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La calle Hernani, prolongación natural de la calle Mayor, uno de los emblemas del ensanche Cortázar. A. Guerrero |
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Una publicación recuerda la gestación del ensanche Cortázar de Donostia
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El ensanche convirtió a la ciudad en ejemplo de la arquitectura moderna europea
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Iasone Salbide Donostia
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LA CONSTRUCCIÓN del ensanche Cortázar supuso un punto de inflexión en la historia de Donostia. La ciudad, hasta entonces concebida como «una isla en medio del océano» pasó a ser, a partir de 1862, «una ciudad pegada a tierra», gracias a la gran actuación urbanística llevada a cabo sobre aproximadamente cinco hectáreas de marismas.
El libro ‘‘Los orígenes del ensanche Cortázar de San Sebastián’’, del arquitecto Ángel Martín Ramos, recuerda cómo una pequeña ciudad como Donostia, de 15.000 habitantes, consiguió transformar su fisionomía tan sólo cinco décadas después de haber sido reconstruida tras el incendio que la destruyó en 1813. Y explica cómo la operación arquitectónica que convirtió a la capital guipuzcoana en una de las precursoras de la arquitectura moderna europea fue también un gran éxito económicamente hablando.
La publicación, editada por la Fundación Caja de Arquitectos, fue presentada ayer en Donostia con la presencia del alcalde de la ciudad, Odón Elorza, el presidente de la delegación guipuzcoana del Colegio Oficial de Arquitectos Vasco Navarro, Antón Pagola, el director de la Escuela de Arquitectura de la UPV, Iñaki Galarraga, y el profesor Xabier Unzurrunzaga.
Ángel Martín, arquitecto y escritor nacido en Errenteria, premio Nacional de Urbanismo y autor de libros como ‘‘La construcción de Tolosa’’ o ‘‘Lo urbano en veinte autores contemporáneos’’, recordó que hacia los años cincuenta del siglo XIX, cuando el entonces conocido como Ministerio de la Guerra comenzó a conceder a algunas ciudades la posibilidad de derribar sus murallas, Donostia empezó a trabajar en lo que sería «su refundación».
Habría que esperar hasta 1862 para recibir permiso para tirar las murallas que reducían la ciudad a la Parte Vieja y el muelle. Para entonces, el arquitecto municipal Antonio Cortázar había diseñado un ensanche que encajaba a la perfección en el reducido espacio que quedaba entre el río Urumea, la bahía de La Concha y el cerro de San Bartolomé. «En aquellos años las ciudades se hacían con muchas menos calles, con calles irregulares, y San Sebastián fue capaz de construir la imagen de la nueva burguesía urbana», explicó Martín.
En sólo diez años varios arquitectos diseñaron el ensanche al completo, que no terminaría de construirse hasta 1925, año en el que se levantó «la casa del águila, en la plaza Centenario». Diez años en los que «la ciudad dio la vuelta, aprendió a hacer calles rectas y el Ayuntamiento se encontró urbanizando kilómetros de calles, cuando llevaba décadas sin construir calles nuevas».
Fue, según Martín, la auténtica «refundación» de Donostia, ya que en pocos años «cambió completamente la estructura de la ciudad» y, al mismo tiempo, «se produjo un cambio en las estructuras social y económica». |
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