Era la primera vez que el pequeño Jon veía las llamas desde tan cerca. Disfrazado de Mickey Mouse y acompañado por sus aitas, también disfrazados, se adentró montado en su silla en la Plaza Nueva pasadas las ocho de la noche. El espectáculo para despedir a los carnavales, el entierro de la sardina, había empezado, pero todavía estaba por llegar lo mejor, lo que a Jon más le llamaría la atención: las antorchas que pondrían, con su fuego, el punto y final a la fiesta.
Hacía una temperatura fresca y un ambiente que no aludía mucho a la festividad de Don Carnal. Los que menos iban disfrazados y el resto se arropaba para combatir el frío y evitar un consecuente, y nunca deseado, resfriado. Al final, entre todos ellos protagonizaron una asistencia que no fue, ni de lejos, masiva. Desde cualquier rincón de la carpa en la que se celebró el evento se podía ver el espectáculo, incluso los más rezagados que llegaron una vez que éste hubo empezado.
Se pudo ver danza y malabarismos y escuchar una música que no pasaba desapercibida, convirtiéndose incluso en algunos momentos en «estridente». «Cansa un poco este ritmo, ¿no?», comentaba una mujer a su acompañante.
«Aita, za pemao»
Al final llegó el fuego, y éste sí que fue agradecido por los presentes. El calor que desprendían, primero las antorchas que portaban los actores y por último la sardina en sí, de color añil y un tamaño considerable, servía para paliar el frescor de la tarde-noche. «Aita, za pemao» -o lo que es lo mismo, «se ha quemado»-. Las llamas habían avivado, no sólo a la sardina, que se quedó en la raspa, sino la atención de Jon, en cuya cara se podían ver reflejadas las llamas.
Mientras tanto, su ama plasmaba para la posteridad el momento de la quema. «Para mí también es la primera vez que veo quemar la sardina; siempre sales a tomar algo el martes de Carnaval, pero al final te lías y no ves el espectáculo», decía Mónica, su ama.
Por lo que se refiere a la representación de Gaitzerdi, no distó mucho de lo que suele hacer en ocasiones como éstas o como en la quema de Marijaia. Es la sardinilla que se muerde la cola. Color, música y malabares, aunque se podría decir, que en esta ocasión, también se aludía «demasiado al champán para tratarse de un público infantil». Y es que la obra representaba un banquete carnavalesco con brindis variados. |