El Palacio Euskalduna se convirtió ayer en una zona de poteo, en la catedral del vino. Como quien acudiera a Ledesma, Pozas o al Casco Viejo, el salón A2 del centro congresual fue ayer un punto de referencia para txikiteros. Sin embargo, no se trataba de ésos que amenizan los bares con sus cánticos y quedan en cuadrilla todos los días a la misma hora y en la misma taberna -aunque también pudieron asistir al evento-, sino de paladares más exquisitos, de ésos que catan, degustan y al final, escupen, aunque evidentemente no se trate de ningún acto de repudio. El proceso de cata y degustación así lo requiere. Son txikiteros de alto standing.
Ya Neruda dedicó su particular oda a esta bebida-"vino, liso como una espada de oro: suave como un desordenado terciopelo; vino encaracolado y suspendido; amoroso, marino- y en esta ocasión, una vez más le tocaba el turno de hacerlo al Salón Bizkai-Vinos, de la manera que mejor sabe, a lo grande. En su séptima edición, un total de ciento cincuenta bodegas estatales e internacionales se citaron durante todo el día de ayer en el Palacio Euskalduna, cántaro en el que se vertieron además de vinos, catas de aceite, conferencias y mesas redondas, todo ello aderezado con una pizca de sapiencia de la mano de los mejores profesionales del entorno vinícola y hostelero.
Además de las conferencias de Sofía Martín y Jesús Sutil, también hubo una parte del programa dedicado al debate. Así, la mesa redonda "Comercio del vino. Nuevos horizontes", contó con la presencia de importantes profesionales como Quim Vila, Juan Luis Pérez de Eulate, Jesús García, Asier Larrauri o Dimas Ganboa.
Una particular degustación
Además, y gracias a la presencia de los sumilleres catalanes Manel Pla y Agustí Peris, se contó con una peculiar degustación. El stand de la "Rueda de sabores y aromas con vinos de Euskal Herria" llamó la atención de un importante número de aficionados al caldo favorito de Baco. La curiosidad es el mayor de los atrevimientos y ayer fue la que incitó a adentrarse en lo desconocido. Así, en un lugar en el que el protagonista era el vino, un puesto de hortalizas, frutas y especies, cuanto menos, llamaba la atención. Se hacía notar y atrajo al público. El color naranja de las zanahorias, el verde de las judías o la textura del clavo o la violeta no pasaban desapercibidos.
En pequeños grupos de cuatro o seis personas, la gente era invitada a participar. Lo primero era jugar a la ruleta, y en ella salía el nombre del caldo a degustar. «Txakoli», afirmaron Pla y Peris y seguidamente sirvieron una copa a cada uno de los presentes. «Nos han dejado solas», comentaba un par de amigas que vieron cómo sus maridos preferían «no probar experimentos».
Después de degustar un Bizkaiko txakolina, surgió la pregunta: «¿Qué os sugiere?». Una de las respuestas fue rápida: «A mí limón y manzana». Así continuaron las sugerencias y como consecuencia, los sumilleres troceaban cada uno de estos alimentos y al final los trituraban junto con agua. Los ingredientes finales fueron manzana, cacao, leche en polvo, pulpa de limón, espárrago verde y endrina, una mezcla que fue probada por las protagonistas del experimento. Al final, el resultado fue satisfactorio aunque el sabor definitivo en poco se asemejaba al del txakoli. |