|
|
|
El estudio de la religión
|
 |
|
José Serna Andrés
|
 |
La escuela pública será más plural y tolerante si acepta la inclusión de la enseñanza de diferentes orientaciones morales
|
|
A veces da la impresión de que en nuestro país se vuelven a debatir cuestiones propias del siglo XIX en el que verdaderamente existía un descrédito del concepto de religión. Quien piensa que el ateísmo militante es lo que más hace avanzar al propio ateísmo debe pensar en la situación de la religión hoy en países como Rusia o Polonia. Sí en cambio parece avanzar en nuestro mundo el agnosticismo que, sin ser militante, a veces también es propiciado por los propios errores de religiones excesivamente institucionalizadas.
La fenomenología, la psicología, la sociología, la historia y la filosofía tienen mucho que decir en el campo de la religión, y hoy se consideran ciencias, ciencias de la religión cuando entran en ese campo. Hoy la teología católica, por ejemplo, está dando grandes pasos en el estudio de las religiones no cristianas y lo hace con verdadero afán de diálogo porque su estudio contribuye también a una mejor comprensión de la fe cristiana.
Dicen algunos estudiosos de la religión -y esto también debería preocupar a más de una persona que no se considera religiosa- que el verdadero problema actual no es que no se crea en la religión, sino que se crea en cualquier cosa. La religión, en lugar de desaparecer, se ha convertido para algunas personas en un sucedáneo de un compromiso político -de izquierdas- que en un momento determinado tuvieron al alcance de la mano, pero lo han desechado. Hablan de paz, de tranquilidad interior, de autoestima, de religión privada, pero están más preocupados por sí mismos que por los demás.
¿Una determinada ley de educación que propicie o dificulte la enseñanza de la religión en la escuela pública va a resolver todas estas cuestiones? No parece que sea posible. Pero la religión, como la ética, la filosofía y la estética, se encuentran en el ámbito de la respuesta a las grandes preguntas de la humanidad. Esas preguntas pueden tener respuestas diferentes desde las grandes religiones o desde el rechazo a las creencias, y no hay duda de que miles de millones de personas se dejan implicar. ¿Por qué no tratarlo académicamente? A pesar de lo que muchas personas afirman, quienes de verdad estudian académicamente la religión cada vez se hacen más preguntas en profundidad y tienen menos respuestas definitivas.
Las religiones remiten al misterio o al absoluto, a los mitos, a los ritos, y a una moral particular. Las diferentes interpretaciones del misterio, los distintos relatos contenidos en los libros sagrados, las prácticas rituales diversas, y los principios de la moral particular de una religión no tienen por qué pelearse con una visión del mundo que deja a un lado una intencionalidad, considera que todo es fruto del azar, utiliza relatos que no son sagrados, tiene prácticas rituales laicas y se basa en una ética universal que en sus principios generales no tiene por qué oponerse a las morales particulares de las religiones. Es verdad que en las concepciones éticas, por ejemplo, hay matices diferenciales, pero se trata de matices. La moral de todas las religiones y las éticas laicas hablan del respeto a la vida y a los derechos humanos. Y es ahí donde se debe llegar a unos acuerdos mínimos. Después existen matices. ¿Por qué no se van a estudiar las morales particulares en la escuela pública? ¿Por qué no se va a poder estudiar una ética universal, que también tiene diferentes interpretaciones, en la escuela pública? En estos tiempos en los que hablamos de pluralismo y tolerancia, una escuela será más plural y tolerante si acepta la inclusión de diferentes orientaciones. Y no está mal que en estas cuestiones se avise con anterioridad a las familias sobre cuál es la orientación que se va a dar, para que la elección sea más democrática.
La religión, o las religiones, surgen de la pregunta por la muerte. Los libros sagrados de la humanidad son documentos para el estudio comparado y para el estudio interpretativo. Seguir empeñados en que las religiones no tienen una dimensión pública es cerrar los ojos a la realidad. Vincular religión a ignorancia de forma simple no lleva a un diálogo entre creyentes e increyentes, porque cuando la religión no se estudia académicamente triunfan las interpretaciones fundamentalistas y queda la religión en manos de la derecha.
Es verdad que conviene articular medidas para que quienes trabajan en los centros públicos tengan los mismos derechos y obligaciones que los demás, pero el trabajo académico de las religiones con su moral particular, y el de una ética universal que abarque todos los aspectos de la vida aún sigue siendo una tarea pendiente en nuestra sociedad. Es necesario un acuerdo no improvisado, sino duradero, y eso necesita más tiempo que el de la urgencia por promulgar una ley. |
|