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Elogio al silencio
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Gabriel Mª Otalora
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Para George Steiner, "hablamos más que nunca y, sin embargo, decimos mucho menos". Es el sino de una civilización en situación de enfermedad espiritual cuyos miembros escapan de un lugar a otro, de una cultura a otra, de una desilusión a otra; en definitiva, huyen de sí mismos y del silencio interior.
Gracias a la palabra podemos describir el mundo y crear nuevos escenarios. A través del silencio aprendemos el papel de espectador que nos permite contemplar la realidad en sus distintos niveles y estadios, al tiempo que nos abre las puertas a una experiencia diferente, más allá de la experimentación empírica. El silencio es una parte decisiva del lenguaje si pretendemos una real comunicación en la que la palabra y el gesto no son suficientes para llegar a espacios de la realidad inteligibles solo desde el silencio. Hasta a Dios mismo se le escucha mejor en medio del silencio.
El silencio comunica la realidad de un estado de ánimo (angustia, amor, pasiones) de una forma que la palabra no puede expresar. Son muchas las experiencias humanas arraigadas en el corazón donde la palabra no puede contener la intensidad del silencio. "No tenemos palabras" para expresar lo que sentimos, porque sólo desde el silencio se pueden comunicar determinada vivencias y estados de ánimo; pensemos en el dolor de la muerte, la contemplación estética, la música, la lectura, el desamor…
Estamos ante un lenguaje en sí mismo, más fuerte incluso que la palabra. Piénsese en un clima de gritos, como el silencio es capaz de captar la atención y desconcertar a los acalorados parlantes descolocando su dinámica altisonante.
Sin embargo, prima la palabra sobre el silencio. En nuestra sociedad el silencio suena aburrido cuando no ignorante porque quien calla, parece que no sabe qué decir por falta de recursos. El silencio no es cultural, no tiene sitio en nuestra sociedad del ruido y la superficialidad. Hemos sido educados para interpretar las palabras pero sabemos poco del buen uso de los silencios. No sólo frenamos la reflexión que aflora desde nuestra interioridad y que busca el necesario diálogo a solas. Tampoco sabemos estar en silencio fructífero frente a otras personas, escuchando, ni tenemos bien desarrollada la capacidad de asombro contemplativo ante la naturaleza. Por eso orillamos el silencio, incapaces de sentir una soledad enriquecedora exenta de vacío y angustia.
Lao Tsé escribió que "el sabio no habla, el locuaz no sabe". Unamuno llegó a decir que no sabemos querernos porque no sabemos estar solos. A saber qué dirían ahora con tanta soledad no querida rodeada de tanta palabra hueca. No hemos recibido una pedagogía del silencio, de amor al silencio para aislarnos en la propia singularidad y conectarnos con lo más profundo que toda persona atesora en forma de silencio fecundo y creador, tan necesario para entrar en verdadera comunión con nuestros semejantes.
Escapamos del silencio porque nos asusta y nos pone ante el precipicio de la libertad que no deja de ser un acto de valentía. Estar en silencio y callar (por cobardía, por indiferencia, etc.) son cosas muy diferentes. Por eso da vértigo el silencio sereno de la contemplación y la reflexión interior, reivindicados, desde siempre, por las religiones y por ilustres filósofos en todas las épocas. Tarea queda, pues, para desarmar las palabras y hacernos cuanto antes con un espacio cotidiano de silencio creativo. |
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