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Estas fechas, próximas al 11 de marzo, aniversario del brutal atentado en Madrid, hemos escuchado testimonios conmovedores de personas envueltas de una forma u otra en aquella horrible carnicería. Entre otros, los de las víctimas de las explosiones que, al despertar de la conmoción y verse vivos, reaccionan con expresiones de alegría incluso conscientes de las lesiones y mutilaciones sufridas. Impresiona su amor a la vida, cómo se agarran a ella. Hoy, Jesús nos entrega en el evangelio (Juan 11, 1-45) otra fotografía suya: la más complicada. El domingo pasado a través de la curación del ciego de nacimiento, se nos presentaba como la ‘‘luz del mundo’’, hoy como ‘‘yo soy la resurrección y la vida’’. Es mucho decir, pero Jesús respaldó, afirmó estas palabras tan exigentes y difíciles de demostrar con el milagro de la resurrección de Lázaro. En la estampa evangélica de este domingo aparece lo más humano y lo más divino de Jesús; o si se prefiere, se destaca como en ningún otro momento, su lado humano y su lado divino. He aquí algunas pinceladas de su dimensión humana: le envían este mensaje ‘‘mira que tu amigo está enfermo’’; ‘‘Jesús se echó a llorar, se conmovió, sollozó’’; los judíos comentaban ‘‘¡cuánto lo quería!’’. No tienen razón y empobrecen la figura de Jesús quienes le ven distante, insensible. Al mismo tiempo sobresale su dimensión divina, pues él solo puede exclamar ante un cadáver: ‘‘Lázaro sal fuera’’. Arrojando así un poco de luz sobre la gran interrogante del hombre ¿qué pasa después de la muerte?, si bien sospecho que esta cuestión ha perdido interés para el hombre de la calle. Por otra parte, el ‘‘yo soy la resurrección y la vida’’ compromete a sus seguidores, a los cristianos. El grito de ‘‘Lázaro sal fuera’’ y Lázaro se levantó corresponde sólo a Jesús. Pero sí nos salpica el ‘‘quitad la losa’’, que cerraba la entrada al sepulcro, y el ‘‘desatadle y dejadle andar’’, ya que estaba vendado de pies a cabeza y no podía moverse. Es una metáfora de cómo hay que retirar las losas y las vendas de la angustia, de los miedos, del cansancio, de los fracasos, del desamor, de quienes viven aplastados por necesidades urgentes o se sienten amenazados vayan escoltados o no. Palabras tan elevadas como ‘‘yo soy la resurrección y la vida’’ para que no sean palabras vacías han de estar respaldadas con hechos, con gestos. Serán creíbles dichas afirmaciones, si quienes las pronuncian, luchan contra todo lo que reprime y debilita la vida. Precisamente hoy celebramos el día de nuestras Misiones Diocesanas vascas. Nuestros obispos, en uno de los párrafos de su reciente carta pastoral, escriben que la sociedad descubre en el rostro de la Iglesia algunos rasgos amables, estimulantes: las acciones de Cáritas, el compromiso de religiosos y religiosas a favor de los más débiles: hogares, pisos o residencias para enfermos terminales del sida; el testimonio de misioneros y misioneras. Siendo más concreto diría que, dentro del conjunto de la Iglesia, el pabellón o centro de trabajo ‘‘misiones’’ es el que más vende: goza del respeto y del cariño de la sociedad. Tanto el mensaje que lleva el misionero, como las acciones que protagoniza van orientadas a ‘‘levantar losas’’ que aplastan, a desatar ‘‘vendas’’ que impiden andar. Al misionero, además de su fe, le acompaña (en la mayoría de los casos) un sano espíritu de aventura que le permite actuar por encima de cálculos. Hace un mes, el 12 de febrero pasado, era asesinada en la amazonía brasileña una monja norteamericana. Tenía 73 años, edad en la que muchos gozan de la jubilación. Sin embargo, Doroty, así se llamaba la religiosa, acompañaba a aquellos pequeños campesinos. Se trataba de un apostolado difícil y peligroso. En efecto, dos pistoleros a sueldo contratados por madereros y latifundistas de la región la silenciaron para siempre. Esta Hermana hizo realidad de modo heroico las palabras de Jesús. El lema de la jornada misionera de este año es ‘‘nuestra apuesta es continuar’’-‘‘jarraitzeko prest’’. Nuestras diócesis tienen dificultades para mantener el estilo y el ritmo llevado hasta ahora. Pero tenemos que impedir que afloje nuestra solidaridad, nuestra sensibilidad. Pues estos sentimientos son la ternura de los pueblos, la ternura de la Iglesia y la ternura de nuestras Diócesis. |