|
|
|
¿Ascenso o declive?
|
 |
|
J. Gabriel Mariscal
|
 |
Sobran ejemplos de falta de criterio o visión de ciudadanos, autoridades y padres ante los nuevos retos
|
|
Después de describir el resultado de la conducta seguida por Augusto en el ámbito de la política y el de la depuración de la familia imperial, fundamentalmente por obra de su mujer, Livia, dice Tácito en el número 4 del Libro I de sus Annalium Libri que "trastocado el estado de la ciudad no quedaba ya rastro de la integridad moral prístina: dejando a un lado la igualdad, todos se limitaban a aguardar las órdenes del príncipe, no viendo temor alguno en el momento presente, mientras Augusto fuerte por su edad aseguró no sólo su propio poder, sino a su familia y la paz". Sin duda no pueden compararse las situaciones después de más de dos mil años. Creo, con todo, que algún aspecto del análisis de Tácito puede aplicarse a nuestra sociedad.
No parece exagerado pensar que, si atendemos al panorama que pintan día a día los medios, se ha perdido, o cuando menos se ha debilitado notablemente la escala de valores que, informada por la reflexión grecolatina, complementada y pulida por el Evangelio, reasumida por el Renacimiento y desarrollada después, plasmó en la Ilustración y en la Declaración de Derechos Humanos de la Revolución francesa. Parece que estamos ante el alumbramiento y la consolidación de una nueva escala de valores notablemente más ramplona, donde la dignidad de la persona fundada en el servicio a los demás, en la responsabilidad y en el cumplimiento del deber brilla por su ausencia clamorosamente; donde se adora el dinero, la ostentación y la comodidad; donde se tienen a flor de labio los derechos sin acordarse para nada de los deberes. Y desde luego los derechos que se creen propios, no los ajenos. Una sociedad al parecer con mucho "progre", pero de salón e improvisado, porque no parecemos seguir una línea ascendente, sino más bien un lamentable declive.
Contra lo que afirman algunos, nuestra sociedad no parece tolerante, sino que es permisiva. Tolerancia implica esfuerzo, tensión entre la seguridad y la comodidad que nos ofrecen nuestras convicciones, y el riesgo y la incomodidad de convivir con visiones diferentes del mundo y de la vida, siempre que sean respetuosas con la nuestra. Permisividad es dejación, es desidia, es no ignorar lo importante hasta que nos afecta directamente a nosotros. Tolerancia es actitud y conducta reflexivas, conscientes. Permisividad es actitud irresponsable: eludir la toma de conciencia de los problemas y de las obligaciones. Una sociedad permisiva tiende a ser una sociedad declinante.
Estas y otras razones revelan que, como en Roma, también el estado de nuestra sociedad se ha trastocado. No puede sorprendernos, pues la incapacidad política de nuestras instituciones y de la mayoría de quienes las rigen. Sin la convicción del ciudadano acerca de su necesidad, de su valor, del deber de apoyarlas y de colaborar a hacerlas eficaces y sin una voluntad decidida de ajustar la propia conducta a tal convicción, una institución pierde capacidad y eficacia. Como en tiempo de Augusto, mucha gente está esperando que se resuelvan desde ellas, no tanto los problemas de alcance e interés general, sobre todo cuando este interés puede ser en ocasiones opuesto al suyo propio, sino sus problemas particulares.
No es posible en unas pocas líneas describir el panorama de nuestra sociedad, a lo que se ve poco alentador, pero pueden ofrecerse algunos botones de muestra.
La incoherencia y la frivolidad normativa son a veces paradigmáticas. A cualquiera le ocurre pensar, que si el manejo de un instrumento encierra peligro, lo decoroso no es prohibir sus prestaciones potenciales, sino intentar estructurarlo de forma que ofrezca el menor peligro posible. Pues bien, ahí tenemos el automóvil. Todo lo que, al parecer, saben o pueden hacer nuestros gobiernos es imponer prohibiciones de velocidad, en vez de hacer lo único lógico y honesto: regular la producción, autorizando sólo la de vehículos capacitados técnicamente para la velocidad menos temeraria. Así prohibir la velocidad más que una norma, parece una forma de inducción a infringir la ley; unas veces delictivamente y otras con efectos meramente administrativos.
Otro caso típico es el del tabaco. Para eliminar suspicacias del agudo lector, diré que yo no fumo y que, además, me parece espléndido no hacerlo. Pero tampoco me creo fácilmente el cuento del "fumador pasivo", hijo, a mi entender, de pituitarias ultrasensibles y de integristas sanitarios. Entiendo que yo decida no fumar; pero, sintiéndome una persona libre, me parece ignominioso abandonar el cuidado de mi salud en manos de ninguna autoridad. En cuanto a la salud ajena, puedo entender ciertas normas en lugares de acceso necesario a otras personas por respeto a esas pituitarias exigentes, pero de ningún modo en locales de acceso libre y voluntario, como bares o restaurantes. La cuestión adquiere cotas de comicidad regocijante, cuando, en medio de este furor normativo, uno ve u oye generosos espacios de publicidad tabaqueril, a veces de estructura circense, por más que bastante hortera.
Un ejemplo inquietante de ineficacia política general es el de la inmigración. Basta una leve reflexión para que cualquiera pueda descubrir las ventajas y hasta la necesidad del inmigrante. No sólo no hay que ser racista, sino que hasta por evidentes razones culturales y biológicas debe verse en la inmigración un soplo de aire fresco renovador. Dicho esto, es preciso añadir que el fenómeno actual no es inmigración; esa avalancha que se convierte en una auténtica invasión. Y esto deja de ser ventajoso y necesario, para tornarse en algo sumamente arriesgado: no hay comunidad humana capaz de absorber razonablemente ese aluvión de personas, culturas y formas de vida variopintas, cuando no incompatibles entre sí y con las características propias. Asómese el lector al Reino Unido, a Holanda, a Francia, al Maresme …. De ello hablaremos en otro momento.
Finalmente hace poco más de un mes la Audiencia de Barcelona ha dado una prueba más de la permisividad irresponsable e imprudente de nuestra sociedad. Muchas personas de mi generación y quizá de la siguiente, si no todas, hemos recibido en uno u otro momento un bofetón de nuestro padre o nuestra madre. Incluso alguna solemne paliza. Y no nos ha supuesto ningún trauma. Lo hicieron con amor, sin inhibirse ante un soplamocos en caso necesario, porque, al margen de declaraciones teóricas, hay momentos en que pretender reflexionar con una persona -más si es un niño- no hace sino afincarla en su error. Pues bien, según "La Vanguardia" (22.09.05, p. 37), la Audiencia mencionada ha reprochado públicamente "que la Generalitat justifique un azote por el deber de educar". Yo me pregunto: ¿qué sociedad podemos esperar, si hay jueces que, en vez de defender con energía a padres y profesores responsables, osan interferirse más allá de actitudes y actos delictivos, aunque sean familiares, como es su deber, en algo tan íntimo y sagrado, para lo que nadie les dio vela, como el derecho-deber de unos padres de educar a sus hijos también con un azote, cuando ellos -no los jueces- lo creen preciso?
Estos ejemplos, y otros muchos, son, a mi entender, una muestra de la falta de proyecto, de visión, de criterio y quizá de inquietud que, frente a los retos de nuestra época, afecta a ciudadanos, padres y autoridades. Da la impresión de que el vocerío de algunos demagogos, la desidia, la dejación del deber por comodidad y el objetivo electoral son mucho más importantes que el servicio al interés general y la labor pedagógica necesaria para reunir en torno a ese interés a la mayoría de la población. Ojalá me equivoque, pero creo que si no encontramos una forma nueva y más adecuada de regular y regir nuestra convivencia, abocaremos sin remedio a una nueva barbarie. Lo empezamos a ver cada vez con mayor nitidez. Mal legado a nuestros hijos y a nuestros nietos. |
|