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Desde el centro
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A Bush no le gustan los coches
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Carlos Humanes
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Cada vez esta más claro de que el presidente Bush no es un simpatizante de los automóviles. Al menos de los que fabrican los propios estadounidenses. Ayer, en una entrevista publicada por el "Wall Street Journal", el presidente de EE.UU. negó tajantemente la posibilidad de que los tambaleantes constructores automovilísticos pudieran recibir algún tipo de ayuda pública que les ayudase a superar la violenta crisis que atraviesan. Semejante canto a la libertad de empresa y al mercado en estado puro contrasta con los apoyos públicos que han recibido otros sectores como las aerolíneas y las empresas siderúrgicas. Las compañías denuncian y sobre todo, sus trabajadores, que no figuran precisamente entre los fieles más incondicionales del inquilino de la Casa Blanca. También ayer el gran gigante del sector automovilístico, General Motors, anunció que en 2005 había perdido 8.500 millones de dólares, en las que fueron sus peores resultados desde 1970. Las causas hay que buscarlas en un relativo descanso de sus ventas, pero sobre todo en los devastadores que resultaron sobre su cuenta de resultados, que tienen las coberturas sanitarias y de pensiones que acreditan sus trabajadores. Para su segundo mandato Bush exhibía dos grandes argumentos: mayor recorte de impuestos y solución al problema de las coberturas sociales. El primer objetivo quizá termine consiguiendola a costa de dañar aún más las deterioradas financiaciones publicas estadounidenses. Lo que parece más allá de sus capacidades es lograr un modelo definitivo que solucione la gran crisis por la que atraviesa el modelo sanitario y las pensiones en Estados Unidos. Su alegre e incontrolada liberalización acabó generando unos aumentos de precios que al final están resultando inasumibles para las compañías que emplean importantes cantidades de trabajadores. |
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