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¿Qué nos quiere decir ETA?
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Andoni Orrantia
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ETA ha vuelto a reaparecer. Y lo ha hecho tal y como tenía previsto. Tres atentados, en diez días. En Gipuzkoa con paquetes y en Madrid con coche bomba, coincidiendo con el procesamiento de Otegi y Salaberria en la Audiencia Nacional y donde hace una semana, el Congreso de los Diputados aprobaba la resolución por la que Parlamento -con 192 votos a favor y 147 en contra- respaldaba que el Gobierno abriese un diálogo con la banda terrorista si ésta anunciaba un cese de la violencia. No ha sido nada nuevo. El modus operandi del último atentado de ETA en la capital fue similar. En febrero hizo estallar por los aires en IFEMA más de 30 kilos de explosivo, justo horas antes de que los Reyes y el presidente de México inaugurasen la Feria de Arte Contemporáneo (ARCO) y también, días después, de que los miembros del Comité de Evaluación del COI se sentaran a analizar sus valoraciones sobre la candidatura de la capital de España como sede olímpica en 2012.
Con sus actuaciones, ETA quiere estar presente en el escenario político hasta el último momento. Y sabe, tal y como hemos dicho en más de una ocasión en estas páginas, que en una sociedad en la que el conocimiento de lo público se adquiere a través de la información de los medios de comunicación, importa tanto lo que las cosas son como el modo en que se presentan a través de éstos. Por eso, ha vuelto a elegir Madrid, símbolo de la actividad gubernamental. Ciudad atemorizada todavía por el terror de las bombas del 11-M y con una mayor facilidad para que los terroristas express -ni si quiera ‘‘doblaron’ las matrículas del vehículo robado- pasaran más inadvertidos.
Con su reaparición diez días después de la colocación de sus primeros paquetes bombas y diez días antes de la controvertida manifestación convocada por la AVT en Madrid; ETA pone voz a los silencios de Batasuna y EHAK. Pone matices a las declaraciones de Pernando Barrena. Pero, sobre todo, sigue dejando claro lo que opina: que todo puede seguir igual. Con mayor o menor violencia, pero igual. Con heridos o con muertos, pero igual. La desarticulación de la red que se abastecía de amonal en Grenoble, el robo de cuatro toneladas de clorato sódico en Poitiers, el último coche bomba y los explosivos de Gipuzkoa apuntan a que ETA puede seguir causando mucho terror y además demuestra que va muchos pasos por detrás de la ilegalizada Batasuna a pesar de que como anunciaba en su comunicado del pasado 15 de enero, «delegue en la coalición la negociación de los temas políticos».
En este contexto de reaparición continuada de la banda terrorista, ya no resulta coherente decir que Batasuna apuesta por solucionar el conflicto vasco desde cauces estrictamente políticos (llámense ‘‘hojas de ruta’’, ‘‘mesas de diálogo’’ o como se quiera) y luego justificar la violencia y presentarla como la incomprensión del verdadero significado de una tregua o la expresión de una situación histórica similar a la protagonizada en Oriente Medio.
La fase por la que atraviesan en estos momentos ETA y Batasuna es análoga a la que vivieron el IRA y su brazo político, el Sinn Féin. Sólo cuando los violentos tuvieron la certeza de lo poco que valía la lucha armada se decidieron por la vía política. Hasta ese momento, intentaron vender sus actuaciones a precios desorbitantes en cuantos foros les fue posible: de Londres a Washington. Nadie les creyó y se vieron obligados a escuchar la propuesta del ex líder del SDLP de Irlanda del Norte, John Hume. En el contexto actual, con Josu Ternera como número uno, la banda vuelve a emplear el mecanismo que bautizó a aquél como pionero en esta estrategia y le convirtió en el terrorista más sanguinario. Con el coche bomba, ETA siempre ha querido dar relevancia a sus acciones y lanzar mensajes implícitos. Así, por ejemplo, en el caso del atentado de los almacenes de Hipercor en Barcelona en 1987, las 21 personas que murieron y las 29 que quedaron malheridas certificaron el comienzo de la línea más dura de la banda. Con el asesinato del teniente coronel Pedro A. Blanco García, mediante un coche bomba cargado de 20 kilos de dinamita el 21 de enero de 2000 en Madrid, escenificaron la ruptura de la última tregua. Sin embargo, no se puede negar que la ETA de ahora es distinta de la que ha ido poniendo las bombas que han sembrado de terror y muertos las calles de nuestro país durante muchos años.
Con su reaparición, ETA y su entorno han frenado las expectativas aireadas en las últimas semanas por dirigentes de partidos políticos en Madrid sobre el final del terrorismo. En este sentido, el sentimiento de euforia y la palabrería no nos puede hacer olvidar que el mundo del terrorismo sólo se ha movido cuando el Estado de Derecho le ha puesto contra las cuerdas con la ley en la mano y no cuando le ha ofrecido incentivos de cualquier tipo. Lo que es obvio es que ETA atraviesa por un proceso de extrema debilidad -cada semana se desarticula un aparato o comando- que le resta capacidad de influencia política. Pero con su actual estrategia ha conseguido lo que quería: dominar puntualmente la escena pública sin comprometerse a nada como le pide el Ejecutivo de Zapatero, y desde luego, sin dejar de causar terror. |
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