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La papisa
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Carmen Torres Ripa
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Las novelas nos acercan al Vaticano. Los títulos de las novedades editoriales tienen de protagonistas a los mandatarios eclesiásticos que ocupan la silla de San Pedro. El Papa ha dejado de ser intocable. Su mundo, rodeado de intrigas, rencillas, secretos y hasta asesinatos, llena miles de páginas en las librerías. Un autor de éxito que quiera entrar en la lista de los best-seller ha de escribir sobre la intimidad papal. Así, siglos y siglos de historia se ve desvelada, escudriñada, estrujada y despojada de toda dignidad. Italia y sus habitantes -especialmente eclesiásticos- se pasea por las páginas de cientos de narraciones fantásticas. Crímenes, ambiciones, sodomía, amantes… tiñen las sotanas con rojo sangriento. ¿Qué hay de verdad en tantas novelas? Posiblemente poco, pero la historia -suponiendo que quien relató esa historia fue veraz- cuenta muchos hechos poco edificantes de los papas. La salud de Juan Pablo II ha vuelto a poner en primera página -más bien sigue manteniendola en actualidad- la trastienda vaticana. Se cuestiona su continuidad ante su deficiente salud y, antes de tiempo -aunque el Papa ha demostrado a lo largo de estos años una voluntad de hierro- las listas de papable se barajan en los periódicos. ¿Quién será el nuevo jefe de la Iglesia Católica? Y aparecen nombres, edades, países, razas… todo entra en el bombo vaticano. Todo es posible en esta lotería eclesiástica hecha por la propia iglesia. Y, entre tanta buenaventura, siempre hay anécdotas que quedan colgadas en el aire para disfrute de los coleccionistas de hechos insólitos. Pues verán, en este mes de marzo en que tanto se habla de la mujer y del poder de ser mujer, es recurrente recordar que hubo una papisa. Una mujer que llegó al trono pontificio sin ser descubierta por el colegio cardenalicio hasta que… Hasta que dio a luz un varón. La historia, teñida por la melancolía de la leyenda, cuenta que había una joven muy hermosa, Juana, que vivía en … no se sabe exactamente el lugar (Alemania, Inglaterra, Francia o hasta Constantinopla). Juana era una mujer muy culta y para poder seguir estudiando se disfrazó de hombre. Pero una versión menos pía cuenta que más bien para seguir amando, porque Juana -que también pudo llamarse Margarita, Gilberta o Isabel- se enamoró del Abad de Fulda y para entrar en el monasterio, vivió disfrazada de fraile. Cuando murió su amante, continuó su sabiduría y ascenso religioso. Primero fue consagrada sacerdote, luego obispo y siguiendo el colofón, cardenal y, finalmente, Papa. Juana, sucedió a su antecesor León IV, con el nombre de Juan VIII en el año 853. Pero la joven Juana, además de saborear los placeres del poder eclesiástico, quiso seguir disfrutando de los placeres carnales y se volvió a enamorar -no está muy claro si fue de un paje o de un cura- apasionadamente. La fuerza de su amor fue tal que se quedó embarazada. Las vestimentas ampulosas pudieron esconder el abultado vientre hasta que un día -ya próximo al final de la gestación- tuvo que presidir la procesión del Corpues Christi. El trayecto desde San Pedro a Letrán -entre el Coliseo y San Clemente- se hizo en una silla. Y, mientras estaba allí sentada, llegó el momento del parto. Juan VIII, es decir Juana, dio a luz delante del pueblo de Roma. Los espectadores indignados la apedrearon y la mataron y ahogaron al bebé. Otros relatos, mas piadosos, dicen que Juana entró en un convento para expiar sus pecados y su hijo llegó a obispo de Ostia. Este acontecimiento dejó en la Iglesia tal estupor que desde entonces para esta silla ‘‘gestatoria’’ se inició una tradición que duró siglos en la iglesia. Cuando era elegido el nuevo Papa, para evitar equivocaciones sexuales, se le sentaba en una silla horadada, sin asiento. El Papa, tendido con las piernas separadas y los hábitos abiertos debía de mostrar su virilidad. Después de este tacto testicular, se anunciaba a los fieles el ya conocido: ‘‘Habemus Papa’’. Durante un periodo largo de la historia de la Iglesia se ha querido negar la existencia de la papisa Juana, pero de su recuerdo quedan hechos tan curiosos como las témporas, también llamadas ‘‘ayunos de papisa’’ y, dentro de la baraja del tarot de Marsella, siempre el nº 2 será para la Papisa. El 2 esconde al 1 y crea lo que es distinto. Para la escuela pitagórica el 2 es femenino, porque la mujer se divide en dos partes al tener un hijo. El 2 es el conocimiento oculto que hay que desvelar. Así este mes de marzo, con tanta reivindicación femenina, conviene recordar que la mujer también llegó a la silla de San Pedro. Felizmente ocupó la silla antes de ser horadada. |
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