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A la caza del tiempo
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Gabriel Mª Otalora
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Si nuestros antepasados se consumían en la preocupación por la búsqueda del sustento, nosotros occidentales, sufrimos por la escasez de tiempo. No nos faltan alimentos ni medicinas, tampoco educación ni diversiones… Tenemos televisión, radio e internet las 24 horas del día, deportes y mil actividades más que no pueden, todas juntas, estirar ni un segundo el inexorable paso del tiempo.
Nuestra condición limitada exige que tengamos que optar constantemente desde nuestra particular jerarquía de prioridades y valores, que son los influyen en la calidad de la existencia. No se puede estar en varios sitios a la vez. El tiempo es vida y a la vez un valioso recurso igual para todos, da igual si es Montos Armendariz, un ama de casa, un parado o una atleta. Curiosamente son las cosas más valiosas las que no salen de las prisas ni de la superficialidad: lo vemos en un bosque frondoso, en quien alcanza cierto nivel de madurez humana… Con paciencia, que no es otra cosa que una buena digestión del tiempo, también se pueden arreglar situaciones que ni siquiera la Razón que algunos tanto adoran es capaz de aportar remedio.
Ahora los potentados no son los únicos que padecen de intranquilidad crónica, a la vista del creciente número de personas añorantes de más horas, y de los que están presos de la ansiedad consumista que supone el no parar de hacer cosas y cosas (gastando dinero) en menos tiempo que el que empleaban los de cualquier otra generación. He leído un ejemplo muy gráfico: un agricultor trabajaba sin pausa pero sin prisas cuando cultivaba diez hectáreas con una pareja de bueyes. Hoy dispone de tecnología moderna para hacerlo en muchas menos horas, pero tiene el tiempo justo pues debe cultivar cincuenta hectáreas. Y así con todo.
Tantas posibilidades y tan al alcance de la mano se convierten en una exigencia; esto lo que produce es un fuerte desgaste en el individuo y le priva de la capacidad de admiración ante las maravillas naturales que le rodean… ¡por falta de tiempo!
El exceso de estímulos artificiales llega a producir una erosión en el corazón humano y en el tejido social por la insana aceleración de la existencia que degenera en sociedades estresadas y vacías, lo que Paul Valery denominó la "multiplicación de los solos".
Fue en el Renacimiento (s. XV) cuando se superó la subordinación del individuo al conjunto social hasta la asimilación de un concepto del tiempo como algo personal que cada uno emplea en lo que quiere. De aquellos vientos saludables hemos pasado al lodazal de acaparar cosas y cargas que no hacen sino consumirnos en la insatisfacción y la soledad de un modelo insolidario que además produce la sensación equivocada de la escasez de horas.
El gran error es no invertir la existencia en experiencias interiores duraderas y profundas. Hemos elegido "sin querer" pasarnos la existencia sin masticarla ni digerirla, cuando estamos en la época histórica en que disponemos de más tiempo libre. Por eso es tan llamativa la exigencia de mayores rendimientos que a nuestros antepasados. Tenemos mejor nivel de vida, más horas de descanso, tardamos menos en recorrer distancias, en comunicarnos…y, sin embargo, la codicia en torno al tiempo nos aprieta hasta ahogarnos. Todo lo contrario a lo que les ocurre a los países menos desarrollados.
Miramos el paso del tiempo con fijación morbosa en lugar de observarnos dentro de cada uno, y actuar. Dominar la variable temporal supone dominarnos a nosotros mismos en relación a él, implica dominar el problema que nos dominaba. La paradoja del tiempo está en que son mayoría entre nosotros los que consideran que no tienen suficiente, cuando la realidad es que cada ser humano dispone de él en su totalidad. |
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