|
|
|
Gestos
|
 |
|
Kepa Landa
|
 |
No es casualidad que Arnaldo Otegi esté, cuando escribo, en situación de prisión provisional, acordada por un Juzgado Central de Instrucción de la Audiencia Nacional.
Se podría decir que es absurdo que en una causa en la que están procesadas decenas de personas, todas ellas en libertad, sea precisamente un personaje público, un representante político, el que tenga que ingresar en prisión.
Que no tiene sentido, salvo en las mentes calenturientas de inquisidores propios de otras épocas, instruir un procedimiento en el que se actúa contra más de cien asociaciones y empresas, y contra dirigentes de una formación política, acusados de cuestiones tan peregrinas como sostener que las Herriko Tabernak son fuentes de financiación de ETA. Y que esto se hace por medio de rifas, huchas, venta de camisetas, …
Podríamos denunciar, una vez más, el uso torticero que se hace de la justicia por parte del Gobierno de España, poniendo en cuestión la separación de poderes y el propio Estado de derecho.
La cuantía de una fianza a todas luces desproporcionada, además de injustificada, pero ya habitual cuando se trata de pagar la libertad de ciudadanas y ciudadanos vascos.
La permanente tramitación de causas judiciales, que en realidad son procesos políticos que están vulnerando derechos tan elementales y fundamentales como la libertad de asociación, de participación política, del derecho al voto, la libertad de expresión, …
Todas estas críticas y muchas más se podrían hacer partiendo de lo ocurrido en la noche del miércoles en la Audiencia Nacional. Pero considero que lo ocurrido hay que enfocarlo de forma diferente.
Arnaldo Otegi está en este momento en prisión porque así ha querido el Gobierno de Rodríguez Zapatero que aparezca ante la sociedad, ante la opinión pública. La citación de urgencia para comparecer en el juzgado había sido acordada antes de conocer que ETA actuaría en Madrid. Y estaba hecha en un contexto muy determinado.
Abierta en los últimos meses una expectativa de solución, la izquierda abertzale desde Anoeta había insistido en su apuesta por una mesa de diálogo en la que intervinieran todas las fuerzas políticas. Ámbito en el que se deberían decidir los pasos para superar una ya larga situación de conflicto.
El Gobierno del PSOE había dado también un paso público, notorio, al proponer en el Congreso de los Diputados de Madrid una moción que, al menos, mentaba la posibilidad de hablar con ETA.
Se habían producido unas elecciones autonómicas en las que la posibilidad de voto efectivo de la izquierda abertzale, aún con limitaciones de cauce y tiempo, había arrojado un resultado que generaba una situación nueva también en la Cámara de Gasteiz.
Pero como en todo proceso de estas características se habían producido gestos, fundamentalmente por parte de ETA y el Gobierno, que trataban de fijar las posiciones, de hacer visibles sus puntos de partida. El Gobierno usando de sus fiscales, tribunales y policías, y ETA cometiendo acciones que aparecen como voluntariamente incruentas. La última, la del miércoles en Madrid.
Es evidente que el Gobierno de Rodríguez Zapatero está sometido a una tremenda presión desde la derecha española, personificada en el Partido Popular. Los llamados ‘‘populares’’ saben que una apuesta como la que está en juego arruinaría su política de confrontación de los últimos años. Y terminaría con una situación de violencia que tanto rendimiento da en ese espacio político. No han dudado en usar los medios de comunicación de su obediencia, a la Iglesia católica, y a las asociaciones de víctimas y foros victimistas que han alimentado en el pasado, y se han querido prestar a este juego. Y lo van a seguir haciendo.
No va a ser la única presión que tenga que soportar el Gobierno de Madrid. Dentro de su propio partido, y desde otros que no son el PP, se mira con inquietud, cuando menos, la posibilidad de una nueva situación política. Un nuevo escenario en el que, ausente la violencia, afloren las realidades sociales y de gestión, los programas auténticos de cada partido, y las necesidades y voluntades de colectivos, grupos y pueblos, que exijan respuesta a sus reivindicaciones.
Alcanzado un cierto grado de normalidad política, las correlaciones de fuerzas y los intereses a jugar y conjugar podrían ser muy otros, diferentes a los que ahora se expresan. Ya no existiría una coartada que permitiera discursos planos y políticas más planas aún.
Esto puede no gustar a una clase política instalada en un largo periodo de tiempo, en el que la existencia de violencias contra y desde el Estado, le ha permitido desequilibrar cualquier debate o planteamiento. Siempre filtrado por esa dura realidad que impone un conflicto con manifestaciones armadas.
No es extraño que Rodríguez Zapatero se esté moviendo en un ejercicio de gestos, tratando de lograr tiempo y espacio para que su acción política, que es más que acción una opción importante, pueda prosperar.
El auténtico problema es que tanto gesto de fuerza, tanta presión de unos hacia otros, pueda llegar a frustrar unas expectativas, un proceso, que parece estar en su fase inicial. Unos y otros tendrán que soportar situaciones que no van a gustar. No será un proceso en línea recta el que veamos. Pero debemos apostar porque ese futuro que vislumbramos se pueda producir.
Ahora es el momento de que los que han gritado que la paz estaba por encima de todo, que la vida no tenía precio, demuestren que decían lo que pensaban. Y actúen en consecuencia.
Que los que han proclamado que todo se puede defender en el Estado de Derecho, acrediten con su comportamiento que en el Estado español existe un Estado de Derecho, y que de verdad todo se puede defender. Y lo que es más importante, que todos podamos ejercer nuestros legítimos derechos.
Más allá de la propaganda, no hay motivo para poner trabas a un diálogo entre todos, único método de llegar a una solución de paz. Que por cierto es indisociable del ejercicio de la libertad y el respeto mutuo entre personas y pueblos.
Sería de desear que intereses partidistas, ambiciones de poder y mezquindades de cortos vuelos no frustren las legítimas expectativas que esta sociedad nuestra tiene. Que los próximos gestos sean para avanzar. |
|