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La televisión se maquilla
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José Ramón Blázquez
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A ninguna otra forma de ocio dedican los españoles más tiempo de ocio que a ver televisión, unas tres horas y media diarias, algo más del que los vascos invierten en el mismo quehacer. Los niños y niñas de entre 4 y 12 años destinan más horas a ver programas de televisión, unas 19 horas semanales, que a la escuela. Esto convierte a la televisión en un centro de intereses económicos y políticos de primera magnitud y es la raíz de las falsas polémicas que anteceden a las tomas de posición estratégicas, unos para obtener mayores cuotas de audiencia y aumentar sus beneficios, otros para asegurarse una capacidad de influencia social y un control de la actividad audiovisual. Anda hoy la televisión más revuelta que nunca porque coinciden una serie de circunstancias: la regulación de los contenidos por medio de la Ley General Audiovisual y el Consejo de Medios Audiovisuales, la creación de un nuevo canal analógico, el desarrollo de la televisión digital y, sobre todo, la reforma de RTVE, un panorama que pone los dientes largos a operadores, proveedores tecnológicos y productoras, lo que para el Gobierno central, que tiene la llave de toda esta feria, equivale a convertirse en la novia preferida de los poderes mediáticos. Verán ustedes cómo en los próximos meses estos grandes intereses económicos se traducen en beneficiosa información para el Partido Socialista, pero también en presiones y amenazas que compensarán los sutiles cortejos empresariales.
Empecemos por los contenidos. Los recientes acuerdos con las cadenas públicas y privadas para autorregular los programas destinados al público infantil y juvenil en función de determinadas franjas horarias protegidas ha sido un rotundo fracaso apenas ocho meses después de su implantación. Las televisiones privadas, que libran entre sí una batalla sin cuartel por la audiencia, no han introducido las correcciones necesarias para evitar los temas y tratamientos repulsivos en los horarios protegidos, aunque se han eliminado las imágenes explícitas. La autorregulación no funciona, lo que forzará al Gobierno de Zapatero a forzar la regulación de obligado cumplimiento a través de leyes específicas. Ya ha lanzado el mensaje a Tele 5 y Antena 3. Una consecuencia de ello es el principio del fin de ‘‘Crónicas Marcianas’’, que si bien no está dentro de la franja tutelada, va a ser la cabeza de turco de una campaña de imagen de Tele 5 para lanzar el flash del advenimiento de una nueva era mediática, la tercera desde el ciclo fecal de las mamachichos. Efectivamente, la época de la teleputrefacción televisiva comenzó con la puesta en marcha de los canales privados y alcanzó su máximo esplendor en plena mayoría absoluta del PP. Rodríguez Zapatero, empeñado en marcar diferencias de talante respecto de la era popular, aspira, al igual que en otros temas, a un cambio de apariencia en las televisiones y así poder proclamarse el San Jorge que derrotó al monstruo de la teleinmundicia y llenó de cultura y educación cívica la pequeña pantalla. Y ha comenzado el espectáculo.
Con la misma ceremonia fingida con la que los toreros anuncian sus retiradas, Javier Sardá ha comunicado su abandono del programa nocturno ‘‘Crónicas Marcianas’’ tras ocho temporadas consecutivas conduciendo este espacio en Tele 5, un final que se producirá al concluir el mes de julio. Si bien Sardá maquilla su dimisión argumentando "agotamiento psíquico y físico", no puede ocultar que hay otras razones, de presión institucional y posicionamiento de la cadena, para entender la retirada en plan torero de quien representa mejor que nadie el subproducto de la telebasura. Tele 5 ha dispuesto la muerte por pudrimiento de ‘‘Crónicas Marcianas’’ para maquillar su cambio de chaqueta, sabiendo que el espacio estaba amortizado y que perdía el liderazgo de la noche a favor de Andreu Buenafuente, más creativo y sin concesiones escabrosas. Otros programas de esta especie, sobre todo los vespertinos, han puesto sus barbas a remojar.
Con toda seguridad la futura Ley General Audiovisual, así como la creación del Consejo Audiovisual, establecerán reglamentaciones sobre aquellos contenidos que puedan afectar a jóvenes y niños, una opción que espanta a las cadenas privadas que creen más en la autorregulación porque les ofrece un campo de ambigüedad en el que puedan colar sus subproductos. Es de suponer que estos proyectos legislativos, a los que debe su impulso la influencia de ERC, racionalizarán el caos audiovisual español, exigirán el cumplimiento de las restricciones publicitarias, reconocerán el pluralismo lingüístico y serán respetuosos con las competencias autonómicas en materia de concesión de licencias y en el fuero de los canales autonómicos. No obstante, el principal problema de la televisión no está sólo en las desvergüenzas de las empresas privadas, sino en la incultura popular y la esquizofrenia de la sociedad que al mismo tiempo que rechaza los programas vulgares y violentos les dedica unas audiencias millonarias. ¿Considerará el futuro Consejo Audiovisual estrategias de choque para neutralizar la adicción social a televulgaridad? Una sociedad desvalorizada y hasta anteayer analfabeta está desprotegida y es fácilmente dominable por la marrullería y coerción consumista de la industria audiovisual. La TV es, junto a la ignorancia popular, el primer adversario de la democracia.
La irrupción de un nuevo canal analógico y la reforma de RTVE siendo asuntos diferentes están enlazados, porque el redimensionamiento del ente público y la condonación por el Estado de su fabulosa deuda financiera buscan en paralelo, además de resolver un viejo problema no resuelto en 30 años, favorecer la creación de un tercer canal privado en abierto. La liberación de más de treinta mil millones de pesetas, por la autolimitación publicitaria de las dos cadenas de TVE, ofrece la necesaria excusa a Zapatero para contentar a Tele 5 y Antena 3, que captarán buena parte de este goloso regalo, y le permitirán pagar al grupo Prisa, propietario de Canal+, mediante la concesión de un nuevo canal analógico de emisión no codificada, la factura de los favores electorales recibidos. No se crean las amenazas de las otras cadenas de recurrir judicialmente esta concesión: forma parte del juego de los tramposos, es puro maquillaje. Al final, si hay dinerito, todos contentos: hay publicidad y espectro audiovisual de sobra.
A cinco años del "apagón analógico" y el comienzo de la era de la televisión digital, la oferta al telespectador apenas presenta novedades significativas. Sustituir el actual televisor por otro más moderno y mejorar la calidad de imagen es sólo una cuestión técnica y un nuevo desembolso. El actual modelo de televisión poco puede ofrecer, por lo que está condenado a padecer un desprestigio social inversamente proporcional a sus audiencias. Todavía no hay una cadena que invierta más en inteligencia y respeto que en maquillaje. |
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