Tras la toma ayer de la administración de Osh, segunda ciudad de Kirguizistán, la envergadura de las protestas populares las eleva a toda una revolución en esta república ex soviética de Asia Central, en crisis postelectoral.
La "revolución de terciopelo" que pretendía la oposición, unida por denuncias de fraude en los recomicios parlamentarios y las demandas de dimisión al presidente, Askar Akayev, se vio empañada por duros choques entre policía y manifestantes.
En Jalal-Abad, la multitud enfurecida retomó la sede del ejecutivo local, de la que había sido desalojada, y asaltó e incendió la comisaría urbana para liberar a sus compañeros detenidos, y la policía empleó las armas.
Según fuentes policiales, en esos choques hubo por ambos bandos entre cuatro y diez muertos y decenas de heridos, y por la noche los manifestantes sembraron de piedras las pistas del aeropuerto para impedir llegadas de tropas.
El presidente Akayev, en el poder desde 1990, cedió ayer ante las protestas y ordenó revisar los resultados electorales, pero sólo en los distritos más conflictivos. «Donde haya duda o conflicto, es necesario aclarar todo hasta el final e imponer justicia, y esto es sólo prerrogativa de la Comisión Electoral Central y de los órganos judiciales», subrayó. |