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13-03-2005
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Carta al padre Juan Joxe Agirre
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Intencionalidad Nuestro pequeño mundo tiene tinieblas pero Shakespeare pensaba que no hay oscuridad sino ignorancia
Mi querido padre:

En tantos años no he sentido la necesidad de hablar con usted. Sé que estaba en un monasterio y que, de vez en cuando -como me prometió el mensajero-, rezaba por mí. No sé si usted rogó a Dios mucho o poco, lo que puedo decirle es que soy feliz. Lo feliz que puede ser quien está en paz con el mundo y con la vida. Pero hoy, mi serenidad ha sentido unos extraños arañazos en el corazón. Usted, como una niebla de tiempo, ha ocupado toda mi memoria. La nostalgia de los recuerdos se ha hecho presente, y he vuelto a oír la voz del mensajero. Aquel hombre bueno -qué importante es la memoria- que periódicamente llamaba a mi casa para pedirme mi archivo -su archivo, el archivo de mi marido- y yo, reticente, daba largas. «Quizá algún día…»

Y fue, de pronto. En un minuto de lucidez pensé que nadie mejor que usted para guardar lo que durante tantos años había ordenado mi marido con esmero. Era la historia de ETA. La historia de una organización violenta. La historia de ETA desde el día que se fundó hasta el 28 de junio de 1978. Recuerdo con dolor los últimos recortes que incluí sobre la organización: los recortes de prensa de los periódicos de España sobre su propio asesinato. Un asesinato a sangre fría. Después de tomar un café conmigo, con tres tiros en el corazón, murió José María Portell. Algunos de los recortes aún deben conservar la tinta embadurnada por mis lágrimas. Cuando terminé el trabajo, cerré la carpeta de 1978. En su armario de trabajo quedaron dormidos libros, revistas, diarios, periódicos, minuciosos apuntes y hasta el inicio de una novela. Yo sabía -y lo sigo sabiendo- que yo nunca hubiese podido concluir aquel texto. Y, como le decía, en aquella mañana lúcida, decidí que el archivo, y también el manuscrito inédito, era para usted.

Cuando llamó el mensajero -lo hacía de año en año y nunca fue pesado ni molesto- le dije que sí. Ya estaba dispuesta a regalar el archivo de José Mari. El mensajero se emocionó, y me trasmitió también su emoción. Al día siguiente, en el salón de casa, había un buen número de cajas de cartón llenas a rebosar. El mensajero se fue dichoso, con su carga gozosa, al monasterio de Lazkao. Por la noche me trasmitió su agradecimiento, su cariño y sus promesas de oración.

Y ahora quería decirle que soy yo la que rezo por la cordura de los que se han atrevido a detenerlo. Rezo por los que le han interrogado y deseo que el mensajero -si está en algún rincón de Euskadi- le trasmita el mismo cariño y respeto que usted me envió hace muchos años. La historia, como usted decía, se está escribiendo hoy, pero nadie la recordará si usted no la guarda, si usted no la archiva con la minuciosidad de un hombre de Dios dedicado a la ciencia. ¡Qué injusto es este mundo poblado por seres humanos! Dios nos debía de dar en cada década un puñado de ángeles para gobernar la tierra. Unos seres celestiales que con su aleteo de cisnes dejaran rumores de paz en el aire.

Querido padre, no sé qué puedo hacer por usted. Pídame lo que quiera, menos mi archivo. Yo, al contrario de José Mari, no guardo nada -a veces, ni mis propios artículos-, mi archivo es mi cabeza de mujer despistada. Pero, si usted quiere, podemos sacar de ella alguna fecha y unos cuantos sucesos que producen un ligero temblor en el alma.

Yo sé, padre, que en este siglo XXI, los santos y los religiosos ya no pintan miniaturas con pan de oro. Recogen historias de la calle y las guardan en CD y sofisticados ordenadores. Pero los que mandan no saben que usted, con minuciosidad benedictina, transcribe la historia con la misma delicadeza que aquellos artistas sin nombre que escribieron y dibujaron el libro del beato de Liébana.

Nuestro pequeño mundo tiene tinieblas, pero Shakespeare -un escritor que usted conocerá de memoria- pensaba que no hay oscuridad sólo ignorancia. Yo, humildemente pero bien alto, quiero decir, como San Juan de la Cruz, a quien duda sobre su señorío y moralidad interior: ‘‘Buscad leyendo y hallaréis meditando’’.

Pido su bendición.
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