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03-04-2005
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La retransmisión de una agonía
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La retransmisión de una agonía
José Ramón Blázquez
ERA una obviedad que el Papa se estaba muriendo. Y no sólo porque así lo delataba su Parkinson galopante, sus graves problemas respiratorios y su avanzada edad. Era, además, una evidencia pública a la que asistimos desde hace varios años a través de la televisión y demás medios de comunicación, lo que constituía una representación desagradable en lo estrictamente humano, pero digna de análisis en cuanto a sus singulares significados. La gente se pregunta qué sentido ha tenido la exposición a los ojos del mundo entero del sufrimiento agónico del pontífice y por qué se sometía a un hombre a unos esfuerzos que superan su muy deteriorada capacidad física. Los más sensibles protestan contra quienes parecían obligar a Juan Pablo II a mantener una actividad pública para la que no tenía fuerzas ni presencia, mientras que otros pedían abiertamente que el Papa cediera su cargo a un sucesor interino y se retirara a morir en paz, una dignidad que nadie puede discutir. Sin negar la solvencia de estas consideraciones y los sentimientos de compasión que los acompañan, creo que la retransmisión cotidiana de la agonía del jefe de la Iglesia católica es un fenómeno que traspasa el proceder mediático y no obedece a las intrigas de los clanes organizados del Vaticano. Estábamos en realidad ante los últimos deseos de una persona cuya intensa personalidad alcanza también la manera en que concibió su propia muerte, en el ámbito de su particular concepto del pontificado. En este sentido, la escenificación de la muerte de Karol Wojtyla es plenamente coherente con su vida. Se puede estar en desacuerdo con esta decisión, un poco antiestética; pero es el propio Papa quien ha definido el significado y simbolismo de su final.

Se ha dicho que los medios de comunicación se han cebado en el paulatino deterioro físico del Papa para proyectar una imagen lastimosa de un hombre incapaz de gobernar la Iglesia. Año a año hemos visto cómo aumentaba el temblor de sus manos, cómo perdía las fuerzas para sostenerse en pie y andar y cómo, tras las últimas intervenciones quirúrgicas, respiraba por un tubo ubicado en la tráquea, se alimentaba mediante una sonda nasogástrica y ya ni siquiera podía hablar. La televisión ha retransmitido la realidad de un hombre cuya vida se apagaba sin remedio. No es cierto, en mi opinión, que la televisión y otros medios gráficos se hayan recreado en esta agonía, incluso podría decirse que el comportamiento mediático ha sido, salvo morbosas excepciones, bastante respetuoso con la consumación de este hombre, a lo que han contribuido específicamente las tomas panorámicas de la televisión vaticana, evitando los primeros planos y las expresiones de dolor contenido y desesperados intentos de hablar del pontífice. Los medios de comunicación han dispuesto de argumentos de sobra para haber dramatizado mucho más la extrema precariedad física del Papa, pero lo han evitado seguramente por respeto al moribundo y también por ahorrar a los católicos en particular y al mundo en general unas escenas tan angustiosas como innecesarias.

La TV no ha manejado la agonía de Juan Pablo II ante la audiencia universal, es al revés. Demostrando una impresionante capacidad comunicadora, el Papa ha utilizado -dicho sea en el mejor sentido- los modernos medios de comunicación, sobre todo la televisión, para proyectar su mensaje, toda vez que el pontífice concibió su largo declive vital como parte inseparable de su labor. El objetivo de Wojtyla ha sido abrir la Iglesia al mundo y superar su secular lejanía de la gente, lo que se ha materializado en innumerables viajes por casi todos los países y en el diálogo con todas las civilizaciones y credos. Coherentemente, el Papa ha entendido su agonía como un último viaje y como tal travesía hacia la gente proyecta el desenlace de su vida y las manifestaciones de dolor y quebranto físico que implica. No hay duda de que este Papa ha sido un comunicador excepcional: ha tenido a todos los medios de comunicación del mundo trabajando para transmitir su mensaje de permanencia de la Iglesia. Genial.

Se equivocan quienes crean que el Papa ha usado su sacrificio como instrumento emocional para acercarse a la gente y consolidar finalmente una imagen heroica de su pontificado. Siendo la compasión y la lástima sentimientos muy cristianos, nuestro hedónico mundo huye de las representaciones del sufrimiento y la angustia y mucho más de aquellas que patentizan la fragilidad humana y su fatal destino biológico. En realidad Wojtyla se consideraba comprometido con su presencia, como máximo dirigente de la catolicidad, ante el pueblo: ésta es la esencia de su papado, lo que descarta su dimisión o renuncia temporal aunque esto haya implicado mostrarse públicamente en un largo y doloroso ocaso. Los que le conocen de cerca saben que el Papa no tenía complejos de imagen personal y que estaba empeñado en sublimar su decadencia vital en aras de lo que él considera una última responsabilidad ante la Iglesia. No ha admitido más retiro que el derivado del inapelable mandato de la muerte, por lo que hemos asistido a la retransmisión de una agonía que, por indiscreta, muy pocos entenderán y que ofenderá, por innecesaria, la sensibilidad de la mayoría. Apenas nadie comprende que no se trataba de una exhibición de sufrimiento, sino de la expresión de una responsabilidad -la permanencia de la Iglesia simbolizada en la imprescriptible figura del Papa- llevada a sus últimas consecuencias. Una exageración admirable.

También se equivocan los que atribuyen a las oscuras intrigas vaticanas, tan reales como de película, la presencia pública de un pontífice gravemente enfermo, como si quienes preconizaban el mantenimiento de la actividad de Juan Pablo II temiesen con su retiro el fin de su influencia y su poder. No son los viejos cardenales conservadores los que escriben la agenda del Papa, ni la marca la reducida camarilla del pontífice. Es el propio Wojtyla quien ha decidido en sus contenidos fundamentales. Lo cierto es que Juan Pablo II conservaba su lucidez mental y era, según parece, de los que no se dejaban llevar contra su criterio. Como es natural, los políticos del Vaticano hubieran querido más un Papa postrado en su lecho y en manos de sus médicos que un Papa que, desafiando las limitaciones de una enfermedad mortal, ha pretendido mantener su mensaje y su significado de permanencia.

Entiéndase, por fin, que lo que ha hecho Juan Pablo II es sobrevivir, más en lo simbólico que en lo físico. Si hubiese hecho caso a sus médicos y consejeros y hubiera abandonado toda su actividad pública hubiera entrado en frontal contradicción con su trayectoria de casi veintisiete años. ¿Es que no está claro? Su máximo sufrimiento no se lo aportaba la enfermedad, sino el no poder hablar y tener mermada su capacidad de comunicación. El Papa murió cuando ya no pudo establecer contacto con la gente.
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