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27-03-2005
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Salvar a la ciudadana Schiavo
José Ramón Blázquez
"El caso Schiavo"

1. Dilema ético

El caso apela a nuestros valores éticos, aunque el primer resorte que se dispara en nosotros es la respuesta emocional

2. Derechos humanos contra civiles

Éste es el contradictorio debate que conmociona a EE.UU. y a la opinión pública mundial. Lo legal frente a lo moral

En general la gente tiene buen corazón, no hay la menor duda. Y sus sublimes sentimientos se traducen en piedad hacia los seres que sufren y en solidaria compasión, que es la más elevada de las virtudes humanas. Pero, ¿los buenos sentimientos definen una ética? ¿Mostrar conmiseración ante el dolor ajeno es un criterio moral suficiente como guía de conducta personal? Entiendo que los sentimientos no son criterios morales, sino proyecciones emocionales que relacionan nuestro carácter con el cumplimiento o frustración de deseos e ilusiones previas. La ética es una elaboración intelectual a partir de la asunción de unos valores y creencias que consideramos estables e inviolables que implican unos derechos y obligaciones sobre la base de la responsabilidad. La ética es una conquista de la razón humana, no una cuestión sentimental, por mucho que la frontera entre razón y corazón sea a veces confusa. Esto significa que valorar éticamente un asunto no puede dejarse al arbitrio emocional, sino que debe evaluarse según los criterios racionales que inspiran nuestros actos y marcan la diferencia entre el bien y el mal y dan sentido a la existencia. Por eso vivir éticamente no es tan sencillo, porque no responde a la simplicidad de los automatismos biológicos.

El caso de la ciudadana norteamericana Terri Schiavo apela a nuestros valores éticos, aunque el primer resorte que se dispara en cada uno de nosotros es la respuesta emocional. De acuerdo con esto último podemos tender a compadecernos de una mujer que lleva quince años en coma vegetativo, después de que sufriera un fallo cardiaco a consecuencia de una dieta severa e incontrolada y tras una serie de negligencias médicas. Su inviabilidad vital nos puede condicionar sentimentalmente a aceptar sin razón moral la decisión del marido de Terri de solicitar la desconexión de las sondas que la alimentan y mantienen con vida, de modo que la señora Schiavo tenga una muerte no demasiado digna, incluso cruel, puesto que de hecho moriría de hambre y sed en pocos días. No dudo que esta opción tiene la mejor y más humana de las intenciones; pero entiendo que lo que se pretende quebranta de raíz el principio humano del derecho a la vida al poner en manos de terceras personas la vida o la muerte de un ser humano, lo que no les pertenece. Un derecho humano -y la vida es el primero- no admite excepciones. ¿Puede depender la vida de una persona de la decisión de un juez? Tal vez esto sea corriente en Estados Unidos, donde la persistencia de la pena de muerte deja en las manos de las autoridades la suerte vital de miles de condenados. Los americanos son los artistas del relativismo moral o la moral de conveniencia pública, nada que pueda constituirse en referente para sociedades como la nuestra que rechaza la hipocresía y la conducta aparente.

El espectáculo judicial de las sucesivas órdenes de conexión y reconexión de los tubos de alimentación añade un factor esperpéntico, típicamente americano, a un caso que enfrenta a dos opciones legítimas que no necesitan desafiarse en una guerra de mutuas descalificaciones y que están llamadas a dialogar sobre el fondo ético del asunto, y a convencer y, si es preciso, dejarse convencer. Cuando ocurren estas cosas, en medio de su dramatismo, todo el mundo se pone histérico, se radicaliza, exagera sus opiniones y en la medida que actúa emocionalmente deja de ser racional e inteligente. En la refriega unos llaman asesinos a sus oponentes y éstos responden con insultos de ultraconservadores o meapilas. Es un debate infantil y carente de madurez y respeto, el peor ambiente para el entendimiento y la comprensión de las diferentes corrientes éticas. Si a este clima de crispación le añadimos la irrupción como un elefante en una cacharrería del presidente Bush, tenemos una controversia sociomediática que favorece la simplificación de la compleja realidad humana y reduce a la anécdota los argumentos éticos que anteponen la vida a otras consideraciones pragmáticas. ¿Cómo es posible que pueda hablar en nombre del derecho a la vida un dirigente que ha declarado dos guerras, en Afganistán e Irak, cuyas consecuencias han sido, además de la destrucción de ambos países, la muerte de cientos de miles de personas? Con valedores de los derechos humanos como Bush ya me dirán ustedes para qué necesitan aliados los que preconizan la muerte por inanición de la señora Schiavo. ¿Cabe mayor desatino que el actual presidente norteamericano se erija ahora en defensor de la vida, cuando en su etapa de gobernador de Texas no tuvo piedad ni compasión de los numerosos inquilinos del corredor de la muerte -no menos de 150- a los que pudo salvar si hubiera querido? Obviamente, Bush actúa por interés político y cálculo electoral, no por principios éticos de los que carece a juzgar por su cínica conducta.

Derechos humanos contra derechos civiles, éste es el contradictorio debate que conmociona a la sociedad norteamericana y la opinión pública mundial. Lo legal frente a lo moral. Y como casi el 70% de la sociedad norteamericana está a favor de que la ciudadana Schiavo sea desconectada de los tubos que la alimentan éste será el criterio que prevalecerá. Porque hoy, tristemente, la ética es una cuestión de mayorías, no de principios, de manera que si la mayor parte de la sociedad pensara que el suicidio es un derecho individual éste finalmente terminaría por decantarse como un derecho legalmente reconocido, aunque atente contra la naturaleza humana. Una tolerancia mal entendida, la equivocada idea de la moral como corsé vital, un concepto hedonista de la vida y una valoración acomplejada de la religiosidad determinan la tendencia social hacia el relativismo moral por el que un principio básico -la vida, la libertad, la dignidad, la intimidad, la familia- puede ser cuestionado en determinadas circunstancias a juicio de la mayoría. Sobre este calamitoso relativismo cimienta sus posiciones favorables a la guerra y la violencia la buena gente que se tiene por honrada y cabal. Vean este ejemplo. En un periódico vizcaino leo las declaraciones de un especialista en medicina interna, al que además se le otorga el honorable título de humanista, quien define así la vida: "Vida es tener las funciones cognitivas indemnes y una capacidad de autodespliegue personal que te permita autonomía y la toma de decisiones". Según esta definición los subnormales, los dementes, los parapléjicos, los ancianos inválidos y los millones de personas que tienen mermadas sus facultades físicas y psíquicas, incluso los reclusos, no estarían gozando de vida, lo que podría determinar por consenso su dulce y sigilosa exterminación. Éste es el terror que se adivina detrás del caso de la ciudadana Schiavo: la vida sólo tiene sentido si es operativa y útil, no tiene valor en sí misma.

La piedad y la compasión son imprescindibles; pero más aún una cultura ética sólida y estable para saber qué hacer y por qué ante casos con el de Terri Schiavo. Pero si no sabe qué es lo mejor, opte por la prudencia: ante la duda, la vida.
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