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La Virgen se despide angustiada de su hijo, Jesús, antes de llegar al monte de Los Olivos. Ángel Ruiz de Azua |
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Una pasión perfecta
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Da igual que llueva o que luzca el sol en la Pasión de Balmaseda. El año pasado diluvió; éste no. Y la asistencia fue igual de alta, aunque no logró superar las expectativas de la organización.
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Gessamí Forner Balmaseda
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Balmaseda celebró el pasado Viernes Santo su pasión viviente en la que participaron más de 500 vecinos y fue vista por cerca de 30.000 personas, según informó el responsable de Protección Civil, Enrique Pastor. Fue un Vía Crucis perfecto: no hizo sol ni frío, ni tampoco llovió. La temperatura era la ideal para llevar en las espaldas una cruz de más de 70 kilos.
La representación comenzó a las 9.40 horas con diez minutos de retraso. Judas se suicidó en la iglesia de Santa Clara, donde las gradas habilitadas estaban abarrotadas. Tras el ahorcamiento, llegaron los soldados romanos y empezó el juicio ante Pilatos. Jesucristo, ante el estupor de Pilatos, fue el elegido por el pueblo para ser crucificado. Y empezó el camino de dolor para Jesús.
Fue una procesión ligera, rápida, pero no por ello menos emotiva. El séquito mantuvo la compostura con la sabiduría de un pueblo ya cultivado en estos menesteres. Tres caídas de Jesús y llegaron a las doce del mediodía al Campo del frontón, lugar de la crucifixión.
Había incluso gente con prismáticos para otear desde lo lejos la muerte del Mesías y asegurarse de que el viaje merecía la pena. Mari Tere Olazabal, de Bermeo, convencida ya del esfuerzo, alabó la representación. No fue la única.
El sentimiento de una madre
Numerosas voces mencionaban la calidad de la interpretación de Alfonso Berge, Jesucristo. Su madre también, pero necesitó de ciertas coacciones. Pasada la media mañana, unas manos amigas fueron a sacarla de casa para que viera a su hijo.
Fue entonces cuando se produjo uno de esos momentos mágicos que sólo la intuición o el amor de una madre puede hacer realidad. Cuando bajaron a Jesús de la cruz para llevarlo al sepulcro, lo primero que vio Alfonso al abrir los ojos fue a Cristina Murga, su madre.
A la una de la tarde, veinte minutos después de acabar la representación, todavía llevaba las gafas de sol para ocultar unos ojos rojos e hinchados de tanto llorar, de la emoción. «Me siento muy orgullosa de mi hijo, pero cuando te toca tan de cerca, se pasa fatal. La gente piensa que esto es una obra de teatro. No es así, en Balmaseda la pasión se vive como algo muy profundo», explicó sin desprenderse de las gafas.
«No hay palabras. Es que somos muy de Balmaseda», describía una joven, Isabel Gil, la forma de entender una representación que lleva realizándose desde el año 1770. Es la más antigua del herrialde.
El director de la puesta en escena, José Ángel Zarra, lleva treinta años bregando con los personajes, sus amigos y vecinos. A pesar de que dijo, después de la representación de "Las Ferrerías" en el último Mercado Medieval, que tenía ganas de abandonar el puesto, el viernes se retrajo. O mejor dicho, apostilló: «No me dejan irme».
No se cumplieron las expectativas más ambiciosas de la organización en cuanto a asistencia. Pero es que esperaban a 50.000 personas y eso es mucho para una Semana Santa de buen tiempo.
Pero lograron con creces el buen hacer. Incluso el lehendakari, Juan José Ibarretxe, con actitud cariñosa y cercana, abrazó y besó a los personajes. ¿Cómo se consigue el reconocimiento de miles de personas? «Con mucha dignidad», aseguró Ibarretxe. «La Pasión de Balmaseda me parece algo impagable. Forma parte de las cosas del corazón: es capaz de desencadenar una emoción colectiva en el sentimiento cristiano de Euskadi. Como persona, agradezco el esfuerzo de todo un pueblo». Sus palabras destilaban sinceridad.
El tiempo y la emoción acompañaron al Vía Crucis de Balmaseda, visto por 30.000 personas
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