuestro modo de vida, explotador escasamente misericorde de seres humanos y recursos naturales, tenemos miedo a la libertad. Renunciamos a ella a la menor oportunidad a cambio de unas míseras lentejas de seguridad y comodidad, aunque quepa, cínicamente quizá, mantener aún la esperanza en el porvenir en la medida en que seguimos renunciando primero y más fácilmente todavía a la libertad de otros antes que a la nuestra propia.
Si individualmente somos así, nada de extraño tiene que muchos lo sean también cuando constituyen grupos sociales y particularmente el grupo social por antonomasia, el que determina marco de poder y esfera de legitimidad. Nada de extraño tiene que algunos se aferren entonces a una estructura territorial determinada como si les fuera la vida en ello, como si fuese el único Dios en el que, en una sociedad que relega tanto la fe al ámbito de la experiencia privada, cabe creer en público. Incluso no cabe sorprenderse de que les suceda a los propios obispos católicos, que no dejan por hombres, occidentales y españoles de ser triplemente miedosos en lo que se refiere a posibles cambios que les afecten poderosamente. No es extraño, pero no es disculpable. Porque nada que no sea libre merece la pena.
Algunos no renunciaremos nunca a la utopía de que aquello que amamos, de que nuestros sentimientos más profundos sean compartidos por el mayor número de conciudadanos posible. Lo que nos preguntamos entonces es por qué tan pocos parecen pensar igual desde el españolismo o por qué callan tanto.
Si uno fuese español de sentimiento, estaría muy interesado en saber porque hay tantos que teniendo oportunidad de compartirlo, no lo desean. Y si quisiese contribuir a la difusión de la españolidad necesitaría perentoriamente conocer el elenco de reticentes a los que se debe seducir. (O conquistar, si no se entiende el término en sentido incompatible con el de la adhesión voluntaria ideal, a la que no veo porque renuncian como si no confiasen en el suficiente atractivo del ser español para gentes que, sin él, no serían tal vez reconocidas en casi ninguna parte del mundo).
Y si uno creyese en España como sociedad moderna y avanzada y considerase que pocos motivos de honra y orgullo hay mayores que la identificación con una sociedad libre y respetuosa de los derechos humanos, estaría muy preocupado porque nadie pudiese reprocharle imposiciones o desconsideraciones hacia quien (siempre hay ingratos, rebeldes o simplemente raros) pensase o sintiese distinto.
Si uno defendiese, legítimamente, que Gibraltar y Ceuta y Melilla forman y deben formar parte de España, ya se entienda como estado, ya como nación, estaría inquieto ante la contradicción que deriva de justificarlo en virtud de la voluntad de los ciudadanos cuando la geografía no apoya y olvidarme de aquella cuando me es contraria. Esperaría entonces que si en Ceuta y Melilla es título suficiente, hubiese cuando menos una reflexión sobre si puede prescindirse tan alegremente de ella a la hora de defender la hispanidad en la ‘‘Roca’’ y en otros lugares.
Si uno fuese español en el País Vasco estaría constantemente intentando tender puentes, atraer a la españolidad a tanto díscolo que sin duda no conoce su indudable atractivo, su capacidad acogedora de tantos y tan dispares. Negociaría hasta el amanecer con cualquiera al que encontrarse medianamente dispuesto, dialogaría sin desmayo con los vascos no españoles, que serían mi tierra de misión, aunque no olvidase ni por un momento a los ya convertidos ni sus reivindicaciones de primogenitura.
Si encontrase diferentes puntos de vista, diferentes niveles de oposición, intentaría hacer ver a los menos recalcitrantes que quizá sea menos lo que me separa de ellos que lo que a su vez les distancia de aquellos a quienes se unen en su rechazo, si pudiese encontrar indicios por leves que fuesen de españolidad en todos esos, en lo que aman o sienten como suyo, o pudiese integrar sin chirridos su acervo peculiar en lo español, dedicaría ingentes esfuerzos a la tarea. Aunque no fuese más que porque se encuentra en mi territorio, difundiría por el mundo lo vasco como ningún otro de mis valores, para que todo el mundo lo asociase con lo español y se diese cuenta de que soy el primero en considerarlos inseparablemente unidos.
Si tuviese el más mínimo indicio de que la resistencia a mis propósitos tiene origen en algún tipo de agravio, de los que, aún sin voluntad maliciosa, haya podido producir la larga historia común, intentaría repararlo incluso con exceso en la dosis, que más vale que sobre que no que falte. Los errores históricos los asumiría con peticiones expresas de perdón y demandas de olvido mutuo (los agravios suelen ser recíprocos), los malentendidos dando yo el primer paso hacia su subsanación, como mayor interesado, y las querellas económicas, que existen incluso en las mejores familias, cuidando a los reacios, aún a riesgo de que el hijo fiel se me encare por atender tan fervorosamente al pródigo, como no cuido a los proclives, para seducir, si cabe, por el bolsillo, que todos sabemos que es junto al estómago uno de los caminos más directos al corazón. (Hay un tercer camino, en el que algunos lectores habrán ya pensado, al que no haré referencia en consideración a los menores que pudieran, en actitud digna de elogio, leer artículos de opinión en los periódicos).
Si amase a España de verdad, evitaría cualquier ofensa a los que la amasen menos. Entendería que quienes atacasen a estos españoles potenciales por su retraso en darse cuenta de lo que les conviene, obstaculizan gravemente nuestro común anhelo, retrasan el efecto de mis desvelos y dejan de mostrar el atractivo de ese sentimiento nacional nuestro en el que todos pueden encontrar hogar y afecto. Perseguiría por tanto con el mayor ahínco, incluso Código Penal en mano, a los más papistas, a los que sienten enardecerse el corazón sin templarlo con la cabeza, a los que embisten al toro en lugar de usar con él la muleta, a quienes, en definitiva, todavía no se han dado cuenta de que todo lo empleado en convencer es ahorro de lo que cuesta imponer, si valoramos la españolización como tarea tan prioritaria como para resistir el análisis económico coste-beneficio.
Yo no soy español. Y no los entiendo. Quizá algo de eso tenga que ver con que no me sienta uno de ellos. Porque no hacen nada de lo que yo creo que deberían hacer para que sintiéramos la españolidad como algo más cercano. Y no le encuentro explicación. ¿Qué les has hecho libertad para que te teman tanto ? |
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