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Cuando las ruedas se vuelven cuadradas
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Seguimos a un grupo de discapacitados en su día a día y comprobamos las dificultades que encuentran para moverse y contar con ciertos servicios La mala suerte o una enfermedad les han anclado de por vida a una silla de ruedas. A los impedimentos que ello les supone se le unen los que les crea la ciudad y la falta de solidaridad. Vivir rodando a un metro y medio del suelo es duro y solo en centros especializados los discapacitados se pueden sentir a gusto. Acompañar a un grupo de estas personas por Bilbao en su día a día así lo demuestra.
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Rosa Martín Bilbao
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Coordinadora de Discapacitados 1. El único Centro de Día Es el lugar donde mejor se encuentran ya que todo está adaptado a sus circunstancias
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CUanDO laspiernas ya no son el punto de apoyo, la vida se ve siempre a metro y medio del suelo. Las personas discapacitadas observan el mundo de forma diferente y seguirlos en su día a día implica una extraña sensación que cala para siempre.
A media mañana cruzan la puerta de la Coordinadora de Personas con Discapacidad sita en Deusto, el único centro de día de Bizkaia y que aglutina a 16 asociaciones. El objetivo es poner a prueba las calles de Bilbao en lo que refiere a movilidad. Los protagonistas son un grupo de voluntarios del centro y el técnico de normalización, Javier Cueva.
Dos metros más allá de la salida a la calle nos topamos con el primer obstáculo que supone atravesar la calzada. Necesitan ayuda para usar sus sillas y es que el rebaje de la acera no está al mismo nivel que la carretera, como dice la Ley de Accesibilidad. Al llegar a la otra acera nos encontramos con 15 centímetros de altura y sobre ella una farola, una señal de tráfico, un árbol y una papelera que hay que esquivar. Solución: rodear el bordillo por la carretera esperando que los coches no les arrolle. «Cada vez que salgo a la calle tengo que echarme a la carretera, te juegas el pellejo», exclama Iñaki Men-txaka, uno de los integrantes del grupo. Sufrió un accidente de coche hace cinco años y «me partí el cuello». Desde entonces una silla eléctrica es su mejor aliada. «Me meto en un laberinto y tengo que buscar el camino para volver a casa», protesta.
Algo imperceptible cuando se camina como una baldosas mal colocadas o rotas, se convierte en una silla en algo más que incómodo, «incluso peligroso en ocasiones», comenta Mentxaka. Con el objetivo de llegar a la parada del autobús, llegamos a una plaza a dos alturas y unas escaleras conocidas en el grupo como "las de la muerte". Se entiende la broma al ver la rampa para discapacitados: su inclinación supera todos los límites marcados por la ley. «Están pensadas para el carro de la compra», dicen.
Una vez en la parada hay suerte y el segundo en llegar es un vehículo de suelo bajo. Suben por la rampa y llegamos a nuestro destino. El primero en bajar es Iñaki, pero no puede subir a la acera: se lo impide la ausencia de rebaje y los coches aparcados. «Es una encerrona», dicen los demás. Vista la situación no queda más remedio que volver al autobús y esperar a probar suerte en la parada siguiente. El conductor, pensando en mejorar la maniobra, estaciona el autobús cerca de la acera, y hace que la rampa mecánica salga sobre ella. Pero no hay suficiente inclinación y, de forma automática, vuelve a su sitio. Tras varios intentos, opta por bajar la rampa sobre el asfalto. Finalmente, bajan todas las sillas pero no hay rebaje en la acera, así que se ven, otra vez, obligados a ir por la carretera hasta alcanzar un paso de peatones por el que subir a ella.
Una parada de autobús supone para una persona de movilidad reducida una gran distancia, así que desandan el camino. Se enfrentan ahora a otro medio de transporte, el metro, esta vez sin problemas. «La dificultad está en las estaciones de superficie», aclara Pedro, «y la distancia que encuentras entre el tren y el andén».
Tras sortear varios obstáculos, regresamos al centro de la Coordinadora. «Es un oasis donde todo lo necesario está adaptado para ellos» asegura Javier Cueva. Incluso la cocina en la que pueden cocinar y fregar sin ayuda. Tras las viandas un poco de ejercicio en la piscina de San Inazio. Estas instalaciones y las del Polideportivo del Fango son las únicas de Bilbao habilitadas para que puedan entrar en el agua con la ayuda de una asiento elevador especial. Un minibús acondicionado para el transporte lleva al grupo. Guiados por monitores, el agua es un medio donde disfrutar y divertirse. Pero se quejan del suelo resbaladizo de las duchas una vez mojado y la posibilidad de compartirlas con otras personas con la consiguiente pérdida de intimidad «cuando tienen otras muchas para ellos», comenta Pedro.
De vuelta al centro la experiencia deja claro que su mayor reivindicación es muy real, «la falta de accesibilidad». En los último años se ha avanzado bastante, ya no por la ley, si no porque hemos estado dando la lata a las instituciones», aclara Iñaki. |
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