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03-04-2005
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Josetxu Canibe
Con un título llamativo ‘‘católicos sin vergüenza’’ aparecía el domingo pasado un reportaje en un periódico de importante tirada en el que se analizaba, se recogían algunos testimonios de creyentes a través de los cuales se afirmaba que hoy es difícil encontrar un famoso que se confiese practicante. Creo que la conclusión es correcta. Si bien en este campo no es sencillo marcar los límites, el significado exacto de las palabras. Resulta muy costoso entender eso de creyente sí, pero practicante no, a pesar de que se emplea con profusión. ¿Es fácil, es difícil creer? En las lecturas litúrgicas de este domingo nos encontramos con dos grupos muy distintos: el de los apóstoles y el de las primeras comunidades cristianas, y con dos protagonistas: el apóstol Tomás y Jesús.

A veces pienso que es fácil creer. Prueba de ello es que la mayoría de las personas se confiesa creyente. Otra cuestión se plantea si preguntamos en qué o en quién se cree. Pero si prestamos atención a los sondeos y estudios sociológicos, un porcentaje muy elevado se siente creyente. No obstante, otras muchas veces -mirándome a mí mismo y a los demás- tengo la sensación de que creer es difícil. Basta comprobar que son pocos los que nos convencen. Una panorámica de lo que sucede en la realidad nos la ofrecen las páginas bíblicas de hoy. En la primera lectura observamos a los primeros cristianos exultantes, rebosando fe, entusiasmo. Y, respecto a su comportamiento, revelan los textos que se formaban en la fe, que lo tenían todo en común, esto es, lo repartían entre todos según la necesidad de cada uno y, por fin, participaban en la fracción del pan o eucaristía. Así eran aquellos cristianos y así aumentaba el número de los seguidores del Señor. Por el contrario, el evangelio nos recuerda que el grupo de los apóstoles, tras la muerte de Cristo, se muestra titubeante, miedoso, atemorizado, «con las puertas cerradas por miedo a los judíos». ¿A cuál de estos dos grupos se asemejan nuestras comunidades cristianas? Pienso que, ciñéndonos a Europa, coincidimos con la situación de los apóstoles. Formamos comunidades replegadas, bien sea porque nos falta espíritu, bien sea porque el ambiente exterior no ayuda. Desconcierta que el nombramiento de D. Ricardo Blázquez como presidente de la Conferencia Episcopal Española haya arrinconado otras noticias de peso. Con motivo de la Semana Santa las procesiones han congregado muchedumbres. Las novelas con incrustaciones históricas-religiosas se han convertido en la fórmula de éxito. Ahí están ‘‘El nombre de la Rosa’’, ‘‘El código da Vinci’’, y más recientes ‘‘Ángeles y demonios’’ y ‘‘La Biblia de barro’’. Parece, pues, que lo religioso vende, aunque hay que dudar mucho de la religiosidad que traspiran las páginas de estas publicaciones. Junto a esto anotamos que a la mayoría de los católicos les da vergüenza manifestarse como tales. En palabras de la actriz Lydia Bosch resulta injusto y frustrante que te descalifiquen por ser religioso, cuando yo «vivo la religión como una cosa que alimenta el alma». Para el joven escritor José Manuel de Prada «lo que hay es miedo». «Existen muy pocos intelectuales, artistas, políticos o científicos, que se atrevan a manifestarse como católicos». Ante este reto nos llegan las voces, las sensaciones estimulantes de las primeras comunidades cristianas y del mismo apóstol Tomás, protagonista del evangelio de este domingo (Juan 20, 19-31). Una persona con dudas de fe y bravucón, pero al mismo tiempo un sentimental, un hombre noble y honesto. Su confesión y su apuesta por Cristo emociona. Reacciona como un fanfarrón cuando sus compañeros le aseguran que han visto al Señor resucitado: «si no meto el dedo en los agujeros de los clavos y no meto la mano en su costado, no lo creo». Bravuconada que se la tragó cuando Cristo se hizo presente y le dijo: «Aquí tienes mis manos y mi costado … y no seas incrédulo, sino creyente». Tomás se derrumbó y sólo acertó a balbucear: «Señor mío y Dios mío». Ejemplar, sincera confesión de fe.
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