El 1 de febrero de 1896 los ciudadanos de Bilbao vivieron un acontecimiento totalmente novedoso no sólo en la villa sino en todo el país. Por primera vez, la fuerza de la electricidad sustituía a la del motor de vapor o a la más primitiva de hombres y animales, el denominado motor de sangre. El protagonista de este singular acontecimiento fue el tranvía de Bilbao a Santurce, línea inaugurada en 1882 y explotada desde entonces arrastrando sus vehículos con el sufrido esfuerzo de caballos y mulas.
Los primeros años de servicio, y ante la inexistencia de competencia por parte de otros medios de transporte, el tranvía de caballos resultó ser un interesante negocio para sus promotores. Sin embargo, la construcción en 1888 del ferrocarril de Bilbao a Portugalete pronto le restó viajeros, ya que las locomotoras de vapor permitían reducir notablemente el tiempo de viaje entre las localidades de la margen izquierda del Nervión y la capital vizcaína. La única alternativa para los promotores del tranvía se encontraba en modernizar el servicio, y pronto estudiaron diversas alternativas.
La primera de ellas fue la de intentar aplicar la fuerza del vapor a sus tranvías. Sin embargo, y a pesar de realizar alguna experiencia en este sentido, pronto se vio que circular con pequeñas pero humeantes locomotoras de vapor a lo largo de la carretera de Bilbao a Santurce, y sobre todo, por las calles de las poblaciones atravesadas, resultaba poco apropiado, por lo que rápidamente se desechó la idea.
La segunda experiencia se desarrolló en 1890 y consistió en diseñar un tranvía eléctrico impulsado por baterías, a fin de evitar la notable inversión que suponía la instalación del tendido eléctrico. Fácil es suponer que, si pasado más de un siglo, la tecnología de la tracción eléctrica mediante acumuladores sigue encontrándose todavía en mantillas, en aquella época su capacidad era muy limitada, por lo que el invento no debió de dar muy buenos resultados.
Como sucede en muchas ocasiones, en este caso la tercera fue también la vencida. En 1894 la sociedad colectiva José Isaac Amann, impulsada por un destacado comerciante bilbaíno, muy conocido en la villa por sus famosos "Grandes Almacenes Amann" situados en pleno corazón de las siete calles, adquirió las empresas que entonces gestionaban los tranvías de Bilbao a Santurce y a Algorta. El nuevo propietario y sus socios, entre los que destacaba el ubicuo Víctor Chávarri, pudieron aportar el capital necesario para efectuar las obras de electrificación así como para el establecimiento de una central térmica para la producción del fluido eléctrico en Burceña, trabajos que se realizaron con tecnología alemana de la casa Algemenine Elecktritäts Gesellschaft, complicado nombre que a simple vista poco puede decir al lector, aunque si se fija en las iniciales de estas palabras, pronto verá que corresponden a una reputada marca germana de equipos eléctricos, la A.E.G. de Berlín.
Por lo que respecta a los vehículos, en lugar de adquirir nuevas unidades, se procedió a dotar de los necesarios equipos de tracción a los tranvías empleados hasta ese momento en el servicio. El motor de sangre, para lo que la empresa contaba con 168 semovientes entre mulas, machos y caballos, fue sustituido por modernos motores eléctricos también fabricados por la AEG.
Tras un largo periodo de pruebas para la puesta a punto del sistema, del que hay que insistir en su carácter pionero, ya que era la primera vez en el Estado que se aplicaba la fuerza de la electricidad al transporte terrestre y por tanto se carecía de cualquier experiencia previa al respecto, el día 1 de febrero de 1896, hace ahora 110 años, se procedió a la inauguración del tranvía eléctrico entre Bilbao y Santurce. A pesar de las lógicas dudas y el escepticismo existente, pronto se comprobó que el nuevo motor sustituía con ventaja al de sangre, reduciendo los tiempos de viaje y mejorando notablemente las comunicaciones de Bilbao con Baracaldo, Sestao, Portugalete y Santurce. Por ello, sus promotores pronto procedieron a electrificar la línea de Algorta, puesta en servicio en dos fases, primero desde la capital vizcaína hasta Las Arenas, el 10 de noviembre de 1896, para culminar la obra el 15 de marzo de 1897.
El ejemplo pionero de Bilbao pronto fue seguido por otras capitales del Estado. Así, San Sebastián completó la electrificación de sus tranvías en el otoño de 1897, Madrid inauguró los primeros servicios en 1898 y Barcelona le siguió un año más tarde.
El tranvía desapareció en los años cincuenta al no poder hacer frente al imparable auge del automóvil, frente al que toda alternativa de transporte público resultaba un estorbo. Afortunadamente, 110 años después de la electrificación de los primeros tranvías, la tracción eléctrica, de la que hay que recordar es la única capaz de aprovechar con eficacia las fuentes de energía renovables hoy conocidas, mantiene un innegable protagonismo en los transportes públicos de Vizcaya, tanto en los servicios de cercanías de Renfe, Feve y EuskoTren, como en el Metro, que en la actualidad recorre los mismos itinerarios que cubrieron los primeros tranvías eléctricos, así como en el renacido tranvía de EuskoTren. Todos ellos son deudores de una arriesgada decisión empresarial tomada por un puñado de comerciantes e industriales bilbaínos que no dudaron en dotar a la villa de la tecnología más moderna del momento.
Juanjo Olaizola Elordi es Director del Museo Vasco del Ferrocarril (EuskoTren). |