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Derecha descentralizadora
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Robert Scarcia
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La victoria de los conservadores en las elecciones federales canadienses del lunes 23 de enero implica un cambio al mando de la federación dominada desde 1993 por el partido liberal. El primer ministro electo Stephen Harper ganó con más del 36% de los votos, 124 escaños, lo que le permite constituir un gobierno de minoría.
Los retos del nuevo gobierno son claros: menos presión fiscal, más gastos militares con la posibilidad de una participación en el programa americano de defensa misilística, políticas de seguridad más severas, y tal vez un acercamiento a la posición de EE.UU. en el Tratado de Kioto.
Se trata de un giro hacia la derecha. Sin embargo, Harper aseguró que quería defender el sistema sanitario público, el bilingüismo (inglés-francés) de los servicios federales, una política de inmigración abierta, y prometió acatar la ley 101, la Carta de Lengua Francesa que establece la supremacía del francés en Quebec.
Lo más interesante es la posición de Harper acerca de la dinámica del federalismo, porque podría interpelar a actores políticos y opinión pública en Euskadi, Catalunya y el Estado español en su conjunto. Harper tiene perfil de descentralizador de las competencias en favor de las provincias. Históricamente en Canadá el Partido Conservador ha solido ser el partido de la descentralización. El conservador Joe Clark fue el que a los finales de los años 70 definía Canadá como una ‘‘comunidad de comunidades’’. Fue Brian Mulroney, también conservador el que en los 80 prometió incluir en la constitución canadiense la cláusula de la ‘‘sociedad distinta’’ para subrayar la diferencia de Quebec en el contexto de Canadá. El mismo Mulroney propuso en 1992 el referéndum sobre el Acuerdo de Charlottetown, que estipulaba poderes inesperados para las provincias.
Todas aquellas iniciativas fracasaron de forma distinta, pero todas a causa de un único adversario: la idea ‘‘trudeauista’’ de un gobierno federal fuerte. El ‘‘trudeauismo’’ sobrevivió su padre fundador, el antiguo primer ministro federal el liberal Pierre Trudeau, pero dicha idea no impidió que los soberanistas quebecois en 1995 casi ganaran el referéndum (58 mil votos de diferencia). El ‘‘trudeauismo’’ exasperó la histórica ‘‘alienación’’ de las provincias del oeste con respecto al poder federal en Ottawa, como lo demuestra el escaso número de diputados liberales originarios del oeste canadiense a lo largo de los años.
La descentralización que ha prometido Harper empieza con el arreglo del ‘‘desequilibrio fiscal’’: el gobierno federal tiene superávit, las provincias, que tienen competencias sociales y de desarrollo, están en déficit. Se trata entonces de permitir importantes niveles de financiación de las provincias.
En Quebec las elecciones acaban de levantar un terremoto político. Harper ha ganado diez diputados, nueve de los cuales a costa del soberanista Bloc Quebecois.
Los soberanistas no habían previsto que en Quebec pudiese cuajar el mensaje de Harper, un antiguo director de una fundación marcadamente pro-americana con simpatías neoconservadoras. ¿Cómo ha podido una provincia cuya opinión pública estaba al 90% en contra de la guerra en Irak tener confianza en un hombre como Harper que en 2003 dijo que Canadá tenía que luchar codo a codo con los americanos?
La respuesta está en un discurso que podría tener importancia histórica en el tira y afloja que existe en las complejas relaciones entre Canadá y Quebec. En plena campaña electoral Harper prometió una visibilidad mayor de Quebec en las instituciones internacionales. Se trata de la más explícita validación política de lo que se conoce en Quebec como ‘‘Doctrina Gerin-Lajoie’’. Dicha doctrina reivindica la extensión a nivel internacional de las competencias provinciales de Quebec y pide que Ottawa consulte a Quebec antes de firmar tratados internacionales que afecten sus competencias provinciales. Manteniendo las distancias entre tradiciones políticas distintas de las diferentes orillas del Atlántico, se trata de lo que pedían las reformas de los estatutos vasco y catalán a Madrid en materia internacional.
Si las promesas de Harper resultaran ser verdaderas, una mayoría de quebecquenses podría recuperar la ilusión en el federalismo canadiense. La pérdida de voto popular (del 49% en 2004 al 42% ahora) de los soberanistas indica que los electores de Quebec están dispuestos en darle al federalismo canadiense otra oportunidad.
Irónicamente es un partido conservador el que puede marcar pautas en las que podría inspirarse el gobierno Zapatero. |
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