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EL LACRIMARIO
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Los humanos lloramos tanto de felicidad como de pena. El sollozo húmedo, el brillo acuoso de los ojos es un desahogo del alma
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Carmen Torres Ripa
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El dolor transforma la pena en agua al convertirse en lágrima. Es un misterio del ser humano convertir la tristeza en un líquido transparente y salado. Una lágrima puede ser tan valiosa como un brillante. Quizás, por eso, los poetas comparan en su lenguaje las lágrimas con las piedras preciosas. Hay corazones tan duros que pueden pasar por la vida sin derramar una lágrimas y si, por un descuido del corazón, sus ojos son capaces de nublarse, en otros tiempos tenían cerca un lacrimario. Un frasco de cristal para guardar lágrimas. Para algunos mandatarios de la historia, su lacrimario era lo mas valioso de sus pertenencias. Era tan trascendental este minúsculo recipiente que llevaban siempre consigo un esclavo portador de este precioso envase. Un guerrero no podía derramar una lágrima sin que costase que lo había hecho. Era el fruto de su sensibilidad momentánea. Un derroche del alma que no se lo podía llevar el aire.
En el museo de Ebla (Siria) en una vitrina especial, se guardaban lacrimarios sin nombre. Lacrimarios que pertenecerían a alguien importante que no quería desperdiciar su capacidad de derramar agua. Me pregunto cuántas lágrimas necesitaría un guerrero para llenar un frasco. No se conservan los datos de los propietarios de las lágrimas derramadas. Se apuntan las batallas, las victorias, incluso el número de mujeres de un harén, pero las lagrimas…
Preter Ustinoc, convertido en Nerón, guardaba el precioso líquido en una delicada botellita. ¿Hasta dónde llegó el dolor del emperador? Creo que a dos gotas. Justo dos gotas para que el mundo, a través del cine, conociese esa costumbre que Nerón rescató de los pueblos orientales. La película "Quo Vadis" guardó la memoria de la historia y es bonito ver de cerca que esa historia existió en Siria y no fue un recurso cinematográfico, sino una realidad de la excentricidad del hombre.
Pienso que a lo largo de mi vida, sólo con mis lágrimas, hubiese llenado todos los lacrimarios de la vitrina que se exponía en Siria. No es porque sea una mujer triste, pero los seres humanos lloramos tanto de felicidad como de pena. El sollozo húmedo, el brillo acuoso de los ojos, la emoción de un instante de placer, es un desahogo del alma. Los que nos dedicamos al noble oficio de las letras, decimos que escribir es morir un poco, llorar por uno mismo. Una sensación inexplicable pero cierta. Nos desahogamos en el papel, es decir echamos el agua de nuestros demonios o nuestros ángeles, fuera de nosotros mismos. Dejamos en el regazo de los lectores nuestra intimidad más desnuda. No sé si es justa esta solemne desfachatez de abandonar las alegrías y angustias en los sumisos lectores. Unos delicados seres que con nuestras palabras llegan a ser capaces de llorar o lanzar al aire una sonora carcajada. De todos modos, no siempre tenemos el cuerpo dispuesto a la risa. La alegría va y viene sin pedirnos permiso para entrar o salir de nuestro cuerpo. No se puede forzar el instinto de escribir, como tampoco se pude forzar el del sufrimiento. Sólo los actores son capaces de dominar el alma humana y provocar el engaño en el espectador. Cuántas veces nos hemos sorprendido de las lágrimas de algunos genios de la interpretación. ¿Lo harán con una cebolla en el pañuelo? ¿Se acordarán de la enfermedad de un amigo? Y nuestra cabeza -rasa en la fantasía de vivir en la piel de otro- fuerza un razonamiento imposible. Un actor puede hacer reír aunque le duelan las muelas. Es el milagro de la profesionalidad. Se es profesional o se es impostor en la vida. ¿Qué fueron al final los dueños de los lacrimarios de Ebla? Quizá farsantes, acróbatas del disimulo. Quizá fingieron para demostrar la ternura que no tenían o la compasión de la que carecían. Nadie nos contará la realidad, pero ese relicario de lágrimas es un talismán del tiempo. |
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