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Secularización e Iglesia
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José Ramón Scheifler
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Artículos y comentarios sobre el tema del título han alimentado últimamente varios medios de comunicación. Unos dando cuenta de las repercusiones regresivas de la secularización en la Iglesia. Otros animando a los todavía fieles a la esperanza. A la vez, la LXXVI Asamblea Plenaria de la Conferencia Episcopal Española (CEE) publica hacia el 10 de mayo su instrucción pastoral "Teología y secularización en España"; la Editorial Planeta la obra "España y la Iglesia católica", de Antonio María Rouco Varela, cardenal-arzobispo de Madrid, y se exhibe en Cannes el filme "El código Da Vinci", basado en la polémica novela del mismo nombre. Escribo desde mi fe cristiana y mi sincero deseo de aclarar ideas y posturas.
Los términos secularización y laicismo se suelen usar indistintamente. Los dos exhiben raigambre eclesial. "Hacer secular, laical, lo que era eclesiástico" y "separación de la sociedad civil y del Estado de la religión o Iglesia". No hay en ninguno de ellos nada contra lo religioso, lo trascendente de toda fe cuestionable y libre. En sí son neutros. El laicismo no es enemigo de la religión. Escuela laica es la que prescinde de la enseñanza religiosa. La Constitución española de 1978 declara al Estado aconfesional, aunque "los poderes públicos tendrán en cuenta las creencias religiosas de la sociedad", y mantendrá relaciones de cooperación con las distintas confesiones (art. 16.3).
Ningún Estado es, a mi juicio, la fuente única y última del Derecho, ni de la moral pública. El Estado de Derecho reconoce los derechos y la ética existentes en las personas, en su dignidad y en las sociedades y pueblos. Derechos y valores éticos inmanentes, no siempre fácilmente reconocibles ni reconocidos. La primera formulación de los "Derechos Humanos" es la de la Revolución francesa, a finales del siglo XVIII. La declaración de la ONU es del siglo XX. ¿Es un código cerrado? ¿Están ahí todos los derechos humanos? Derechos y valores protegen y desarrollan la dignidad de las personas, las relaciones mutuas y la convivencia. Objeto de aprendizaje y educación, no son igualmente admitidos por todos, ni aplicados de la misma manera a lo largo de la historia, menos en circunstancias absolutamente desconocidas aún hace sólo 50 años.
La institución política declara punibles los actos contrarios a los derechos y valores éticos por ella reconocidos. Debería estar abierta a otros posibles. El sistema de discernimiento de los reconocidos, por consenso o mayorías democráticas, hace que en muchos casos la ética civil sea de "mínimos". Sin embargo, los miembros de la sociedad pueden regirse por éticas más restringidas o exigentes dictadas por sus conciencias o sus religiones, siempre que respeten la oficial.
Los Estados, o sus jefes, que se crean fuentes únicas y últimas del Derecho y de la moral pública pueden, a la larga o a la corta, derivar en totalitarismos insostenibles. También los reyes y Estados que se creían depositarios o representantes del Derecho o valores éticos procedentes de Dios acabaron siendo contra el hombre, sobre todo contra la mujer, contra la sociedad. Pregúntenselo a la Inquisición de los Reyes Católicos o a los países teocráticos islámicos. Pero no es verdad la afirmación en un personaje de Dostoievski: "Si no existe Dios todo está permitido". Hay una ética natural, inmanente. El ser humano puede organizar la convivencia, la sociedad, los pueblos y los Estados sin Dios. Y tampoco es verdad que sin Dios no puede más que organizarla, de una manera u otra, contra los mismos hombres. No necesariamente, ni mucho menos. Seamos claros. También la religión, cualquiera de ellas, que desembocara en el fundamentalismo fanático crearía un mundo insoportable, invivible, inhumano.
No olvidemos. La fe es libre por naturaleza. No es evidente. El Concilio Vaticano II -declaración "Dignitatis humanae"- reconoce la libertad religiosa que nace de "la fe como asentimiento libre", y la Constitución pastoral "Gaudium et Spes" afirma y desarrolla en sus consecuencias prácticas que las realidades humanas temporales y lo valores éticos inmanentes son autónomos de la religión, de la Iglesia. Los cristianos los deben reconocer como tales. En otras épocas, diversas ascéticas mal orientadas despreciaron tales realidades y valores humanos. Otras posturas les negaron su autonomía. Aparte de que los cristianos y miembros de otras religiones tengan otras realidades y valores obtenidos por revelación de Dios, los primeros pueden disfrutar de esas mismas realidades temporales conforme a sus propias normas y, desde su fe trascendente en la bondad de Dios, darles un fundamento absoluto, Dios, que implica un carácter de eternidad.
De otra manera, el humanismo estricto, inmanente, sin Dios, fundado en una naturaleza humana resultado del azar mostrado por la pura ciencia, para cada individuo acaba en la muerte. Quizá ante este desenlace alguien se plantee el "comamos y bebamos"; a Camus, su espíritu inquieto llegó a sugerirle el suicidio; Unamuno vivió agitado por el ansia imparable de inmortalidad. El poeta se refugió en la sonoridad mortal de su soneto "La vida": "Después de todo, todo ha sido nada,/a pesar de que un día lo fue todo/... Qué más da que la nada fuera nada/si más nada será, después de todo,/después de tanto todo para nada" (José Hierro).
¿Es este secularismo o laicismo inmanentista la causa de la regresión de la Iglesia en España y País Vasco? La regresión es palpable, sin necesidad de encuestas. Un dato significativo: La asignación a la Iglesia del porcentaje del IRPF. En 1993 eran ya sólo el 42,7% de la población. En el 2002, el 34%. Sin embargo, todavía se consideran católicos un 80%. Aunque sólo un 42% cree firmemente en Dios y un 20% acude semanalmente a misa. En los jóvenes las cifras son muy inferiores.
Sin entrar en otras cuestiones ni hacer historia, el cambio ha sido radical en 25 ó 30 años, después de 15 siglos de una vida pública y civil teñida de catolicismo. Las únicas señales religiosas hoy son las iglesias, los monumentos y los museos. En los hogares, apenas un signo externo. La ola secularizante, alimentada durante un siglo, en Europa central rompió con fuerza contra la tramoya y parafernalia de nacional-catolicismo franquista. Saltó por el aire una religiosidad de prácticas piadosas mal fundadas, de miedos infernales, de tiranías sobre las conciencias, de coacciones sociales, sin preparación adecuada ética y religiosa. Ha venido encima el tsunami de la información y comunicación sin crítica ni criterio, la permisividad forzada de las familias, el consumismo materialista, la rapidez del cambio y novedades, el alud de ofertas para todo menos para pensar más que en el presente... De la lejana jerarquía eclesiástica llegan al gran público fastuosas y largas ceremonias oficiales, desacuerdos con el Gobierno, prohibiciones y condenas... Falta fe, trascendencia, sentido del misterio.
La CEE renueva planes de evangelización que no frenan la desbandada. A la vez pretende cortar desde dentro lo que cree una de sus causas: la "secularización interna", "teologías deficientes". Remedio: vuelta a una ortodoxia unívoca, sin resquicio, como si no hubiera habido historia. Del documento trascenderá la iteración en las condenas. Se intensificará la misma imagen eclesial. |
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