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Primavera en Euskadi
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Camilo Nogueira
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Ripa Las primeras opiniones procedentes de los partidos, instituciones o medios estatales sobre las elecciones del 17 de abril dieron precipitadamente como perdedor al lehendakari Ibarre-txe, sin aceptar que las elecciones habían establecido un marco político nuevo, objetivamente más favorable para el debate del Estatuto Político y para las propuestas del nacionalismo vasco. Ahora, cuando Juan José Ibarretxe empieza a reunirse con los representantes de las diferentes formaciones políticas, ya nadie irresponsablemente podrá ignorar los datos que reflejan la voluntad de la totalidad de la sociedad vasca, no pudiendo eludir la realidad: la reflexión necesaria tendrá que centrarse en los retos referentes a la formación del Gobierno, el autogobierno nacional y la paz. Las elecciones revelaron que un 58,8% (58,3% en 2001) de la sociedad apoyó a los partidos que bien aprobaron el nuevo Estatuto Político en el Parlamento de Gasteiz o bien tienen posiciones políticas sobre la cuestión nacional que no hay por qué considerar menos avanzadas. Al mismo tiempo situaron en el 39,9%, (41,0% en 2001) el resultado de los partidos parlamentarios que rechazan el Plan Ibarretxe desde posturas contrarias a superar el marco político actual. Para poner en cuestión el contenido de estas cifras se puede argumentar que ese 58,8% contiene engloba propuestas que en este momento no sólo son diferentes sino también contradictorias, pero no se puede negar fácilmente que no lo serían tanto si el Parlamento vasco tuviera plena capacidad de decisión, ni se puede soslayar que se acerca mucho a los dos tercios que el presidente del Gobierno español Rodríguez Zapatero demandó para que el Estatuto Político contase con su apoyo. Supera con mucho, en todo caso, a la suma de PSOE y PP, muy lejos del empate pretendido. Sólo desde posiciones sectarias se puede negar que los partidos del anterior Gobierno mantienen con el 44% (48,3% en 2001) una hegemonía indiscutible, constituyendo una sinrazón dar por perdedoras, como hicieron alborozados los representantes en Euskadi del PSOE, a los programas políticos que consiguen tal apoyo popular, en particular cuando se sabe que en unas elecciones españolas con esa cifra se obtiene la mayoría absoluta en el Congreso de los Diputados, cosa imposible en Euskadi a causa, en gran medida, del peculiar y distorsionante sistema de tipo confederal que determina la atribución de diputados a cada territorio. Todo ha cambiado en Euskadi. De forma hace pocos meses aún inesperada, el Parlamento vasco va a recoger el sentir político de toda la sociedad. Ya no se podrá negar la legitimidad de ningún diputado o diputada. Los que ocupen el lugar de Atutxa, Knörr y Benito no tendrán que padecer su calvario. Juan José Ibarretxe como lehendakari y la coalición PNV-EA recuperan la centralidad de la política vasca, antes oscurecida por la violencia y la ilegalización de HB. Y no lo van a hacer empezando de nuevo. Las iniciativas y los debates ligados al Estatuto Político al que dieron el nombre del lehendakari construyeron un camino que no se puede desconocer. El cambio no afecta sólo a las formaciones nacionalistas. Sería demasiado simple pensar que dada la estabilidad en torno al 40% de los votos conseguidos por PSE-Euskadiko Ezkerra y PP, nada substancial haya cambiado en el ámbito de los partidos de ámbito estatal sobre la cuestión nacional vasca: no sólo son diferentes las posiciones del PSOE que, dejadas atrás actitudes tácticas ilusorias o desestabilizadoras sobre la candidatura a lehendakari, deberían formar parte de un necesario compromiso histórico, sino también las del PP del País Vasco, bastante alejadas, parece, de la confrontación exacerbada de 2001. Con el PNV y EA con el 38,6% a pesar de los embates soportados y manteniéndose EB con el 5,4%, a Ibarretxe se le presenta una difícil pero apasionante tarea. Para ello tendrá una capacidad de acción de la que antes carecía. La presencia en el Parlamento de la izquierda abertzale de HB a través de EHAK (12,5%) y de Aralar (2,3%) crea una nueva situación. Superada de facto la Ley de Partidos Políticos por lo ocurrido el 17 de abril, el candidato a lehendakari va a hablar con la izquierda abertzale sin tener que gastar energías en responder a las acusaciones de complicidad con la violencia. La posición actual del presidente del Gobierno estatal, Rodríguez Zapatero, muy diferente de la de Aznar y de la suya propia cuando propició un Pacto Antiterrorista que también estaba destinado a combatir al nacionalismo democrático, contribuye a a crear un escenario más favorable que el anterior. No es seguro, claro está, que todos tomen nota de la nueva situación, ni que reconozcan y respeten el valor que le corresponde a los votos emitidos. No deberían retornar las exigencias de retirada de las posiciones de cada uno sobre el autogobierno nacional. Tendrán que ser tenidas en cuenta en el marco político nuevo y original de la Unión Europea definido por la soberanía compartida y por el desvanecimiento de las fronteras, que por sí mismos ponen en cuestión la soberanía absoluta tradicional de los Estados. Lo que habrá que discutir no serán asuntos relacionados con la separación, que no se pretende, sino otros más trascendentales: la capacidad de decidir; la distribución del poder político y económico; el reconocimiento de la diversidad nacional y cultural. Todo dentro de una estructura plurinacional del Estado, en el que la igualdad de los ciudadanos -hoy inexistente a pesar del poder del Estado- sea vista como un objetivo real, necesario e insoslayable y no como una disculpa dialéctica utilizada para negar las realidades nacionales que hicieron posible el propio Estado autonómico. Lo que se dice en el nuevo Estatuto Político relativo a Navarra depende de la voluntad de los navarros y lo que se afirma sobre el País Vasco francés se inscribe en la legalidad de la Unión. Habrá que buscar soluciones para este problema, que no es privativo de Euskal Herria. Favorecida por la desaparición de la frontera tradicional, hoy ya se desarrolla una relación especial entre Galiza y el Portugal del Norte, con afinidades de todo tipo que implican a una nación y a todo un Estado. Difícilmente se dará una ocasión como ésta para conseguir la paz y evitar la violencia mortífera, procurando medidas concretas que lo hagan factible y definitivo, sin negar la función principal que les corresponde a las instituciones centrales del Estado pero haciendo partícipes a las de Euskadi. Sería enormemente negativo que en este proceso parte de los actores necesarios jugasen desde ambos extremos con la tentación de contornear o ignorar el papel central del nacionalismo vasco hoy en el Gobierno y sus firmes propuestas sobre la cuestión nacional vasca en un Estado plurinacional. Por lo demás, cuando en Euskadi asoma la primavera, tomadas las decisiones hoy necesarias, será preciso dejar trabajar al tiempo europeo.
Camilo Nogueira fue diputado en el Parlamento de Galiza y en el Parlamento Europeo |
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