LAS declaraciones del presidente de la FED, Alan Greenspan, ayer, sobre los precios de la energía, no hicieron más que reconocer una realidad incuestionable: El precio del petróleo ha puesto en los mercados un grado de tensión que no se había experimentado durante una generación.
Greenspan, consciente de que el lobby petrolero, -con beneficios records-, es tan querido a la actual Administración Bush, se cuidó muy mucho de poner el acento en la postura especulativa de las compañías, con el apoyo inestimable de los «hedge funds», y quiso transmitir un mensaje de tranquilidad indicando que el juego de la oferta y la demanda ayudará a controlar los precios.
Siendo todo cierto, la realidad es que una energía a precios tan altos como los actuales es un lastre para las principales economías occidentales, EE.UU., Unión Europea y Japón, que, casualmente son los principales consumidores de los productos de los países en desarrollo. De ahí que una estabilidad en los precios energéticos sea vital para garantizar la salud general de la economía mundial.
En este contexto, los países consumidores sólo tienen una herramienta verdaderamente eficaz para contrarrestar los elevados precios del crudo y esta no es otra que reducir la demanda, en especial el despilfarro existente.
Porque independientemente de que existan, que existen, maniobras especulativas, no hay que olvidar que la OPEP está bombeando ya 29,5 millones de barriles diarios, lo que supone más de un 7% por encima de sus cifras oficiales, 27,5 millones, y que esta cantidad supone cerca del 95% de su capacidad total. En la misma línea, las refinerías de EE.UU. en las últimas semanas operan a un 91% de su capacidad. Por ello, salvo reducción de la demanda, la oferta no parece capaz de presentar argumentos para que los precios de los carburantes bajen. |