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26-02-2006
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Bermeo albergará un parque de esculturas del artista
Kultura
Nestor Basterretxea emprende un «viaje sentimental» a su infancia en Bermeo con su obra ‘‘Olatua’’
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Nestor Basterretxea emprende un «viaje sentimental» a su infancia en Bermeo con su obra ‘‘Olatua’’
La colosal escultura de acero corten donada por el artista se ubicará en el puerto
Maite Redondo Bermeo
«TODAVÍA TENGO muchas cosas que contar». Con la serenidad que le dan sus 82 años, Nestor Basterretxea, uno de los grandes de la cultura vasca del siglo XX y también del XXI, emprende un «viaje sentimental» a la infancia que transcurrió en su localidad natal, Bermeo. El artista esta ultimando una colosal escultura, que llevará el nombre de ‘‘Olatua’’, y que se ubicará en el nuevo puerto bermeano, que está previsto que se inaugure a principios de abril. «He querido representar el espíritu de la gente de mi pueblo. Por ello, he escrito en la base de mi escultura: ‘‘Bermeo nire herri maitea, zu zara olatu erraldoi baten irudi zoragarria’’ (‘‘Bermeo mi querido pueblo, tú eres la imagen de una asombrosa y gigantesca ola)».

La obra, entre la figuración y la abstracción, tiene casi 8 metros de altura, pesa 44 toneladas y está realizada en acero corten, «el único material capaz de desafiar las condiciones terribles: el mar y el salitre. Es un material duro, asombroso, como el carácter de mi pueblo».

Además, las calles de Bermeo se convertirán en breve en una exposición permanente de su obra. El escultor ha donado al municipio la propiedad intelectual de una veintena de piezas en bronce, entre ellas la Serie Cosmogónica sobre las deidades populares vascas, así como también tres ‘‘mamuas’’y cinco estelas funerarias, para el claustro gótico de los Franciscanos. «Estoy muy emocionado, me he sentido muy querido por ello, deseo hacer un gran regalo a mi pueblo, quiero que una parte de mí se quede aquí. Va a ser como un gran museo al aire libre», confiesa Basterretxea».

Casado desde hace 52 años con María Isabel y padre de cinco hijos, está ultimando también sus memorias, en las que Bermeo cobra un protagonismo muy especial. «¿Qué recuerdos tengo yo de mi infancia? Era un niño muy activo y un mal estudiante, gracias a Dios. Cuando llegó la Guerra Civil tuvimos que exiliarnos a Francia y después, a Argentina», recuerda el escultor, que ha tenido una vida muy intensa. «Mi casa se convirtió en el cuartel de la Guardia Civil durante 37 años. Todo esto me alejó un poco de Bermeo, pero seguí manteniendo amigos y a mi regreso del exilio me encontré con mi pueblo».

Basterretxea ha guardado en su memoria muchas sensaciones: «los paseos por el pueblo en una bicicleta Gorbea que me compraron mis padres, el olor del gasolinero, que nos llevaba desde Txatxarramendi a Laida, mi primer viaje a Bilbao... Fue como si hubiera ido a Londres o a Moscú. Es una pena que de mayor se pierda esa capacidad de asombro que yo he tratado de mantener a lo largo de toda mi vida. De aquellos días sólo me arrepiento de una cosa, no haber aprendido euskera. Mi padre, que era diputado del PNV en las Cortes de Madrid, y mi madre, que era presidenta de Emakume Abertzaleak, lo hablaban estupendamente, pero yo nunca lo aprendí. Ahora, ya es tarde».

También recuerda el día que tuvieron que abandonar su hogar, «era un chaval y me dijeron que iba a venir un pequeño barco de guerra francés y nos iba a llevar a algunas familias. En Francia permanecimos cinco años, hasta estallar la Segunda Guerra Mundial y tuvimos que escapar de las tropas alemanas. Cuando salimos del hotel de París, todo el cielo estaba iluminado por las bombas».

Oteiza, el único genio

Allí comenzó su etapa americana, sus 11 años de estancia en Argentina y una amistad que le marcó toda la vida. «Conocí a Oteiza en Buenos Aires, hacía máscaras para los muertos, pero vivía con muchas estrecheces económicas. En ese momento agónico se fue a Madrid, donde vivían sus padres y sus hermanos. Oteiza me convenció para que me presentase al concurso para pintar un mural en la Basílica de Arantzazu. Yo era prófugo del Ejercito y sólo podía residir 30 días aquí, pero la verdad es que deseaba profundamente volver, así que aproveché mi viaje de bodas para presentarme . Desafortunadamente tardé 27 años en poder pintarlo. Lo que hay que hacer es no morirse, la gente se muere, pero yo dije que no iba a morirme sin pintar Arantzazu».

Confiesa que Oteiza fue como un hermano para él. «Fuimos. vecinos durante muchos años en Irun, vivíamos pared con pared, él con Itziar, su mujer y yo, con María Isabel y mis cinco hijos. Venían a tomar café y teníamos unas conversaciones muy interesantes, aunque era un hombre que cambiaba un poco de punto de vista. Yo le he visto discutir con mucho fervor de una cosa y luego defender la contraria, desmontaba el argumento con la misma inteligencia. En él había un gran dominio del negro y el blanco. Se lo podía permitir porque era un genio, el único genio. En el fondo siempre tenía razón. Le fastidiaban las exaltaciones excesivas, pero tenía la fortaleza suficiente para saber que lo que hacía era bueno».

Basterretxea ha fijado su residencia en un caserío de Hondarribia, «el caserío que le había buscado a Jorge para que se quedara en Gipuzkoa. Le convencí a un amigo para que se lo regalase, pero él ya tenía pensado irse a Navarra. Entonces le dije, pues déjamelo usarlo. Luego, se lo compré. Me lo dejó barato porque me dijo que así podía volver a esta casa. Y es verdad, ha estado varias veces»

Su primera escultura

Recuerda que en aquella época, «conviviendo con Jorge, me inicié en la escultura, pero no por él. Jorge actuó con una sensibilidad tremenda, nunca me corregía. Tenía 15 años más que yo y ya era Oteiza. Un día al dibujar, me di cuenta de que la línea rompe el plano y decidí hacer físicamente eso, cogí una hojalata y corté. Y ahí nació para mí la escultura. A Jorge le gustó».

En sus memorias no todo son buenos recuerdos. «Cuando se produjo el enfrentamiento entre Chillida y Oteiza, el resto de los miembros del grupo Gaur tomamos partido por uno o por otro, teníamos que haber dejado que ellos lo solucionaran. Fue un defecto, eso acabó con el grupo.¡Podíamos haber hecho tantas cosas...!»

Años después llegaría el famoso abrazo entre Chillida y Oteiza, la presunta reconciliación entre dos de los artistas vascos más universales. «Fue precioso, pero creo que fue forzado. ¡Qué sé yo! Me di cuenta de que no había ninguna sustancia, quedó bonito, pero las diferencias no se solventaron».

Ahora, muertos Oteiza y Chillida, se ha quedado solo, aunque no ha pensado nunca en retirarse. «Estoy viviendo un momento muy curioso. Una gran parte de mi vida he sido muy severo para las formas, yo diría, muy vasco, y ahora estoy iniciándome en algunos colores impensables. Esa seriedad la he sustituido, por decir así, por una explosión de libertad. Cuando enseño las obras a la gente que me conoce, me dicen que se nota que son mías, pero que hay una gran diferencia de unas con otras. Y a mí eso me alegra. Es como si tocaras los mismos instrumentos, pero diferente música. ¿Retirarme? Reconozco que hay un cansancio, una edad, pero ni lo pienso. Mientras cree arte, seguiré siendo joven».
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