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"Portrait imaginaire de Philip II nº 3" (1967) Óleo sobre tela del pintor oscense Antonio Saura, de los fondos de Artium |
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Mensajes cruzados
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Durante un año, el museo Artium crea parejas entre obras clásicas y arte contemporáneo
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David Mangana Gasteiz
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NO SE trata de encontrar la media naranja, ni de establecer un dogma sobre el arte gemelo. Más que nunca, Artium invita a la observación, al juego de miradas, en una muestra que pone a dialogar obras a través de los siglos. "Mensajes cruzados. Parlamentar con lo real en el tiempo" es el título de una exposición diferente, de una experiencia que entronca piezas de la colección contemporánea del centro con obras de arte clásico de otros museos. En parejas. El resultado, como mínimo, propone un laberinto icónico, un malabarismo de significados, que no deja indiferente al visitante, siempre ávido de observar el siguiente cruce, la siguiente sugerencia. Pasado y presente se dan la mano en una inusual experiencia que hace convivir estilos y épocas dispares donde, inesperadamente, los mensajes se cruzan. Lejos de ejemplificar un movimiento artístico, de firmar una completa retrospectiva, de mostrar la última reflexión, Artium apuesta esta vez por hablar de arte en estado puro, por descubrir que hay aspectos universales que acompañarán siempre a la expresión. Y a la mirada.
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TODA VISITA exige del anfitrión una especial atención, un redoble de esfuerzos, incluso un inevitable proceso de adaptación a las maneras del huésped. En Artium, este ejercicio mimético comienza por el termostato. En unos días, el control de los grados en la Sala Sur ha variado desde los doce hasta los diecinueve grados, y es que el físico de los nuevos habitantes de este espacio es sumamente delicado.
Algunas de las obras que visitan el museo en la muestra "Mensajes cruzados" cuentan un milenio de edad en su carnet de identidad. Llegan desde el Museo Diocesano de Arte Sacro de Gasteiz, desde los Museos de Bellas Artes de Bilbao, Zaragoza, Sevilla y Gasteiz, y deben solicitar paciencia para su peculiar proceso de aclimatación, motivado por las características de sus materiales.
«Ha sido una especie de cuarentena», explica Daniel Castillejo, encargado de comisariar la muestra junto a Javier González de Durana, director del museo. Una especial ilusión se apodera de ellos en esta experiencia de mezclar arte clásico -en gran parte de motivo religioso- con piezas contemporáneas del museo. «Las posibilidades que nos podían surgir eran impresionantes», añade Castillejo, antes de reconocer el sueño del especialista: «Encontrar los puntos de conexión del arte a lo largo de los tiempos».
Artium fleta esta muestra en busca de tamaña empresa. Los lienzos y esculturas de corte clásico penetran en los dominios de la más reciente vanguardia, y sus marcos y colores parecen gemir ante el diáfano recinto, acostumbrados quizás a espacios más relacionados con la penumbra. Como en un baile, cada pieza encuentra su pareja, pero se trata casi de una cita a ciegas, y el vertiginoso salto generacional parece poder echar todo al traste. Quizás no puedan conectar épocas tan distantes.
Pero los compartimentos estancos, las coincidencias, afloran ante la sorpresa del conjunto. Un retrato de Vicente López se hermana en un vistazo con un óleo de Antonio Saura, borrando de un trazo los trescientos años que separan su ejecución. Una pintura mural de Goya habla de composición con una escultura mixta -algodón, fieltro, aluminio, contrachapado- de Ramón Guillén-Balmes, y una crucifixión de José de Ribera se convierte en un fotograma que continúa, al siguiente paso de celuloide, en una obra de Tàpies.
Tras cotejar una pareja, el espectador se descubre buscando la siguiente con avidez. Se establece una suerte de juego, un recorrido en el que lo interesante es pensar, imaginar, relacionar, extraer interpretaciones que hermanen cada vez más a los gemelos, a pesar de que uno de ellos proceda de la adopción. El arte sacro, acostumbrado a las restauraciones, no parece tan alejado aquí de una propuesta germinada el año pasado. El contacto hace revivir a ambos, y evapora todos los estereotipos que han podido separarlos. «Deberíamos empezar a difuminar esas fronteras», reflexiona Castillejo, «porque al final todos hablamos de lo mismo, se habla siempre de las mismas cosas».
La anónima Virgen Dolorosa de la parroquia alavesa de Agostina está de acuerdo. Por eso se entiende a las mil maravillas con "Besarkada I", de Chillida. Retratos de los Talleres de Zurbarán se revelan tras cuatro siglos en los negativos del fotógrafo bonaerense Humberto Rivas, y los del bilbaino Manuel Losada tienen reflejo en los enanos toreros del malagueño Carlos Aires. Por no faltar, no faltan ni las parejas que darán que hablar, como San Sebastián y Ecce Homo unidos a impactantes instantáneas de Pierre Gonnord y Erwin Olaf. La apuesta está sobre la mesa. Más allá de herramientas y pigmentos, de perspectivas y escuelas, las intenciones se imponen en el tiempo, y muestran que el hombre siempre se acompaña de las mismas obsesiones, de los mismo sueños.
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"Creu negra i diagonal" (1973) Pieza mixta en madera del barcelonés Antoni Tàpies
"Cristo Crucificado" (1643) Óleo sobre lienzo del valenciano José de Ribera
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"Sin título" (1988) Óleo sobre tela del bilbaino Alfonso Gortázar
"Nacimiento de Tortura" (finales del siglo XV) Tabla anónima
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Rage (Príncipe ensangrentado) (1997) Fotografía de Erwin Olaf
"Ecce Homo" (XVI) Óleo sobre lienzo de Luis Moales "El Divino"
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"Lucy" (1994) Pieza de poliester de la vallisoletana Dora García
"Inmaculada Concepción" (1655) Talla de Pedro de Mena
La figura, referente
BIEN SEA a a la hora de representar figuras religiosas o cuerpos, la figura persiste en el imaginario artístico. El hombre no es el centro de todo, pero su imagen persigue al arte y acompaña cada una de sus épocas desde diferentes prismas.
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"¿Cómo puedes arreglar un corazón destrozado?" (1991) Fotografías de Manuel Rulfo
"Tríptico de la pasión" (último cuarto del siglo XV) Óleo sobre tabla atribuido al Maestro de la leyenda de Santa Godevila
Narrar a través de las imágenes
LOS SISTEMAS de narración sobreviven al paso del tiempo. Lo demuestra esta revisitación del tríptico del sevillano Manuel Rulfo, que charla en la exposición con su antepasado, medio milenio mayor. Lenguaje visual y escenográfico comparten intenciones.
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