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07-02-2006
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Alberto Martínez posa junto a un camello y frente a un viejo castillo de barro durante su concurso en el Tour de Qatar. Arriba, a la derecha, el pasaitarra posa con unos halcones antes del inicio de una etapa. Sobre estas líneas, una imagen curiosa de la carrera. Alberto Martínez y A.S.O.
VIVENCIAS DE UN CICLISTA VASCO EN EL EMIRATO DE QATAR
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Alberto Martínez relata la experiencia vivida en Qatar, el país más rico del mundo pese a tener la mitad de superficie que Euskal Herria y menos de un millón de habitantes
Unai Larrea Bilbao
El TOUR de Qatar es un capricho de los jeques que rigen su federación. Pagan una fortuna a ASO, empresa organizadora del Tour de Francia, para que les preste su apoyo logístico y resonancia mediática. Por algo Qatar, península que nace en Arabia Saudí y se adentra 160 kilómetros en el Golfo Pérsico, es el país más rico de la Tierra, con una renta per cápita de 39.607 dólares en 2005 pese a que su población no alcanza el millón de habitantes y su extensión, de 11.437 kilómetros cuadrados, es inferior a la de Euskal Herria (20.664 km2). La "culpa" es del petróleo y del gas natural que exporta.

El Tour de Qatar, de cinco días, ha hallado estratégico acomodo a finales de enero, fechas en que los ciclistas buscan básicamente buen tiempo, buenas carreteras y alojamiento confortable para ir adquiriendo ritmo de competición. El Tour de Qatar se disputó la pasada semana, lo ganó Boonen y lo corrieron dos vascos, Aitor Galdos y Alberto Martínez. El segundo, pasaitarra del Agritubel, regresó el domingo a Euskal Herria y ayer relató a DEIA la intensa experiencia vivida. Éstas son sus reflexiones.

El viajeParís-Qatar, seis horas

«El avión lo cogimos en París, un vuelo regular de Qatar Airlines, París-Doha, seis horas y media. El avión era de nivel medio-alto, con televisión individual, buena comida... La primera impresión al llegar a Qatar no fue muy positiva. Los camioncillos en que metimos las bicicletas y los autobusillos que nos recogieron eran bastante antiguos, más propios del Tercer Mundo. No obstante, fue llegar al hotel y cambiar por completo nuestra percepción».

El hotelHasta Bill Clinton

«El hotel en que nos alojábamos los equipos y la organización, el Ritz Carlton, es impresionante. Tiene 374 habitaciones. No ocupábamos las más grandes, pero la medí por curiosidad y rondaría los 65 metros cuadrados. Las camas eran enormes, te arreglaban la habitación dos veces al día. Despacho, sofás, bañera gigante... Dormimos allí todos los días. Dos o tres días tuvimos que acceder por una puerta trasera, porque había una conferencia económica y las medidas de seguridad eran enormes pues acudieron varias familias de jeques reales, Bill Clinton... En la puerta principal sólo se veían Ferraris, Lamborghinis, BMWs y Mercedes que ni se conocen en Europa. El hotel tenía dos pistas de tenis cubiertas, tan grandes como cualquier polideportivo de aquí. Tenía una piscina cubierta que si no era olímpica poco le faltaba... Nueve restaurantes, suites de 190 metros cuadrados y 1.000 euros la noche...».

La capital, DohaNueva York en obras

«Hace poco, Doha era desierto. En un radio de 15 kilómetros, la ciudad no existe aún, está en construcción, pero ya planificada, con calles y avenidas dibujadas. Se va a convertir en una Nueva York. Nuestro hotel estaba a ocho kilómetros del centro financiero, pero en cuatro años estará enclavado en el centro geométrico. El centro es espectacular, presidido por enormes rascacielos, tipo Nueva York. Hay centros comerciales enormes, y todas las marcas del mundo tienen tiendas allí, incluida Zara. Lo que más había era joyerías y relojerías, y muchos restaurantes europeos. En el mismo centro, no era complicado hallar zocos. Allí se concentran las tiendas más turísticas, como en el zoco de Estambul: souvenirs, ropa, electrónica... Se podía regatear. El árabe es la lengua oficial, pero el inglés es cooficial. Su moneda es el Riyal: cuatro riyales equivalen a un dólar. Apenas circulan monedas, son todo billetes. Los precios son muy similares a los de aquí. Al estar prohibido el alcohol, sólo se ven bares de reuniones, en los que la gente fuma de sus cachimbas y toma té».

El estilo de vidaLa zurda no se usa

«Los qataríes no mueven un dedo. Se dedican a dirigir sus empresas, a gestionar sus fortunas y a vivir la vida. Los puestos de trabajo, ya sean azafatas, camioneros, camareros o tenderos, los ocupan extranjeros, sobre todo filipinos, hindúes, pakistaníes... El 95% de la población es musulmana. Qatar es uno de los países más conservador y estricto en materia religiosa. Casi todas las mujeres van tapadas de arriba abajo. Si te encontrabas con un jeque y su esposa en un ascensor, él hacía todo lo posible para que no la mirases, incluso colocarse delante de ella. Sin embargo, casi todas las mujeres conducen, y van con el burka al volante de coches impresionantes, principalmente todoterrenos. No hay delincuencia. Son muy estrictos. Ellos dejan el coche abierto de par en par. Si descubren a un extranjero robando, lo devuelven a su país inmediatamente. Una anécdota: el primer día, nuestro director se olvidó el móvil en el bufé, y una de las empleadas lo cogió. Reaccionamos rápido y llamamos al teléfono, con lo que éste empezó a sonar en el bolsillo de la camarera. Se puso roja como un tomate. Llegaron el jefe de los camareros y el director del hotel, le agarraron de mala manera y se la llevaron a rastras. Seguro que ésa ya está en Filipinas. Tienen unas costumbres peculiares. Es de muy mala educación usar la mano izquierda, y menos para dar nada a nadie, porque se supone que sólo puede emplearse para la limpieza personal. También está muy mal visto que cruces las piernas y dejes a la vista la planta del pie. Lo de los eructos no lo viví, pero sí tienen un modo peculiar de comer. Un día, en el bufé de antes de la etapa, comimos en el suelo. Ellos sólo utilizan la mano derecha, sin cubiertos. Cogen un trozo de cordero y arroz en el puño y se lo llevan a la boca. Y si ven un trozo bueno de cordero, en señal de cortesía se lo tiran al plato de su invitado, aunque salpique».

Los lugaresCamellos y refinerías

«El 90% de la población se concentra en la capital, por lo que el resto del país es prácticamente un desierto, pero no de dunas, sino de piedras. El país es totalmente llano, pero totalmente. Durante las etapas no veíamos más que asfalto y tierra, toda amarilla. Atravesamos algún pueblecito de casas bajas, nada que ver con la capital. Eso sí, todos los días salíamos de algún sitio especial. El segundo día salimos de un hipódromo para camellos, y vimos una carrera. Antes, los jinetes eran niños, pero lo prohibieron y ahora los "jo-ckeys" son unas maquinitas con una especie de fusta en un extremo que van girando y golpeando al camello en el culo. Otro día salimos de un castillo bastante pequeño, de barro, que debe de ser lo más turístico y tradicional que tienen por allí. Otro día nos hicieron una demostración de cetrería, con halcones... Otro día salimos de un "ressort" turístico enorme, en el que habían construido un hotel inmenso, una playa artificial, zonas de césped y palmeras... Desde allí vimos, al fondo, una refinería, pero allí las refinerías están valladas en todo su perímetro y está totalmente prohibido sacar fotos».

La carreraNi cuestas ni público

«No hubo un solo repecho en las cinco etapas, y es que la cota más alta del país no alcanza los cien metros. Lo más duro que subimos sería un repecho de 500 metros al tres por ciento. Si le sumamos el viento, no es de extrañar que Boonen ganase la general. Qatar no es un país para el ciclismo, por el viento. Desde el kilómetro 0 íbamos por la cuneta, formando abanicos y tragando arena. En cuanto se aceleraba un poco, la carrera se rompía en mil pedazos. Las carreteras, eso sí, son buenísimas. El problema era que el arcén no estaba demasiado limpio, y como íbamos todo el día por el arcén por culpa de Quick Step, CSC, Milram y Phonak... Volaban los codos, y fruto de esa tensión se produjo una caída en la que, de los cuatro implicados, tres se fracturaron la clavícula, incluido mi compañero de habitación, el catalán Eduard Gonzalo. Yo pasé de correr riesgos. No había prácticamente espectadores, ni en la cuneta ni en la meta. Montaban un podio en la llegada y allí sólo había diez o doce jeques, que son los responsables de la Federación, los que lo pagan todo, desde el hotel hasta los premios, que no es que fueran excesivos, 9.000 euros para el ganador final. A todos los directores les pusieron coches a estrenar. Eran, eso sí, "pick-ups", esas furgonetas abiertas».
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