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El argentino Gonzalo remata de "chilena" ante la atenta mirada de Dani Aranzubia, que desviaría el balón a córner. Reportaje fotográfico Zigor Alkorta, enviado especial |
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De lo mejor a lo peor en una tarjeta
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La mejor versión del Athletic sucumbe ante el Villarreal tras una falta táctica de Casas que dejó al equipo con diez, sin reacción y en la parte baja de la tabla
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|  |  | 3 | 1 |  | |  | Igor Camaño Enviado especial a Villarreal |  | HAY COSAS que hay que hacerlas porque sí. Javi Casas no tuvo más remedio que derribar a José Mari. El andaluz se iba solo hacia portería, hacia el gol. Una décima de segundo para pensar. Quizá menos. Casi un acto reflejo. Si le dejo, es gol. Si no, me echan. Pero no es gol. Lo que sea, pero ya. José Mari se escapa. Aranzubia espera con los guantes en guardia. La ventaja bilbaina en el marcador tiembla. El sopeloztarra opta por lo segundo. Placa a José Mari y el rival rueda por el suelo. Bernardino González, el árbitro, no duda. Ni un instante. Saca la colorada del bolsillo y deja al Athletic con uno menos. Casas pone las manos en jarras y espera que las protestas de sus compañeros sirvan de algo. Agua. Es una pataleta de atrezzo. Todas las expulsiones tienen el mismo decorado. El lateral se consuela: todo por la patria. Uno menos en el campo, uno más en el marcador. El que algo quiere, algo le cuesta. Es lo que tienen las faltas tácticas. Javi Casas, que aparte de esa acción no había tenido una tarde demasiado inspirada, enfila hacia la caseta como el soldado que vuelve del frente, aturdido por el intenso combate que libran el deber y el corazón en su cabeza.
Hasta ahí, todo entraba en el guión. Haberse quedado con diez hubiera sido un mal menor si la acción se hubiera acabado tal cual. Pero no. La tarjeta roja, como los e-mails, llevaba adjuntada una falta. Cosas del reglamento. En esos instantes de barullo, en los que los jugadores agitan los brazos, elevan el tono, los colegiados se los quitan de encima y el público silba, los más cautos cruzan los dedos. A ver si va a ser peor el remedio que la enfermedad. A ver si encima de quedarse con uno menos, ahora la van a enchufar. A ver si estas cosas, que, la verdad, no suelen pasar, pasan. Y va y pasa. Y lo que iba muy bien se pone mal; luego peor; imposible al final. La capacidad de sorpresa es ilimitada en esto del fútbol. Y el nivel de crueldad e injusticia, lo mismo.
La adversidad y el adversario
Ayer, cuando el Athletic ofreció su mejor versión, quizá la mejor de la temporada, cuando convirtió a un rival de Liga de Campeones en un correcaminos tras la pelota, cuando por fin jugó a domicilio como en casa, cuando parecía que la escuadra iba a disipar todas sus dudas sembradas en las cinco jornadas anteriores; justo ayer, cuando más lo necesitaba, el Athletic se llevó un buen palo. Un palo gordo. Un palo que trabó la maquinaria rojiblanca y la mandó al carajo. Porque de esa acción en adelante el Athletic no existió. Y si lo hizo fue rodeado de un sinfín de complejos, de lástima, de autocompasión por el revés del destino. Media parte de aliento y otra media de lamento.
El Athletic desnudó sus carencias y sus virtudes cuando Casas vio la roja y Riquelme la colocó lejos del alcance de Dani Aranzubia. Sí. Es verdad. El equipo lleva juego en las botas. Maneja argumentos suficientes para confiar en su potencial. Se le ve y se abre la puerta de la esperanza. Lo malo es que se levanta un poco de corriente y el portazo es considerable. El Athletic se rindió ayer muy pronto. La adversidad pudo más que el adversario. Eso denota carencias emocionales, de autoestima, de confianza. No tanto de juego, de recursos técnicos o físicos. Es comprensible, que no justificable: el equipo está lastrado por su titubeante inicio de campeonato. Le falta convencimiento; le sobran dudas. Un colectivo que es capaz de firmar 44 minutos excepcionales no puede venirse abajo por una jugada desgraciada. Y si lo hace es que no confía en sí mismo, en su capacidad de reacción. O es que está muy tocado, que también puede ser. El bajonazo tras la roja a Casas no fue sólo moral. Fue de juego, de ocasiones, de puntos y clasificatorio. El Athletic está en la parte baja de la tabla. Y de ahí no podrá salir hasta dentro de quince días. Todo lo dulce que fue el primer parón liguero, con el equipo en lo alto de la tabla, se convertirá ahora en amargo en los suburbios de la clasificación, preso de las dudas, de los comentarios, de los nervios, del pesimismo, de los malos augurios. El tortazo no podía llegar en peor momento. Pero aquí está. Y duele. |
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