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Dos rivales tratan de hacerse con la pelota en Sarriena. José Mari Martínez |
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Cuando el fútbol se pega al imán del oficio
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El Leioa ofreció más y mejores argumentos pero el Sodupe supo paralizarlos y empatar
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César Ortuzar Leioa
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El mal del imán trincó la valentía leioarra y la dejó inerte a los pies de la racanería encartada. Víctor Llopis apostó por el fútbol, algo noticioso, y el perfil del equipo mejoró notablemente. Ganó fundamentalmente en la posesión de la pelota y en defenderse con ella. Evitó excavar un laberinto de trincheras y minar el campo de músculo.
Sus jóvenes muchachos jugaron con atrevimiento, con los cinco sentidos precipitados en las zonas calientes del campo, las áreas. Junto a la pelota transitaron futbolistas livianos y veloces que tejieron todo lo interesante. Sin embargo el imán del oficio del Sodupe arrastró a los locales al lado oscuro. Con el apagón de luces las esperanzas palidecieron. El resultadismo pesó demasiado en unas piernas tan ligeras como intrépidas.
Óscar era puro arrojo zigzagueante por el callejón del once. Sus slaloms convulsionaron el orden de los de Edu Uriarte. En cuanto el filiforme rubio acunaba la pelota, su cintura comenzaba el giro para encarar una aventura. Obró con sensatez en la mayoría de sus acometidas. Sin embargo tras un mal centro a la veintena de minutos entró en estado depresivo. Cargó demasiada responsabilidad sobre aquella acción y se borró. Muchas vueltas a la cabeza.
Las dudas de Óscar revolotearon alrededor de sus compañeros hasta instalarse definitivamente en la capacidad futbolística del colectivo. Respiró por fin el Sodupe, que vivía incómodo en aquel paraje de triangulaciones y balones pegaditos al suelo. El choque se había atorado en las coordenadas que tan bien manejan los visitantes. Tiran el reloj por el desagüe y esperan ordenados a que alguien solvente la papeleta. Y si eso no ocurre, un puntito y a celebrarlo. Lo mismo hacía el Leioa, que afortunadamente ha mutado, y se le supone un futuro mejor. En el presente de unos y en el pasado reciente de los otros se atascó el fútbol. Una sucesión de carreras en espacios cortos, en el tiovivo del círculo central. Una charla sosegada bajo la luz de gas.
En la reanudación dos fogonazos, un tiro de Víctor que sacó la mano de Iván y un cabezazo de Roberto que rechazó el larguero de Areitio, calentaron un choque que descansaba en el frigorífico desde que Óscar reflexionó y el Sodupe dio con la tecla. |
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