En un mismo día escucho dos veces la calificación de “intelectual” de forma paradójica: un Julio Ibarra entusiasta, acompañado de Jon Sarasua, dirigiéndose a los bertsolaris como «artistas» e «intelectuales» en un especial bilingüe en ETB-2, donde por una vez, el español rindió pleitesía al euskera en una situación atípica de diglosia (convivencia de dos o más lenguas distintas, con un rango de uso diferente, en una misma zona geográfica); y el segundo caso: Ana García Obregón se autodenomina «intelectual» ante “News of the World”, tabloide británico, ante el ataque de la mujer de Beckham. Cualquiera pervierte el sentido real de una palabra, pero no cabe duda no ya el mérito artístico de la creación de un bertso, que según afirmó Andoni Egaña en “Pásalo”, se acerca más al spot publicitario que a ningún otro concepto discursivo, sino la humildad y la grandeza de los bertsolaris.
Porque tiene un mérito extraordinario poner el ingenio, la agilidad y la reflexión al servicio de la comunidad parlante con una naturalidad aplastante. Desde mi más tierna infancia, mis profesores de euskera no hacían carrera conmigo, ya que era incapaz de construir un bertso de campeonato escolar.
Existen diferentes formas de inteligencia, y la de la creación repentina es una de la más portentosas. No creo en los test de inteligencia, aunque entiendo que “El gran test de inteligencia” (Antena 3) reúna los requisitos para ser un concurso a nivel individual y colectivo. Sobera fue así de contundente: «Los hipotecados son más inteligentes» y «Andalucía, País Vasco y Navarra son las comunidades más inteligentes». En toda sociedad existen grupos cuya tarea especial es proveer una interpretación del mundo para dicha sociedad. La llamada “intelligentsia”. No puedo con los asépticos test, con la soberbia intelectual, ni con la nula inteligencia emocional...