|
TELEVISIÓN
|
|
|
|
|
|
|
Atrapado en el laberinto vaticano
|
 |
Pedro Ponce Enviado especial a Roma
|
 |
ES DIFÍCIL MOVERSE entre la marea humana que deambula por las inmediaciones del Vaticano y la barrera de decenas de miles de personas que hace fila para ver la capilla ardiente del Papa en la basílica de San Pedro. Se calcula que más de un millón de fieles ha rendido su último tributo a Juan Pablo II. Atravesar esos obstáculos puede llevar a uno a quedarse atrapado entre vallas y ríos de gente y perderte en el laberíntico recinto que circunda la plaza de San Pedro y se extiende por la amplia vía de la Conciliación que conduce al centro del catolicismo mundial.
La sala de prensa del Vaticano se halla en esa vía principal. En medio se levanta esa muralla humana y no hay manera de franquearla. Me dirijo a ella pero en seguida me encuentro en una ratonera y comienzo a sortear controles policiales. El centro de prensa está en la acera de enfrente, apenas diez metros de donde me encuentro.
Retrocedo un poco para intentar saber si puedo colarme por algún hueco, pero una furgoneta que reparte botellas de agua a los peregrinos me impide el paso. Voy de nuevo hacia a la basílica y pregunto a un policía, apostado en el primer control. «Pase y pregunte a aquel agente». Pero su colega me remite a otro grupo de carabinieri situado justo en la dirección opuesta. Me responden que por allí no se puede pasar, que hace falta un permiso especial para entrar dentro de la plaza, el trayecto más lógico para alcanzar la otra orilla del "río".
Me doy la vuelta y recorro un buena parte del trayecto vallado donde hacen fila, paraguas en mano para cobijarse del sol, miles de peregrinos. Menos mal que la primavera romana está generosa y el calor no aprieta. Un grupo de fieles de la parroquia de Tremoli, un pequeño pueblo calabrés, canta para hacer más llevadera la espera. Llevan cuatro horas e la fila. «Hemos salido a la una de la mañana y volveremos esta tarde al pueblo». Una mujer de unos setenta años añade: «De todas formas, no tenemos prisa, estamos jubilados».
Sin salida
Recorro la fila, pero no veo salida. A lo lejos, la marea humana se pierde y serpentea. Es una masa compacta de casi dos kilómetros y sólo se ven muchos paraguas y pancartas. Me doy la vuelta e intento pasar otra vez por el control más cercano a la plaza. Me vuelven a negar el paso, a pesar de que exhibo otra vez la acreditación, y me dicen que pregunte unos metros más allá. El agente esta vez parece despistado pero me indica un hueco en el grueso de la fila y me invita a atravesarlo. Me meto en la jungla y me voy tropezando con mochilas y bultos varios. La gente está apretada y, un poco a empujones, otro pidiendo perdón, consigo llegar a la otra orilla.
De repente, la cola empieza a moverse y veo que una monja en hábito blanco queda rezagada de sus compañeras. Se ha quedado viendo las imágenes del interior de la basílica que proyectan las pantallas gigantes. Ríe y saluda a la policía y echa a correr.
Me detengo un momento para ver hasta dónde llega la cola. Sigue siendo inmensa. «Bueno, hay que tener un poco de paciencia», comenta Leonardo, un joven carabiniere que trabaja en Milán pero que ha venido desde Bari, su ciudad natal. «He salido a la una en autocar, he llegado a las seis de la mañana y llevo ya aquí cinco horas, pero pienso que hay que tener mucha fe si toda esta gente aguanta esta larga espera».
Cuando, finalmente, creo haber superado la cola y consigo respirar, veo que aún me quedan otros dos controles por pasar hasta llegar al centro de prensa. Han instalado justo al lado una carpa de dos pisos para lo equipos de TV y creado una barrera más. Por los altavoces de la plaza les leen a los peregrinos párrafos del Evangelio, intercalados con música y cantos religiosos.
Hay policías por todas las esquinas y me dirijo al puesto que he pasar para llegar. «Por aquí no», me dice el agente de turno. «Dé la vuelta por donde está el puesto de la Cruz Roja y siga el camino de las vallas». Al fondo veo que la gigantesca serpiente de fieles se ha ramificado en filas por las calles adyacentes del Borgo, el barrio medieval que se levanta junto al Vaticano. «Por ahí no es», me dice una voz.
Finalmente, un carabinieri me indica el camino justo, doy la vuelta al andamiaje televisivo y consigo alcanzar la arcada donde se encuentra la sala "stampa". He necesitado hora y cuarto para recorrer diez metros. El problema, pienso para mí, será cómo salgo de aquí después.
Pero la salida es mucho más fácil, doy un rodeo de cuatro kilómetros y salgo del imponente cerco al Vaticano. Unos vendedores ambulantes no dan abasto: la gente quiere tener una fotografía de recuerdo de Juan Pablo II por dos euros. |
|