El hamaiketako se ha adelantado. Apenas son las 10.30 y el corcho de una botella de vino tinto reposa ya en el extremo de una mesa del txoko de las Bodegas Araco, en Laguardia. Los restos de pan le hacen compañía. Fernando remata un par de huevos fritos en la cocina. Un toque de sal y se sienta junto a sus tres compañeros, que apuran los últimos trozos de jamón y chorizo. Un filete de lomo con pimientos y ajos es ya parte del recuerdo. Eduardo Pascual, el responsable de la bodega, irrumpe en el txoko. Bromea brevemente con los cuatro hombres. Luego, trastea en la cocina. Un café caliente. Fuera hace frío. Cuatro grados. El otoño se hace cada vez más presente. La vendimia toca a su fin. Un sorbo al reconfortante café y Eduardo dispara sin previo aviso: «El tema de la semi-esclavitud que dicen que existe en la vendimia me enciende. Eso hace tiempo que desapareció. No hay nadie en el país que haya hecho más por los vendimiadores que los agricultores de la Rioja Alavesa». Sabe que es un tema delicado, sobre el que se ha hablado y escrito mucho. Demasiado en su opinión. No se muerde la lengua. «No es todo oro, lo reconozco, pero tampoco mierda». Un autobús entre viñedos
La vendimia es como una gran ciudad. Parece una, homogénea. Pero si uno se fija bien puede percibir que cada bodega, cada cuadrilla, cada vendimiador esconde su propia historia. Generalizar se convierte en un ritual estúpido. Los vendimiadores llegan a la Rioja Alavesa para trabajar, por lo general, como subcontratados, con un acuerdo por horas, o a destajo, a tanto el kilo. Tanto recojo, tanto cobro.
Pero también hay una tercera manera de trabajar en los viñedos. La conflictiva. La bodega contacta con una persona con la que negocia un precio por kilo de uva recogida. Ésta reúne un grupo de trabajadores, generalmente portugueses, a los que ofrece unas condiciones que no tienen relación con lo acordado con la bodega. «Es la fórmula más polémica. El contratador se debería encargar del bienestar de las personas a las que contrata. El alojamiento, la comida, el jornal... Pero no siempre sucede. Hay casos en los que no ha habido el menor problema, pero también los hay que se han aprovechado. No les han dado bien de comer, les han tenido en lugares indignos o no les han pagado lo pactado», explica Eduardo, que atribuye a estos últimos la responsabilidad de la fama de explotadores que se ha podido extender al sector.
«Hay gente que habla del tema alegremente y hace propuestas sin pensar», dice Eduardo y pone un claro ejemplo: «Se ha llegado a decir que no se puede llevar en remolque a los temporeros porque es inhumano. Que hay que habilitar un autobús hasta los viñedos. ¿Estamos locos? cómo voy a meter un autobús en sitios por los que apenas puede moverse un tractor».
Andaluces de Jaén
Apenas cinco kilómetros separan la bodega de la finca “Musco”. Pertenece a José Ignacio, un agricultor de Baños de Ebro asociado a Araco. Fernando, que hace rato que ha engullido los huevos, se levanta y se dirige hacia allí. «Luego nos vemos», se despide, y para cuando Eduardo reacciona el joven ya ha abandonado la estancia. Minutos más tarde sigue sus pasos.
Tras recorrer un kilómetro de asfalto, el coche que conduce Eduardo gira a la derecha y se adentra en un mar de viñedos. Avanza lentamente por una estrecha vía. Sería un acontecimiento poder ver un autobús tratando de abrirse paso. Eduardo habla del Consejo Regulador de la Denominación de Origen Calificada Rioja. Los vinos de Rioja Alavesa representan el 21,36% del Consejo Regulador, «pero pese a que somos parte de Euskadi, todos los intereses se manejan desde Logroño. Se supone que es una empresa privada, pero...», deja caer justo cuando el coche se detiene ante un viñedo. Es “Musco”.
Fernando ha llegado hace tiempo. Trabaja junto a José Ignacio, su tío, y una decena de temporeros. Son jienenses, de Quesada, un pueblo ubicado en la Sierra de Cazorla de casi 7.000 habitantes. La inmensa mayoría son temporeros. Herederos de los aceituneros a los que interrogaba Miguel Hernández. Llevan alrededor de una semana viviendo en Caños de Ebro, en una vivienda que el propio José Ignacio, su patrón, les ha proporcionado. Han acordado un salario de 7,5€/hora. Nada desorbitado, pero esta vez han optado por la seguridad. Quizá trabajando a destajo, a nueve euros el kilo, hubiesen ganado más, pero los “quizá” nunca aseguran nada.
«Ahora tienen sueldos y lugares donde vivir dignos. Sí que hay casos puntuales en los que no se hacen las cosas bien, pero eso pasa en todos sectores», explica José Ignacio. Luego, piensa y continua. «Si hasta hay una vendimiadora de Quesada que me llama para decirme las veces que se acuerda de mi comedor y que cualquier día se viene sólo para poder comer allí», asegura mientras recibe la aprobación de uno de los vendimiadores, que apenas ha levantado la cabeza para gritar un «es verdad».
Pero el de José Ignacio es un caso excepcional. Él mismo y Eduardo lo reconocen. «No todos ofrecen a los vendimiadores un piso amplio y en perfecto estado, pero tampoco creemos que haya gente trabajando en condiciones infrahumanas», explican.