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El Papa Juan Pablo II en Foronda, en el avión que le trasladó a los distintos puntos de su visita a Euskadi. |
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Su visita a Euskadi en 1982
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El Papa se mostró pacificador en Loiola y misionero en Javier. Los encuentros fueron multitudinarios y de hondo sentido social y religioso, con atención especial a los jóvenes
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Aitziber Atxutegi Bilbao
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Juan Pablo II visitó Euskadi el 6 de noviembre de 1982, dentro de una gira por el Estado que le llevó también a Zaragoza, Barcelona, Sevilla y Madrid. Estuvo en el Santuario de Loiola y en el castillo de Javier, en Nafarroa, donde miles de personas esperaron pacientemente la llegada de Su Santidad.
Muchas personas pasaron la noche a la intemperie en las campas de Loiola, incluso desde primeras horas de la tarde del viernes. Otros llegaron justo para la ceremonia. Pero la gran avalancha se produjo a las tres de la mañana, hora a la que empezaron a llegar docenas de autobuses. Casi cien mil personas se congregaron en los alrededores del Santuario.
La llegada de Juan Pablo II a Loiola, la mañana del sábado 6 de noviembre de 1982, se demoró casi una hora ‘‘por motivos de seguridad’’. Por esas mismas razones se modificó el lugar de aterrizaje del helicóptero que le trasladaba. Allí, entre una nube de polvo, apareció la figura sonriente del Papa polaco, que al pisar tierra vasca recibió el bastón de mando del lehendakari Garaikoetxea.
Juan Pablo II visitó la capilla de la conversión, donde Iñigo López de Loiola, el mayor de 13 hermanos, giró el sentido de su vida. Y apareció en la gran explanada superior, entre el delirio del público congregado, para acceder al gran estrado tras recorrer en coche el pasillo humano de fieles de todas las edades y procedencias.
Palabras en euskera
La homilía que Juan Pablo II pronunció en Loiola comenzó con unas palabras en euskera: «Euskal Herriko Kristau maiteok. Bakea zuei eta zorionak». Los primeros aplausos brotaron de la concurrencia, que acabaría interrumpiendo hasta 22 veces a Su Santidad a lo largo de los veintiocho minutos de homilía.
Especialmente emotivo resultó el acto de ofrendas de productos de Euskal Herria. El Papa recibió la ofrenda de los arrantzales, el remo y el barco en miniatura que le entregaron dos jóvenes, a los que Juan Pablo II recibió con cariño. Además, manzanas y productos del campo, un engranaje, cerámica y damasquinado, como oferta del mundo de la industria y artesanía. El Papa también tuvo la oportunidad de escuchar el txistu y algunos bertsos.
Desde el Santuario de Loiola, el helicóptero de Juan Pablo II se dirigió al castillo de Javier, donde aterrizó pasada la una y media de la tarde. Miles de ‘‘pañuelicos’’ rojos flamearon al viento agitados por las cerca de cien mil personas que allí se encontraban, sentadas en sillas o encaramadas a los cerros que rodean la fortaleza.
Javier, Nafarroa entera, tributó al Papa un caluroso recibimiento, lleno de color y vistosidad, en un día en el que el viento obligó en algunos momentos al pontífice a quitarse el solideo. La gente incluso cantó una canción con el ritmo del ‘‘1 de enero’’ y el siguiente texto: ‘‘Por las llanuras y las montañas/ los peregrinos van a Javier/ El peregrino/ de todo el mundo/ el Santo Padre/ viene también’’.
En el acto navarro habló el arzobispo monseñor José María Cirarda y posteriormente el Papa, que recibió la medalla de Oro de Navarra.El pontífice, por primera vez en este viaje, leyó su alocución sentado, bajo un baldaquino que amenazó con desplomarse por el viento. La vista del Papa a la casa natal de Francisco Javier se convirtió en una repetición de la tradicional Javierada, y el pontífice tuvo una especial dedicación a los misioneros en este enclave de Javier, «cuna y santuario del apóstol de las nuevas gentes». Finalizada su visita a Nafarroa, el Papa se trasladó a Zaragoza. |
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