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Me alegra que la ciudadanía francesa haya hecho un gran ejercicio de insurgencia. Si la Revolución de 1789 marcó al mundo con el invento de la moderna democracia, correspondía a Francia levantar el telón para el segundo acto de la libertad pública, menos aparatoso desde luego, pero muy consecuente con el primero. En una palabra: los franceses han dicho "no" en la calle a la pretensión neoliberal, amparada en la Constitución europea, de importar trabajadores baratos de otros lugares de la Unión para debilitar el nivel de vida francés y así incrementar el diferencial de beneficios por parte de las grandes empresas. Chirac se ha rendido antes de que tomen su Bastilla reaccionaria y ha dicho a Bruselas que no aceptará la liberalización de servicios que se cita como modelo de desarrollo por parte de los grandes intereses. La calle francesa ha dado ya su primer "no" a la Constitución que aquí han apoyado con fervor unos socialistas empeñados en construir el gran edificio que habita la derecha radical. Ya sé que el Gobierno francés ha aprovechado la profunda crisis del Sistema -diga lo que diga la Bolsa- para invalidar la victoria de las treinta y cinco horas semanales con el antisocial argumento de que "quien más trabaje más ganará". No es ninguna sorpresa que el Estado liberal -ya no hablo de otras tentativas- ha sido destruido en su hábil dimensión humanizadora, que le hacía medianamente asumible como Estado del bienestar, pero las liberalizaciones que ampara la Constitución a la que el Sr. Zapatero ha dado el primer "sí" de Europa han de ser enfrentadas por la calle. El proceso ciudadano hacia una nueva democracia empezará como siempre: enfrentándose a poderes que han desatado su ferocidad antropofágica. La calle necesita recuperar su protagonismo de gran ley de leyes, que no son las Constituciones. La democracia no puede ser una conspiración de ricos amparados por tribunales a medida. |