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Yanguas consiguió en Fitero su primera victoria. José Mari Martínez |
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Un ciclista entre sirenas
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Armando Yanguas, que venció su primera prueba como aficionado en Fitero hace dos semanas, es campeón de Europa de policías de ciclismo en la modalidad de ruta
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César Ortuzar Bilbao
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«Es más duro el ciclismo que preparar unas oposiciones» Armando Yanguas Corredor del Pagozelay
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Un ciclista dentro de un coche de policía es una mala noticia. No siempre. Armando Yanguas (27-8-80), ciclista del Pagozelay-Palplastic lleva dos años y medio encerrado en uno y no ha cometido ningún delito. Él lo conduce. Armando es policía municipal en una escueta localidad de La Rioja, en el linde con la ribera Navarra. A la comisaría llegó tras bajarse de la bicicleta. «Me cansé de correr sin que nadie confiara en mí plenamente. Tenía buenos resultados en juveniles pero ningún equipo potente se fijaba». En el año 2000, el navarro Patxi Ugarte se hacia con la Bira, sin embargo Patxi no logró colgarse un dorsal en profesionales. Aquel episodio convenció definitivamente a Armando. «Si Patxi que ganó la Bira y andaba tanto no pudo dar el salto, yo tampoco lo iba a conseguir. Soy consciente de que no seré profesional pero puedo ser un buen amateur».
Armando creció con unos pedales como sonajero. «Me pusieron la bici en la cuna», comenta. Su padre, Ángel, obtuvo el título de entrenador nacional junto a José Miguel Echavarri y Eusebio Unzue. Así que antes de colocar los pies en suelo firme Armando los suspendió sobre los rastrales de una Colnago. «Empecé en alevines en el C.C Cirbonero», recuerda. En juveniles su padre dirigía el equipo y su tío lo patrocinaba. Eran los tiempos del Transportes Yanguas. «No gané ninguna carrera pero estaba ahí delante, tenía ilusión de fichar por algún equipo bueno de aficionados». No hubo manera. Armando se cansó de llamar a las puertas lustrosas y encontrarse con las plantillas cerradas. «Había corredores que objetivamente eran peores que yo pero me decían que no tenían sitio». Le rescató Luis Vicente Otín, su actual director. Al año siguiente dirigió su manillar al Telco’m. Sin embargo a la conclusión de la temporada, Armando mandó la bicicleta a las alturas, la colgó. Seguidamente colocó los codos sobre la mesa y preparó las oposiciones. Acostumbrado a sufrir, al ácido láctico, los libros no le asustaron «es más duro el ciclismo», dice sin dudar.
Armando empezó a patear las calles, ajeno al coche patrulla, «porque aquí las distancias no son grandes, es un pueblo pequeño y tranquilo», confiesa. Los paseos no satisfacían a sus piernas así que continuó pedaleando en sus ratos libres. En la comisaría descubrió los campeonatos para policías y bomberos. Vio la oportunidad y se agarró a ella. «Tenía ganas de competir pero estaba quemado con el ciclismo». Con el entrenamiento recuperó el golpe de pedal, la afirmación que necesitaba. En 2003 en Barcelona se celebraron otros Juegos Olímpicos, ajeno a los fastos y al boato de los de 1992, los de Policías y Bomberos. Y allí se fue Armando con su bicicleta. Hizo un buen puesto, como en juveniles. «Conseguí la medalla de bronce en ruta. Me hizo muchísima ilusión». Un año después se acercó a Iruñea, donde se celebraban los europeos de Policías , y se proclamó campeón en la prueba de ruta. «Hay mucho nivel y salvo en las subidas que no se va tan fuerte se va muy rápido». Fitero le proclamó deportista del año. Aquel día lo embargó una sonrisa. «Fue una pasada, fue un día feliz». Animado por Pascual Llorente con el que salía «para matar el gusanillo», Armando se metió en la piel que siempre tuvo, la de ciclista. Regresó sobre sus pasos, volvió a ser amateur. «Luis Vicente Otín me dio la oportunidad y eso es de agradecer, siempre tiene sitio para la gente que quiere intentarlo», afirma. El pasado año compaginó su aventura en aficionados con su trabajo.
Una simbiosis que le obliga a cambiar los turnos con los compañeros para estar en las carreras «trabajo en el turno de noche para llegar a la línea de salida. Es sufrido pero me gusta», sentencia. Hace un par de semanas dejaba la comisaría a las 6.00 horas de la mañana para poder correr en Fitero, su pueblo. En el sprint donde se arremolinaron las mandíbulas más poderosas Armando venció. No ondeaba los brazos desde cadetes. Era su primera victoria en aficionados. Aquel día Fitero construyó un ídolo, el ciclista entre sirenas.
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| Yanguas en Fitero. J. M. Martínez |
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