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07-02-2006
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El chiste
José Luis Úriz Iglesias
Estamos empeñados en vivir mirándonos el ombligo ignorando que muy cerca cientos de millones de seguidores del islam nos exigen respeto a sus creencias. Ahora su terrible reacción nos asusta
Desde el nacimiento de la prensa escrita el chiste o mejor dicho las viñetas chistosas de los periódicos han ido alcanzando cada vez una mayor presencia, y un efecto social más importante. En algunos casos esa viñeta marca la línea editorial de cada día, y al verla ya te haces una idea de cuál es la noticia de mayor importancia, o al menos la que la dirección de cada medio quiere resaltar.

Pero lo que nadie, ni siquiera los más refutados analistas, podía pensar era que una viñeta como la aparecida en el diario danés "Jyllands Postem" pudiera originar una crisis de carácter internacional, y que ese peligro ya evidente de "choque de trenes" entre diferentes culturas, en concreto entre Oriente y Occidente, o si se prefiere entre el islam y el mundo occidental, se viera llevado al límite por algo en principio tan intrascendente. Intrascendente, y ése es el gran error, para nuestra mentalidad occidental.

Al ver la caricatura de la discordia, a uno le parece inconcebible que pueda originar tanto tumulto. Desde una mentalidad moderna, progresista, y laica es muy fácil hacer ese análisis, aunque precisamente por eso se nos debe exigir un mayor esfuerzo por comprender al "otro", al que no piensa como nosotros, y ahí viene el gran problema.

El islam es el gran desconocido a pesar de tenerlo tan cerca, y al mismo tiempo tan lejos. Observamos con recelo, y más después de los dramáticos 11-S y 11-M sus costumbres, aunque antes nos hacía una cierta gracia lo del Ramadán, o su aversión a la carne de cerdo. Pero lo que muy pocos sabíamos era que a su profeta Mahoma (que curiosamente decía se comunicaba con su Dios a través del arcángel San Gabriel, que le dictó el Corán) no se le puede poner cara, ya que eso supone una gravísima ofensa para ellos…, y ellas.

Quizás ese desconocimiento nos haya pillado por sorpresa a los orgullosos occidentales, empeñados en vivir mirándonos el ombligo ignorando que cerca, muy cerca, cientos de millones de seguidores del islam nos exigen respeto a sus creencias. Ahora su terrible reacción nos asusta. Sabemos que nuestra fortaleza no es tan inexpugnable, y que incluso el "enemigo" (terrible palabra) está también dentro.

Pero esta crisis abre dos debates inacabados, o quizás mal afrontados, el de la cada vez más difícil situación social, económica y política de los países de mayoría musulmana, esa gran asignatura pendiente de los países occidentales, y el de si la libertad de expresión tiene o no límites.

En mi opinión sí los tiene, porque además del de la libertad de los demás, exige una gran dosis de sentido común, a veces el menos común de los sentidos. Estoy convencido que la mayoría de los creadores de viñetas de nuestros periódicos, incluso de los que deciden su edición, ignoraban que poner a Mahoma con cara, o burlarse de él, significaba una gravísima ofensa para millones de sus seguidores. Por eso la libertad de expresión se tiene que ejercer desde la inteligencia y la sensatez.

Puede ser que como consecuencia de la peligrosa situación creada, paradójicamente traiga como consecuencia que a partir de ahora se tenga mucho más cuidado con estos temas.

Pero se nos debe exigir ir más allá de conseguir que en lo sucesivo se tenga más respeto a la hora de caricaturizar los símbolos del islam. El 21 de septiembre de 2004 ante la Asamblea General de las Naciones Unidas, José Luis Rodríguez Zapatero proponía lo que definió como una "Alianza de Civilizaciones", y más concretamente entre el mundo occidental y el árabe o musulmán. Esa propuesta tropezó con la incomprensión, incluso con la burla de algunos. Supongo que muchos de ellos verán ahora con mejores ojos esta propuesta, y ojalá que ayuden a impulsarla.

El primer paso sería intentar conocernos y respetarnos. Estudiar qué está ocurriendo, y el porqué del odio y el sentimiento de venganza que surgen en acontecimientos como el comentado. Preguntarnos cómo es posible que miles de personas se lancen a la calle y quemen sedes diplomáticas, produciendo sólo daños materiales porque ya no había nadie dentro. Analizar especialmente los efectos demoledores de las desigualdades y las fracturas sociales en esos países, así como sus motivaciones políticas y religiosas por muy aberrantes que nos parezcan.

Todo ello nos va a exigir una gran dosis de generosidad y de imaginación. Pero la alternativa es la otra imagen terrible de estos días: la de la reacción de los grupos neonazis escandinavos.

A lo ocurrido con estas desafortunadas viñetas se añade la noticia del apabullante triunfo de Hamas en las elecciones palestinas. Cometeríamos un irreparable error si no reaccionáramos con sensatez ante lo que está ocurriendo. Por eso me parece muy inteligente el didáctico artículo "la Alianza de Civilizaciones, una ambición para nuestro siglo" que Zapatero escribe en la revista "Temas para el debate", recomendando su pausada lectura. Aunque parece estar escrito antes de los últimos acontecimientos, en él expone muchas de las claves para salir de esta crisis, y para evitar las futuras.

Hace unos años Umberto Eco escribía en un artículo que estábamos entrando en una segunda Edad Media. Coincidí con su apreciación, y me temo que ahora estemos de lleno en ella. Pero podemos aprender de la historia, y evitar que para salir tenga que ser, como en la primera, a costa de la caída de Constantinopla.

Para eso es fundamental que nos tomemos en serio lo que está pasando, y comencemos a trabajar en esa Alianza de Civilizaciones. Antes de que sea demasiado tarde.
Ripa
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