Dos niños patinaban sobre un estanque helado. De pronto la placa se quebró y uno de los niños se hundió en las frías aguas. El otro, al ver que su amigo se ahogaba, cogió una piedra y golpeó nerviosamente sobre el hielo hasta romperlo y, después, sacó vivo al compañero. Más tarde llegaron los bomberos, los cuales no daban crédito a la versión, al relato del muchacho. Les parecía imposible que un niño realizara tal acción. Sucedió que entre los curiosos, que se arremolinaban en torno a los protagonistas, se encontraba un anciano, que había presenciado, observado todo lo ocurrido, y comentó: "Yo ya sé cómo lo hizo. Sencillamente, no había nadie a su alrededor que le dijera que no se podía hacer". Hoy, Jesús, a través del misterio de la resurrección, nos sugiere que nosotros podemos hacer muchas cosas: un canto a la utopía.
La resurrección se define como la total transformación de toda la persona, su plena realización: como el paso de la muerte a la vida. Pero, dicho así, nos deja indiferentes, no nos facilita su comprensión. A la pascua de resurrección nos acercamos a través de las sensaciones que despierta en nosotros la brillantez del Aleluya de Haendel. Nos aproxima el símbolo de la luz y el del agua, utilizados en la ceremonia de la vigilia pascual de anoche. Nos acerca a la comprensión de la resurrección el momento del "amanecer".
Por ello, los evangelios, al presentar este acontecimiento de la vida de Cristo, empiezan así: "al amanecer de aquel día …". Con el amanecer se desvanecen las sombras y triunfa la luz. Claro que quienes mejor comprenden la resurrección son aquellos o aquellas que han pasado por la pasión, por la prueba de la injusticia y del sufrimiento. Quienes han vivido situaciones de muerte lo entienden mejor. Seguro que la mujer nigeriana, Safiya, que hace tres años fue condenada a ser lapidada y, debido a la presión que se ejerció a través de mensajes enviados desde todo el mundo, fue absuelta, puede entender mejor que otros eso del paso de la muerte a la vida. Vivimos el misterio de la resurrección cuando nos levantamos de nuestras postraciones, de nuestros hundimientos y cuando damos la mano a otros para que se levanten. Nosotros creemos en la resurrección cuando ante el "aquí yace" de las tumbas, reaccionamos con el "no busquéis entre los muertos al que vive. No está aquí. Ha resucitado". Nosotros participamos de la resurrección cuando salimos del agujero, del "sepulcro" del desánimo, del pesimismo, del escepticismo y volvemos a creer en la esperanza, en la justicia, en la verdad, en la alegría. Con razón el escritor, G. Bernanos, manifestaba su enfado:"¿En dónde, diablos, escondéis vuestra alegría?". San Pablo nos recuerda: ya que "habéis resucitado con Cristo, buscad los bienes de allá arriba, no los de la tierra". Aunque también haya que atender las cosas de abajo. La primavera, al hacer tan visible el salto de un paisaje austero, desnudo, a un panorama multicolor, rebosante de vida nos trae una imagen de la resurrección. Pero no nos perdamos en teorías.
El escritor Eduardo Galeano narra que el director del hospital de Managua estuvo trabajando hasta muy tarde en la noche de Navidad. Le esperaban en su casa para la cena. Al salir del hospital, sintió que alguien le seguía. Se volvió y descubrió que era uno de los enfermitos: un niño que estaba solo. El director se detuvo y el niño lo rozó con la mano y le susurró al oído: "Decidle a alguien que yo estoy aquí". ¡Qué difícil le resultaría a ese niño sentir la resurrección si nadie se preocupó ni ocupó de él en aquella noche!. Por eso Jesús dijo, tras al resurrección, a las piadosas mujeres, que desempeñaron un papel muy especial en los sucesos de estos días:" comunicad a mis hermanos -los apóstoles- que vayan a Galilea. Allí me verán". Fue en Galilea donde Jesús inició su misión, su trabajo, donde predicó, donde hizo los milagros, donde habló con la gente y compartió su vida. En Galilea descubrirían los apóstoles al resucitado, y no precisamente en el desierto, ni en el Tabor. Posiblemente nosotros nos encontremos con el resucitado en el día a día vivido con generosidad. He oído en estas jornadas que la semana santa "es para disfrutar y para pasarlo bien". No lo discuto. Pero estoy convencido de que puede ser para algo más. Entre otras cosas para conectar con los momentos más intensos del personaje más noble de la historia. |