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Catalunya y el oficio más viejo
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Robert Pastor
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El Ayuntamiento de Barcelona afronta la regulación de la prostitución en el marco de una ordenanza más general que también aborda el díficil tema del incivismo
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El gobierno catalán y el Ayuntamiento de Barcelona están decididos a abordar, y regular, la práctica del oficio más viejo del mundo. Tarea delicada y controvertida donde las haya, pero con propósitos inicialmente impecables: sacar a los/las trabajadores del sexo de la precariedad de la calle o las cunetas, protegerlas también de las redes de tráfico humano y reconocerles derechos personales y laborales.
La Generalitat todavía no ha concretado el proyecto. Lo ha hecho el ayuntamiento de la capital, gobernado por el mismo tripartito, en el marco de una ordenanza contra la plaga de incivismo que había degradado considerablemente la calidad de vida y hasta la estética de las principales calles del casco antiguo, tomadas por pedigüeños, pequeña delincuencia y turistas de borrachera, en expresión de la consellera Tura.
La normativa municipal, en coincidencia -fortuita o no- del despliegue de los Mossos d’Esquadra en la ciudad, la proyectó el PSC con fuertes sanciones, de entre centenares a miles de euros, contra la prostitución callejera (multas no sólo para quien presta el servicio, sino también para el demandante), el ‘‘top manta’’ (para el vendedor y el comprador) contra la mendicidad y, por supuesto, contra las acciones de aguas mayores y menores en la vía pública.
Pero las discrepancias entre los tres partidos no se limitan al Govern. Esquerra Republicana ya consiguió rebajar los listones. Donde decía mendicidad, ahora hay que leer petición de limosna organizada y/o con la utilización de menores o minusválidos. En cuanto a la prostitución callejera, la represión se limita a aquella que "excluya o limite otros usos de la vía pública" o cuando se mantengan relaciones sexuales en la misma.
Aún con esa bajada de tono, Iniciativa-Verds-IU no ha aceptado el texto, en una de las escasas rupturas de la coalición gobernante. Le parece todavía excesiva la persecución y sanción económica -por otra lado difícilmente ejecutable- a quienes piden caridad. Y también a quienes se ven en el trance de vender sus cuerpos, aunque sea a la vista del público.
El resultado final en votación fue de 20 a favor (PSC y Esquerra) y 21 abstenciones (9 de CiU, 7 del PP y los 5 de IC-V). Y es que el asunto se las trae, tanto el de la mendicidad com el de la prostitución. El primero, por razones de desamparo y necesidad social obvias. El segundo, porque no parece nada claro que, a pesar del cúmulo de buenas intenciones, recluir el ejercicio del oficio más viejo del mundo en locales cerrados mejorase la situación personal de las/los profesionales; más bien podría crear el efecto contrario al aumentar obligatoriamente sus gastos, y su dependencia -en ese caso obligatoria- de propietarios de inmuebles, sin evitar necesariamente la sumisión a explotadores, organizados o no en redes mafiosas.
La ordenanza, por otra parte, no tiene el alcance jurídico suficiente para incidir en otros aspectos como la sindicación, o la asistencia y la seguridad sociales de quienes ejercen el oficio llamado más viejo del mundo. Habrá que esperar y ver si, con o sin el nuevo Estatut, sale adelante en forma de texto la intención anunciada por el Govern Maragall, y si resulta mejor -menos malo- el remedio jurídico que la penuria actual.
Todo ello, sin perjuicio de la permisividad sexual, que ha sido una de las características, y también uno de los atractivos turísticos de la cosmopolita Barcelona y de la Catalunya marítima desde la noche de los tiempos, incluidos los tiempos de la noche dictatorial, donde los espectáculos nocturnos y lugares como la cinematografiada Casita Blanca, constituían excepciones más que notables, a menudo del nivel del otro lado de los Pirineos, en el clima de represión sexual generalizada de la época. |
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